Crónica de un espectador

Párpados azules y ¿Quién mató a la llamita blanca?

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Dice la sinopsis oficial de Párpados azules que "para enamorarse no importan los escenarios idílicos ni las situaciones perfectas; si no existe la complicidad necesaria para amar, no habrá forma de mirarse a los ojos con amor".

Párpados azules, del mexicano Ernesto Contreras.

La recomendación es buena, pero pudiera encajar en muchas películas de corte amoroso. Y Párpados azules, del mexicano Ernesto Con-treras, con su variedad de matices en un tema tan trajinado en el cine, ¡el amor!, no se parece a ninguna otra. Si a esto se agrega que es una ópera prima proveniente del llamado Cine en construcción, ese un poquito de presupuesto por aquí y un poquito por allá, pues a quitarse el sombrero ante el director y su hermano Carlos, responsable del guión, que esta es una película cuyos diálogos preceden la coronación de no po-cas atmósferas trabajadas des-de una impronta de sentimientos reprimidos.

Resulta interesante ver la reacción de muchos espectadores ante este drama. Una risa a veces nerviosa y en otras como si se reconocieran, sin quererlo, en el proceder de esa pareja de sobrevivientes en el complejo mundo de las relaciones afectivas.

La historia es simple: Marina, aunque atractiva, está marcada por sus apocamientos. Algo parecido le sucede a Víctor. Ya creció pero sin duda su mundo emotivo quedó en las aulas. De ahí que cuando cree reconocer a Marina, comienza una larga cadena de averiguaciones acerca de esta o aquella compañera, sin duda quimeras amorosas a las que una vez aspiró y dejó volar por su falta de arrojo. Marina, que no se acuerda de él, se gana un viaje a un centro turístico y no tiene a quién llevar. ¿Quisieras ir conmigo?, rompe entonces su cortedad y lo invita, más por desesperación que por complacencia, y en las relaciones de estos dos perfectos desconocidos antes de que llegue el día del ansiado viaje, teje el filme un entramado psicológico del alto vuelo, mien-tras pone a pensar, (de nuevo pone a pensar), acerca del más viejo de los temas, esta vez con una interrogante al final del metraje: ¿Mejor el riesgo, que el peligro a la soledad?

Excelentes actuaciones las de Cecilia Suárez y Enrique Arreola en una de las mejores cintas vistas en este Festival, pero ella, insuperable, es toda la película.

De Bolivia, una imaginativa ¿Quién mató a la llamita blanca?, también en el acápite de ópera prima. Su director, Rodrigo Bellot, no deja títere con cabeza en esta comedia de humor negro con la mirilla puesta en males ancestrales de esa sociedad y que por sus destellos coloristas de surrealismo regional hubiera hecho las delicias de un Dalí. Sátira irreverente que se apoya en la oportunidad que ofrece el Road movie (película de camino) para disparar contra cuánto blanco social y político encuentre.

Dos indígenas delincuentes llevan las riendas de la trama: narcotraficantes, políticos corruptos, racismo, diferencias sociales, policías drogadictos y muchos personajes más desfilan ante el espectador a un ritmo diabólico que recurre a técnicas del dibujo animado y a la pantalla fragmentada. Algunas escenas mejor cuidadas que otras, cierto, pero un saldo muy favorable a los propósitos de contar de otra manera aspectos de la realidad de nuestro continente y que, como toda irreverencia, puede resultar tan polémica cómo válida.

 

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