Mi vida por Sharon, Cobrador y Personal Belongings

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

El venezolano Carlos Azpurúa (Amaneció de golpe) fue secuestrado hace algún tiempo por un grupo de malhechores y de la relación medianamente afectiva que estableció con ellos surgió la idea de filmar Mi vida por Sharon, una comedia de corte costumbrista que pone sobre el tapete ideas sociales y políticas del ahora mismo de ese país, sin renunciar al viejo tema del machismo, enfocado en un entorno familiar.

Carlos es un ingeniero desempleado que vive en función de una fabulosa camioneta, bautizada por él como Sharon. En la noche del 24 de diciembre lo secuestran junto con su amada de cuatro ruedas y a partir de entonces se desencadena una trama de enredos y comicidades con Carlos en la cresta de una crisis existencial, que lo hace debatirse entre valores materiales y humanos.

Mediante hechos y personalidades diversas se ofrece un cuadro de no pocos de los factores en pugna de la sociedad venezolana, desde la nefasta herencia de la marginalidad y la corrupción, hasta los debates clasistas que tienen lugar entre los que apoyan un cambio político en función de la soberanía y la igualdad social, y los que se resisten a ello.

Azpurúa pone argumentos en boca de unos y otros y evita esquematismos, pero su guión y algunas actuaciones de remarcado corte televisual no lo acompañan siempre. Un banquetazo a la risa y a la reflexión entre lo viejo y lo nuevo de una comedia que resulta más compleja de lo que pudiera parecer.

Y si de complejidades se trata, ahí está la reaparición del Paul Leduc con su vigoroso Cobrador – In God we trust, filme ambicioso sobre la globalización de la violencia y armado sobre presupuestos estéticos a los que no se les puede aplicar las viejas lógicas de la dramaturgia, ese demandar por la concreción de ciertos "cabos sueltos" que la película no necesita, pues se trata de un filme de ideas encaminadas a encontrar su redondeo teórico (que no estético) en la mente del espectador.

Apoyándose en relatos del brasileño Rubem Fonseca y con varios escenarios internacionales (nada que ver con Babel), Cobrador es un thriller armado con inteligencia para no convertir en panfleto la rabia mundial de los desposeídos. Difícil de concebir la trama si se tiene en cuenta que su multiplicidad expositiva parte de la imaginación de un minero que labora como si estuviera en el tiempo de las pirámides y a quien le duele una muela. Desconcertante a ratos en el desencadenamiento de los hechos, este es un filme ambicioso sobre aquellos que matan. Y aunque Leduc no quiere ser categórico en cuanto a respuestas, es evidente el volcán social sobre el que mueve sus ideas. Excelentes actuaciones de Peter Fonda, Lázaro Ramos y Antonella Costa.

Personal Belongings (Efectos personales), de Alejandro Brugués, tras recorrer un largo camino en su armazón, se concreta como filme terminado y compite en el acápite de ópera prima. Se trata del drama existencial de un grupo de jóvenes que quieren irse del país sin que queden claras las causas concretas. Ese es el punto de vista narrativo: nada de antecedentes, sino decir a partir de¼ Lo que no quita para que sus personajes sean ricos en matices a la hora de reflejarse las circunstancias que lo relacionan. La primera parte de la historia permite apreciar una originalidad en los planteos y ritmo encomiables. Después la trama, en su lógica complicación, roza algún que otro argumento trillado, como ese accidente de la madre del protagonista como recurso para explicar algunas incógnitas. Al romance, ese pacto de no saber nada el uno del otro, a lo El último tango en París, pero sin sexo, le falta un poco más de credibilidad. Son algunos aspectos que restan. Pero en sentido general, esta es una película que entre risas y seriedades y otros valores de realización, resulta muy atendible.

 

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