Mailer, un muerto al desnudo

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Muchos años tardaron los críticos y lectores norteamericanos en advertir que Los desnudos y los muertos (1948) representaba un giro significativo en la tradición novelística de ese país. Solo cuando en la recta final de los cincuenta su autor comenzó a distinguirse como una voz incómoda para los valores establecidos del modo de vida americano desde las páginas de The Village Voice, publicación neoyorquina que ponía en solfa el puritanismo, los buenos modales y lo políticamente correcto, Norman Mailer fue tomado en cuenta y muchos ojos, al repasar su primera novela, se dieron cuenta de que el desgarramiento de sus personajes, agrupados en una patrulla que cumple misión en el Pacífico durante la II Guerra Mundial, era el sustrato de una sociedad sustentada en la enajenación del ser humano.

Entre la crisis existencial de Hearn, un joven de inquietudes intelectuales, y la intransigencia del sargento Croft, entre la candidez campesina del Rudges y la actitud anárquica de Valsen, y por encima de ellos el concepto del orden del general Cummings, más cercano al fascismo que a la América liberal, Los desnudos y los muertos dio una nueva medida de la novela como instrumento de indagación.

A partir de su reconocimiento, Mailer fue reverenciado en los cenáculos literarios norteamericanos como un nuevo Hemingway. Al morir este último fin de semana a los 84 años de edad, los ríos de tinta de los obituarios han teñido una vida marcada por entuertos de la más diversa índole. Emergió, por un lado, el Mailer de los desplantes, el que se burló del feminismo, el que denostó a Gore Vidal, el que acuchilló a una de sus esposas, el bebedor empedernido, el irreverente por antonomasia, el narcisista desenfrenado, el iconoclasta; mientras por otro se escucharon los cantos de alabanza a su papel en la construcción del llamado Nuevo Periodismo, sin que se cuestionara siquiera la pesada carga de mercadotecnia de esa denominación.

Nadie, sin embargo, podrá negar el legado de su escritura. Si tan solo hubiera escrito Los desnudos y los muertos, su nombre estaría asegurado en la historia de la novela del siglo XX. Pero ahí están Un sueño americano (1964), Los tipos duros no bailan (1984) y, sobre todo, La canción del verdugo (1979), que algunos quisieron ver como un desquite de A sangre fría, de Truman Capote, pero que se sostiene por sí misma por su impronta experimental, al seguir los pasos desde el crimen hasta la muerte del asesino Gary Gilmore.

Tampoco podrá ignorarse su contribución a nutrir el mito de Marylin Monroe en la controvertida biografía que escribió sobre la desafortunada actriz, ni La pelea, su libro reportaje sobre la pelea de los pesos completos Muhammed Ali y Joe Frazier en Zaire, una historia contada con agudeza.

Obras como estas prestigian a un novelista que se añadirá a la lista de los que nunca tuvieron la dicha de acceder al Nobel de Literatura.

 

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