El arte del escándalo

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Cada época tiene la literatura que se merece. El concepto se lo leí a un crítico hace ya un tiempo y pudiera verse como un péndulo entre el descomedimiento y una verdad reinante a nivel global: así como existen millones de espectadores a quienes la maquinaría del entretenimiento, principalmente Hollywood, les ha acondicionado la mente y el gusto para acoger siempre el mismo tipo de película, otra maquinaria, la de la industria editorial, sustentada en los llamados best seller, ha hecho igual con millones de lectores en un mundo dominado por la imagen y la electrónica, un mundo donde cada vez se lee menos y lo fácil consumible —lleno de trucos, especulaciones históricas y realces baratos— resulta lo más vendible.

Todavía está fresco lo sucedido con El Código Da Vinci, de Dan Brown, novela que convirtiera en multimillonario a un autor casi desconocido y no precisamente por la calidad literaria y la rigurosidad de lo expuesto. A partir de unas supuestas revelaciones realizadas por Leonardo da Vinci, la novela de Brown, que pretende dar como verídico lo que afirma en el campo religioso, está construida en esas coordinadas ramplonas inherentes a los best seller y, según consenso de especialistas, se trata de un producto de escasos valores y evidente afán de lucro, a partir de jugar, mediante mentiras y ambigüedades, con los cimientos de los fundadores de la fe cristiana. Tal maroma no se realiza por primera vez y por haber copiado descaradamente de algún que otro libro, Dan Brown fue sentado en el banquillo de los acusados.

Las algarabías provenientes de la novela, amparadas en una hábil campaña de publicidad, le abrieron el camino a la película, que contó con un equipo responsabilizado de limpiar, o al menos difuminar, las ridiculeces y absurdos provenientes de la novela. Fueron muchos los que pensaron entonces que una trama de misterios y muertes, un verdadero thriller filmado en varios países y con locaciones de lujo, como el museo del Louvre, sería capaz de redondear algo más que un producto meramente mercantil. Craso error. Aunque no un bodrio, como han querido ver unos cuantos, El Código Da Vinci, filmado por Ron Howard, terminó siendo un película con tan poca sustancia artística como falta de pasión narrativa.

Sin embargo, fue la tercera cinta más taquillera en el mundo durante el año 2006 con cerca de 800 millones de dólares recaudados. Y en la lista de los 100 filmes de mayor recaudación en la historia del cine, ocupa el lugar 22.

¿Cómo es posible?

El escándalo, la propaganda, el marketing, "el estar en lo último", factores todavía respirándose en la atmósfera y que hicieron que se trabajara febrilmente en la adaptación de otra novela de Dan Brown, Ángeles y demonios, programada para copar carteleras a finales del próximo año y todavía sin comenzar a filmarse debido a que su libreto necesita de "algunos arreglos y un poco de pulido", según declarara un vocero de la Columbia Pictures.

Pulido imposible de realizarse por ahora porque desde hace tres semanas el sindicato que agrupa a los guionista norteamericanos se encuentra en huelga debido a que —según alegan— las grandes casas productoras y los astros de la pantalla se llevan la mayor tajada de los libretos escritos por ellos y reclaman, además, los beneficios económicos provenientes del mercado del DVD y de Internet.

"Nuestros miembros —ha dicho la Writers Guild of America — no pondrán un dedo en los teclados ni siquiera para editar o pulir guiones".

Ángeles y demonios saldría entonces para el 2009, quizá una fecha demasiado lejana para aprovecharse de la millonaria campaña propagandística armada entre el 2005 y el 2006 con El código Da Vinci.

¿Posible solución de mercado?

A no dudarlo, la fabricación de otro escándalo.

 

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