De
acuerdo a los manuscritos de todo el proceso original del fusilamiento
de los ocho estudiantes de medicina y de las investigaciones
posteriores realizadas a instancia del gobierno de Madrid para
esclarecer todo lo sucedido antes y después de aquel fatídico 27 de
noviembre de 1871, se puede afirmar casi categóricamente que todo el
incidente fue creado artificialmente por el entonces Gobernador
Político de La Habana, Dionisio López Roberts quien había sido
destituido de su cargo ocho días antes por escandalosos y turbios
manejos de extorsión a infelices chinos y prostitutas.
A esto se une una orientación gubernamental desde Madrid a las
autoridades coloniales en la Isla de impedir a cualquier precio el
triunfo de los independentistas cubanos que en el año de 1871 se
encontraban en uno de los mejores momentos de la guerra iniciada el 10
de octubre de 1868 y evitar igualmente que el ejemplo de la Comuna de
París en ese mismo periodo pudiera repetirse en Cuba.
Con esa situación creada, a mi juicio, el Gobernador Político de La
Habana, Dionisio López Roberts ya destituido como hemos señalado
anteriormente, con la intención de recuperar la confianza del gobierno
español y dar muestra de lealtad suprema a su patria con el objetivo
de que lo restituyeran en el cargo para seguir enriqueciéndose a costa
del sufrido pueblo cubano, inventó la supuesta profanación de la tumba
y restos del periodista asturiano Gonzalo de Castañón, quien había
sido el propietario y director del periódico reaccionario al servicio
de España y contra los independentistas cubanos denominado La voz de
Cuba.
Fue él precisamente quien personalmente promovió el rumor de la
supuesta profanación, y según los documentos históricos, fue también
quien se dirigió al Cementerio de Espada, en La Habana y a la Cátedra
del primer año de medicina que se encontraba al lado de la referida
necrópolis, en los días correspondientes al 23, 24 y 25 de noviembre
de 1871 tratando a toda costa e insistentemente y sin pruebas de
inculpar a dichos estudiantes.
Interrogó al Capellán del Cementerio General de Espada, Presbítero
Mariano Rodríguez Armenteros, Celador Vicente Coba y Quiza y al
Conserje de esa institución y los tres declararon inocentes a los
estudiantes. De igual modo se pronunciaron en defensa de sus alumnos
del primer año de medicina los profesores de la Universidad Juan
Manuel Sánchez de Bustamante y Domingo Fernández Cubas.
Pero como ya hemos indicado Dionisio López Roberts estaba decidido
a poner en marcha su diabólico y criminal plan contra los inocentes
estudiantes, pues hasta el propio hijo de Gonzalo de Castañón llamado
Fernando cuando vino a La Habana para hacer la exhumación de los
restos de su padre, en 1886, declaró públicamente que en ellos no
había encontrado profanación alguna.
Por eso, al no encontrar apoyo alguno en las falsas acusaciones
contra los estudiantes temprano en la mañana del 25 de noviembre
acudió al cementerio antes mencionado, quizás con el propósito de
realizar él mismo la profanación y luego inculpar con alevosía y
cinismo a los propios estudiantes. Posteriormente visitó en el mismo
día a los profesores y alumnos intentando nuevamente lograr sus
objetivos. Pero como no encontró apoyo y sí rechazo total a sus
acusaciones, pues decidió arrestar por la fuerza a un grupo de más de
40 estudiantes del primer año de la carrera de medicina quienes fueron
encarcelados en la entonces Cárcel Nacional de La Habana, la cual se
encontraba frente a la actual Embajada de España en nuestra capital y
donde se conserva aún el calabozo donde José Martí guardó prisión por
primera vez, en 1869.
Ya detenidos el 25 de noviembre los referidos estudiantes, cuya
cifra total se menciona en los documentos en número de 45 y otras
veces de 47, se produjo al otro día domingo 26, según los mismos
documentos e informes, un desfile militar en La Habana con la
participación de cerca de mil agentes del Cuerpo de Voluntarios. En
esa misma ocasión el propio Dionisio López Roberts se encargó de
informar sobre la detención de los estudiantes y de la supuesta
profanación de la tumba del ídolo de estos, Gonzalo de Castañón. La
provocación surtió el efecto deseado y aquellos sanguinarios
Voluntarios defensores del régimen colonial español comenzaron, ya
ebrios con motivo del desfile y la celebración que realizaban, a
lanzar gritos de mueran los estudiantes, traidores e insurrectos.
Así en esa misma tarde del domingo 26 de noviembre con los ánimos y
deseos de vengarse de los inocentes estudiantes que ya guardaban
prisión, se dirigieron a la plazoleta de la Cárcel Nacional donde
trataron incluso de penetrar por la fuerza para lincharlos sin previo
juicio. Otro grupo se dirigió a la Plaza de Armas, sede del gobernador
general español en la Isla.
