Es muy probable que Matanzas, e incluso la isla de Cuba, fueran
palabras perdidas en la geografía que conoció Ludwig van Beethoven en
su época, como casi seguro que José Jacinto Milanés, antes de sumirse
en la locura, prefiriera las contradanzas francesas o el incipiente
maridaje entre las tonadas españolas y los tambores confinados en los
barracones, a las noticias de la música al uso en la corte vienesa,
alguna vez comentada en las tertulias de Domingo del Monte.
Pero con el tiempo a favor, y una suma de voluntades a toda prueba,
la música del gran compositor alemán irrumpió entre los puentes de la
ciudad de Milanés como una fiesta durante dos noches memorables de
este fin de año.
Un matancero contumaz, Ulises Hernández, por más señas nacido en
Unión de Reyes —el pueblo de Malanga el rumbero y Estorino el
dramaturgo—, tuvo la feliz y febril idea de repasar en dos jornadas la
obra integral de Beethoven para piano y orquesta. Los cinco
conciertos y el triple —solo faltó la Fantasía Coral— se
adueñaron del ámbito del teatro Sauto no solo para enriquecer el
espíritu del público de esa urbe, sino también para demostrar cuánto
ha podido crecer, en jerarquía musical, la Orquesta Sinfónica de
Matanzas, ahora conducida por Yeny Delgado, por qué rumbos va la
docencia artística en un territorio que aporta excelentes profesores y
cosecha jóvenes talentos a la interpretación pianística.
Estos últimos protagonizaron la primera de dichas veladas, ya
reseñada en este diario. La del cierre, efectuada el último 22 de
diciembre, trajo como solistas a Ulises Hernández y Elvira Santiago en
el piano —maestra entre las maestras—, a la violinista Irina Vázquez y
a la cellista Felipa Moncada.
El propio Ulises asumió la interpretación del Concierto no. 3 en
Do menor, compuesto en 1800 y que se caracteriza por su plenitud
clásica y la alternancia entre momentos de gran majestad constructiva
(el primer y tercer movimientos) y un discurso melódico introspectivo
(segundo movimiento).
Tanto en la mente del ejecutante como en la complementación
orquestal estuvieron presentes las ideas del equilibrio, la armonía,
la altivez, el férreo rigor formal y la búsqueda de un concepto de la
belleza que animaron a un compositor que muy pronto se entregaría a su
aventura romántica.
Para muchos, el más retador de los conciertos beethovenianos es el
no. 5, que por fuerza de la costumbre lleva el sobrenombre de
Emperador. Por lo menos es el más popular de los conciertos del
autor y el que ha estado rodeado de una mística especial, como si
fuera un castillo inexpugnable.
Sin alardes virtuosos, con sumo cuidado en los detalles y sobrada
sensibilidad, Elvira Santiago se apropió de la partitura y la
compartió generosamente con un público que debiera tener conciencia de
la importancia de que una artista de este calibre anime la vida
cultural de la ciudad y se proyecte a escala nacional.
Con más confianza si ello fuera posible, y quizá por el gozo de
terciar en el diálogo de la violinista Vázquez (fluida en dicción y
estilo) y la cellista Moncada (quizás el máximo exponente insular en
ese instrumento), la Santiago se encumbró en el Triple concierto,
que de obra menor nada tiene a pesar de estar planteada casi como un
divertimento.
Matanzas debe sentir también orgullo de su Sinfónica y de una
directora tan capaz como Yeny Delgado, a quien no le arredran los
contratiempos y pone los cinco sentidos en extraer a las partituras su
mejor expresión.
Vamos a ver ahora con qué nos sorprenderá Ulises Hernández. Cada
empresa suya es obra de alta cultura.