Annapolis…

ELSON CONCEPCIÓN PÉREZ
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Se corre el telón y aparece el presidente, George W. Bush, tratando de inventar una sonrisa de gozo que no logra. A su derecha el primer ministro israelí, Ehud Olmert, y a la izquierda el mandatario palestino, Mahmud Abbas. Ambos cogidos de la mano del anfitrión.

El anfitrión y sus invitados.

Un paneo de la cámara de televisión presenta al Premier israelí meditativo y, frente a él, al Presidente palestino, con alguna satisfacción por lo logrado.

Entre los presentes y en la comunidad internacional que acude al acto a través de los medios de comunicación, de seguro que se reconoce cuán lejos está la solución siempre que esta se busque con interlocutores tan comprometidos con la guerra. Jamás Bush y su gobierno podrían lograr ese anhelo universal.

La obra de teatro se desarrolló en la ciudad norteamericana de Annapolis, hasta donde fueron convocados por el jefe de la oficina oval para —al menos de manera mediática— hacer creer al mundo que en ese escenario y con ese anfitrión puede encontrarse la paz entre palestinos e israelíes.

Al consabido fracaso, el mandatario del gobierno que entrega cada año más de 18 000 millones de dólares en armas a Israel, replicó, como un avezado maestro de ceremonia encargado de leer el único logro: el compromiso de las partes de llegar a un acuerdo antes de finalizar el año 2008. ¿Uno más?

En la convulsa ciudad de Gaza, mientras tanto, la metralla israelí lanzada desde un avión de combate ponía fin a la vida de dos palestinos. Otros seis miembros de Hamas resultaron heridos.

Son nuevas víctimas de una tragedia de más de 50 años, con los mismos victimarios: Israel y Estados Unidos.

Un otoño sin frutos, así calificó la cita con Bush la dirigencia de Hamas, ese movimiento palestino que gobierna en Gaza, que no recibió invitación a la reunión.

Al final el foro pareció más bien un expreso interés del jefe de la Casa Blanca para tratar de cambiar su imagen de guerrero derrotado por la de mediador¼ también fracasado.

Apostar a que podría haber un acuerdo de paz entre palestinos e israelíes antes de concluir el próximo año —es decir, antes de que Bush concluya su mandato— pareciera la despedida del presidente, en otro tema del que sale con las manos vacías y manchadas de sangre.

"Lo que vemos es una fiesta de despedida para George W. Bush y un intento desesperado para retratarlo como un gran líder que tuvo éxito en hacer lo que otros dirigentes estadounidenses fracasaron en hacer", dijo en Gaza Ahmed Youssef, una figura de alto rango del movimiento islámico.

No obstante, la vocero de la Casa Blanca, Dana Perino, calificó como un éxito la conferencia, durante la cual —dijo— israelíes y palestinos acordaron relanzar sus negociaciones de paz.

Ya puede bajarse el telón. La obra de teatro ha terminado.

Hasta los camerinos va el presidente y su séquito. A su lado la inseparable secretaria de Estado, Condoleezza Rice. Ambos sonríen como para darse ánimo uno al otro.

En la sala quedan los invitados, que tratarán ahora de llevar, al menos a los papeles, un compromiso más, de esos tantos que ya ni se mencionan, irrespetados por Tel Aviv, como ocurre con tantas resoluciones de la ONU.

El mundo, mientras tanto, sigue en esta inercia que se debate entre reconocer la importancia de un Estado palestino y no hacer nada por que cese el crimen de Washington e Israel contra una población a la que se le niega todo, empezando por su derecho a la existencia misma.

Entre las interrogantes más comunes sobre este proceso, el futuro de la Ciudad Santa aparece como uno de los principales escollos. ¿Será algún día Jerusalén la capital de los dos estados?

¿Y el retorno de los refugiados palestinos? ¿Habrá paz interna que permita a los distintos grupos ponerse de acuerdo en la conducción de un futuro Estado?

Estas y otras muchas preguntas no pueden continuar como cuentas pendientes de un mundo al que el imperio quiere gobernar con guerras y muertes.

 

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