Se produjo una situación incontrolable de insubordinación y posible
conflicto entre las fuerzas regulares españolas y los miembros del
Cuerpo de Voluntarios como ya había ocurrido en 1869 con el general
Domingo Dulce y mucho antes en la provincia Matanzas. Incluso se
produjeron algunos incidentes con el saldo trágico de algunos muertos
y heridos.
En medio de esos dramáticos acontecimientos es necesario señalar
que el Capitán General español de la Isla en dicho periodo era Blas
Villate y de la Hera, el tristemente Conde de Valmaseda, quien se
encontraba fuera de la capital ya que andaba de operaciones en el
interior del país. Correspondió a su sustituto el General segundo
Cabo, Romualdo Crespo enfrentarse a aquella descontrolada situación,
quien actuó de manera incapaz e irresponsable y convirtiéndose de
hecho en cómplice de los Voluntarios y del asesinato posterior de los
ocho estudiantes y de la condena a prisión a más de 30 de ellos.
El juicio se celebró en la misma sede de la Cárcel Nacional en
condiciones inapropiadas y sin las garantías procesales y condiciones
elementales del derecho que pudieran garantizar un juicio justo e
imparcial con esa turba de Voluntarios en el mismo sitio y muchos de
ellos borrachos en número de más de mil pidiendo sangre, presionando,
gritando y chantajeando desde las 9 de la noche del domingo 26 hasta
la 1 de la tarde del lunes 27 de noviembre de 1871 cuando se dictó la
segunda sentencia, pues el primer tribunal integrado por cinco
miembros del Ejército Regular español y uno de cuyos Vocales fue el
Capitán Federico Capdevila había dictado un primer fallo mediante el
cual absolvió de culpabilidad alguna con los supuestos delitos a los
estudiantes de medicina, lo cual motivó la furia de los Voluntarios y
las exigencias de castigo a muerte de todas maneras para los inocentes
estudiantes e incluso llegaron a pedir, según los documentos
consultados, que se trajeran a todos los deportados en la entonces
Isla de Pinos, hoy Isla de la Juventud, para que fueran también
fusilados.
Prevalecieron la fuerza, el chantaje y la violación del derecho
judicial, así como la debilidad y complicidad del General Segundo
Cabo, ya que llegaron a tomar como rehén al propio Dionisio López
Roberts, quien a las tres de la madrugada del 27 había acudido al
lugar del juicio para intentar poner orden por encargo del General Se-gundo
Cabo y no lo dejaron salir hasta por la mañana en espera de una
sanción severa del segundo tribunal.
A este nuevo tribunal se le incorporaron nueve miembros más del
Cuerpo de Voluntarios, con lo cual tuvieron la mayoría, además de la
presencia de un oficial que transmitió una orientación del General
Segundo Cabo donde decía que para evitar males mayores y un
enfrentamiento sangriento entre Voluntarios y el Ejército Regular,
debían tomar una decisión favorable a los primeros.
Así se produjo de ese modo el segundo fallo a la una de la tarde
del lunes 27 de noviembre mediante el cual seleccionaron casi al azar
o en rifa, como escribió José Martí, a ocho del grupo de los
estudiantes detenidos y condenados estos a ser pasados por las armas,
dos absueltos y el resto en número de más de 30 condenados a prisión.
A las cuatro de la tarde se cumplió la criminal e injusta sentencia.
Ante el escándalo nacional e internacional, las autoridades de
España ordenaron una investigación sobre el crimen cometido. Como
resultado de ello fueron separados de sus cargos tanto el Capitán
General de Cuba, Blas Villate de la Hera al igual que su segundo
Romualdo Crespo y también definitivamente el Gobernador Político de La
Habana, Dionisio López Roberts, principal instigador, promotor y
culpable de los sucesos ocurridos como hemos señalado desde el
principio.
En mayo de 1872, por una amnistía política del gobierno de Madrid y
ante la presión y reclamación de sus familiares, obtuvo la libertad el
resto de los estudiantes que habían sido también condenados
injustamente a prisión. Sin embargo, nuevamente ante el temor de las
protestas y furia de los Voluntarios se violaron sus derechos ya que
dichos estudiantes fueron sacados clandestinamente en la madrugada por
el puerto de la Habana hacia España en calidad de deportados
políticos.
Tanta fue la injusticia y la violación de los más sagrados derechos
del ser humano en aquel crimen cometido contra los ocho estudiantes de
medicina, fusilados aquella fatídica tarde del 27 de noviembre de
1871.