Cada
época tiene la literatura que se merece. El concepto se lo leí a un
crítico hace ya un tiempo y pudiera verse como un péndulo entre el
descomedimiento y una verdad reinante a nivel global: así como
existen millones de espectadores a quienes la maquinaría del
entretenimiento, principalmente Hollywood, les ha acondicionado la
mente y el gusto para acoger siempre el mismo tipo de película, otra
maquinaria, la de la industria editorial, sustentada en los llamados
best seller, ha hecho igual con millones de lectores en un mundo
dominado por la imagen y la electrónica, un mundo donde cada vez se
lee menos y lo fácil consumible —lleno de trucos, especulaciones
históricas y realces baratos— resulta lo más vendible.
Todavía está fresco lo sucedido con El Código Da Vinci, de
Dan Brown, novela que convirtiera en multimillonario a un autor casi
desconocido y no precisamente por la calidad literaria y la
rigurosidad de lo expuesto. A partir de unas supuestas revelaciones
realizadas por Leonardo da Vinci, la novela de Brown, que pretende
dar como verídico lo que afirma en el campo religioso, está
construida en esas coordinadas ramplonas inherentes a los best
seller y, según consenso de especialistas, se trata de un producto
de escasos valores y evidente afán de lucro, a partir de jugar,
mediante mentiras y ambigüedades, con los cimientos de los
fundadores de la fe cristiana. Tal maroma no se realiza por primera
vez y por haber copiado descaradamente de algún que otro libro, Dan
Brown fue sentado en el banquillo de los acusados.
Las algarabías provenientes de la novela, amparadas en una hábil
campaña de publicidad, le abrieron el camino a la película, que
contó con un equipo responsabilizado de limpiar, o al menos
difuminar, las ridiculeces y absurdos provenientes de la novela.
Fueron muchos los que pensaron entonces que una trama de misterios y
muertes, un verdadero thriller filmado en varios países y con
locaciones de lujo, como el museo del Louvre, sería capaz de
redondear algo más que un producto meramente mercantil. Craso error.
Aunque no un bodrio, como han querido ver unos cuantos, El Código
Da Vinci, filmado por Ron Howard, terminó siendo un película con
tan poca sustancia artística como falta de pasión narrativa.
Sin embargo, fue la tercera cinta más taquillera en el mundo
durante el año 2006 con cerca de 800 millones de dólares recaudados.
Y en la lista de los 100 filmes de mayor recaudación en la historia
del cine, ocupa el lugar 22.
¿Cómo es posible?
El escándalo, la propaganda, el marketing, "el estar en lo
último", factores todavía respirándose en la atmósfera y que
hicieron que se trabajara febrilmente en la adaptación de otra
novela de Dan Brown, Ángeles y demonios, programada para
copar carteleras a finales del próximo año y todavía sin comenzar a
filmarse debido a que su libreto necesita de "algunos arreglos y un
poco de pulido", según declarara un vocero de la Columbia Pictures.
Pulido imposible de realizarse por ahora porque desde hace tres
semanas el sindicato que agrupa a los guionista norteamericanos se
encuentra en huelga debido a que —según alegan— las grandes casas
productoras y los astros de la pantalla se llevan la mayor tajada de
los libretos escritos por ellos y reclaman, además, los beneficios
económicos provenientes del mercado del DVD y de Internet.
"Nuestros miembros —ha dicho la Writers Guild of America — no
pondrán un dedo en los teclados ni siquiera para editar o pulir
guiones".
Ángeles y demonios saldría entonces para el 2009, quizá una
fecha demasiado lejana para aprovecharse de la millonaria campaña
propagandística armada entre el 2005 y el 2006 con El código Da
Vinci.
¿Posible solución de mercado?
A no dudarlo, la fabricación de otro escándalo.