La recomendación es buena, pero pudiera encajar en muchas películas
de corte amoroso. Y Párpados azules, del mexicano Ernesto Con-treras,
con su variedad de matices en un tema tan trajinado en el cine, ¡el
amor!, no se parece a ninguna otra. Si a esto se agrega que es una
ópera prima proveniente del llamado Cine en construcción, ese un
poquito de presupuesto por aquí y un poquito por allá, pues a quitarse
el sombrero ante el director y su hermano Carlos, responsable del
guión, que esta es una película cuyos diálogos preceden la coronación
de no po-cas atmósferas trabajadas des-de una impronta de sentimientos
reprimidos.
Resulta interesante ver la reacción de muchos espectadores ante
este drama. Una risa a veces nerviosa y en otras como si se
reconocieran, sin quererlo, en el proceder de esa pareja de
sobrevivientes en el complejo mundo de las relaciones afectivas.
La historia es simple: Marina, aunque atractiva, está marcada por
sus apocamientos. Algo parecido le sucede a Víctor. Ya creció pero sin
duda su mundo emotivo quedó en las aulas. De ahí que cuando cree
reconocer a Marina, comienza una larga cadena de averiguaciones acerca
de esta o aquella compañera, sin duda quimeras amorosas a las que una
vez aspiró y dejó volar por su falta de arrojo. Marina, que no se
acuerda de él, se gana un viaje a un centro turístico y no tiene a
quién llevar. ¿Quisieras ir conmigo?, rompe entonces su cortedad y lo
invita, más por desesperación que por complacencia, y en las
relaciones de estos dos perfectos desconocidos antes de que llegue el
día del ansiado viaje, teje el filme un entramado psicológico del alto
vuelo, mien-tras pone a pensar, (de nuevo pone a pensar), acerca del
más viejo de los temas, esta vez con una interrogante al final del
metraje: ¿Mejor el riesgo, que el peligro a la soledad?
Excelentes actuaciones las de Cecilia Suárez y Enrique Arreola en
una de las mejores cintas vistas en este Festival, pero ella,
insuperable, es toda la película.
De Bolivia, una imaginativa ¿Quién mató a la llamita blanca?,
también en el acápite de ópera prima. Su director, Rodrigo Bellot, no
deja títere con cabeza en esta comedia de humor negro con la mirilla
puesta en males ancestrales de esa sociedad y que por sus destellos
coloristas de surrealismo regional hubiera hecho las delicias de un
Dalí. Sátira irreverente que se apoya en la oportunidad que ofrece el
Road movie (película de camino) para disparar contra cuánto blanco
social y político encuentre.
Dos indígenas delincuentes llevan las riendas de la trama:
narcotraficantes, políticos corruptos, racismo, diferencias sociales,
policías drogadictos y muchos personajes más desfilan ante el
espectador a un ritmo diabólico que recurre a técnicas del dibujo
animado y a la pantalla fragmentada. Algunas escenas mejor cuidadas
que otras, cierto, pero un saldo muy favorable a los propósitos de
contar de otra manera aspectos de la realidad de nuestro continente y
que, como toda irreverencia, puede resultar tan polémica cómo válida.