Paula vuelve a conquistar el tiempo

Joel Mayor Lorán
Joel@granma.cip.cu

No todos los días una muchacha cumple 100 años. Por eso Paula Chirino se ha colocado una flor en el cabello y una vez más ha decidido salir a conquistar, sin timidez alguna, el tiempo. Cualquier arreglo es poco, aunque no es cosa de ropa, pintura o zapatos; más bien se viste con una mirada especial, y un brillo juvenil vence la usual melancolía.

Foto:Arnaldo SantosPaula Chirino celebra sus 100 años.

Ya dejó atrás un siglo; lo confirma un cake con esa cifra sobre la mesa del salón, el carné de identidad y el cariño de quienes comparten con ella cada aurora o puesta de sol, en el Hogar de Ancianos Nacional Masónico Llansó. Pero existe una gran confabulación para que ni esta década ni la siguiente, ni la otra, la detengan.

Trabajadores, personal de salud, la dirección del centro y el Estado esmeran las atenciones con una generación que ha trabajado tanto. Para ellos no se trata solo de un oficio o la tarea por la cual perciben su salario. La ternura les viene de muy adentro: el tono de voz, el trato de "muchacha" o "jovencita", los mimos, la amabilidad, constituyen un lenguaje a prueba de sordera, mala memoria y achaques.

El baño en las mañanas, almuerzo siempre con proteínas, merienda, comida temprano, chequeo sistemático de salud, cuidados de todo tipo, hacen magia buena, esa capaz de motivarles a seguir su andar y que el trecho por la vida sea tan placentero como merecen.

En este cumpleaños hubo alegría, golosinas y flores.

Sin embargo, hoy nadie se atreve a discutirle a Paula el lugar principal en la fiesta. Es la flor de todos nosotros, afirma Adela Pita, que también cumple años, por ahora 75. Ella ayuda a otras más nuevas, añade.

Precisamente, eso inspira a esta centenaria. "A veces, la jefa de enfermeras pelea conmigo, cuando ayudo a fregar o a barrer. Tengo que hacerlo a escondidas porque no me deja. Pero me gusta, igual que ayudar a los viejitos que no pueden valerse por sí mismos".

El calendario no puede con esta cubanita que nació en Jovellanos, provincia de Matanzas. Eran 14 hermanos en la finca Carlota, cuatro hembras y 10 varones. Comían viandas que sembraba su papá y carne de los cerdos que criaban. Desde entonces, la rodeó el trabajo; ¿cómo no habría de colársele el empeño en la sangre?

"Trabajé muchos años en el hospital infantil, al que después de la batalla de Playa Girón llamaron Pedro Borrás. Entrábamos a las 11:00 de la noche y salíamos a las 7:00 de la mañana, dándoles leche en pomo a los niños. Me retiré largo tiempo después de la jubilación.

"¿Cómo se llega a los 100 años? Trabajando siempre. Luego de retirarme, continué haciendo labores en la casa". Todavía mantiene ese afán. Las enfermeras la cuidan porque hay que prevenir caídas: ya sus huesos no pueden ser los de antes. Pero ella anda sin bastón ni otro auxilio. Por si fuera poco, sus ojos aún le permiten leer revistas y hasta novelas.

Algunos recuerdos se le escapan. Otros no. Los años de la seudorrepública parecen haber desaparecido, quizás selectivamente, de su memoria. En cambio, enfatiza: "La Revolución es lo mejor que hemos tenido", y las palabras cobran fuerza en su mirada.

También en el Hogar bailan, juegan dominó, planifican actividades, quizás no las suficientes, tal vez la proyección de películas les entretendría otro poco; lo cierto es que se sienten atendidos. Por eso, Paula me habla de Fidel Pérez, de Onelio, de las enfermeras, de quienes han sumado días nada desdeñables a su vida.

Únicamente la entristece no ver más a menudo al hermano que le queda. "A veces quisiera estar con él. Está mal de las piernas; tiene que caminar con bastón. Pero en su casa son muchos y a mí me da pena. Además, tengo el Hogar; aquí estoy tranquila, me cuidan bien. La alimentación es buena".

En la capitalina Calzada de Bejucal, próxima a la calle 100, se halla una institución que es, como alguien dijo jocosamente, un almacén de años, o un refugio de nostalgias, aunque a la par un sitio feliz, porque entre aquellas añejas paredes se celebra la vida.

Uno de estos abuelitos le prometió a Paula el 9 de noviembre del 2006, que 365 días después volverían a festejar¼ esta vez el arribo a un siglo. Se reunieron todos y hubo golosinas, flores, fotos, fiesta, alegría.

Cuba sumó otra sonrisa al estimado de más de 2 000 centenarios, tal vez el país que más tiene si se toma en cuenta la proporción con el número de habitantes, señaló el doctor Eugenio Selman, presidente del Club de los 120 años. "Sucede que el gobierno se ocupa del bienestar de la gente, no de las ganancias".

Así que los ojos de Paula brillan como en aquellas tardes en que se extasiaba con el paisaje del campo y los marpacíficos que tanto le gustan. A fin de cuentas, no todos los días una muchacha cumple 100 años y se los celebran con tanto cariño.

 

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