Muchos
años tardaron los críticos y lectores norteamericanos en advertir que
Los desnudos y los muertos (1948) representaba un giro
significativo en la tradición novelística de ese país. Solo cuando en
la recta final de los cincuenta su autor comenzó a distinguirse como
una voz incómoda para los valores establecidos del modo de vida
americano desde las páginas de The Village Voice, publicación
neoyorquina que ponía en solfa el puritanismo, los buenos modales y lo
políticamente correcto, Norman Mailer fue tomado en cuenta y muchos
ojos, al repasar su primera novela, se dieron cuenta de que el
desgarramiento de sus personajes, agrupados en una patrulla que cumple
misión en el Pacífico durante la II Guerra Mundial, era el sustrato de
una sociedad sustentada en la enajenación del ser humano.
Entre la crisis existencial de Hearn, un joven de inquietudes
intelectuales, y la intransigencia del sargento Croft, entre la
candidez campesina del Rudges y la actitud anárquica de Valsen, y por
encima de ellos el concepto del orden del general Cummings, más
cercano al fascismo que a la América liberal, Los desnudos y los
muertos dio una nueva medida de la novela como instrumento de
indagación.
A partir de su reconocimiento, Mailer fue reverenciado en los
cenáculos literarios norteamericanos como un nuevo Hemingway. Al morir
este último fin de semana a los 84 años de edad, los ríos de tinta de
los obituarios han teñido una vida marcada por entuertos de la más
diversa índole. Emergió, por un lado, el Mailer de los desplantes, el
que se burló del feminismo, el que denostó a Gore Vidal, el que
acuchilló a una de sus esposas, el bebedor empedernido, el irreverente
por antonomasia, el narcisista desenfrenado, el iconoclasta; mientras
por otro se escucharon los cantos de alabanza a su papel en la
construcción del llamado Nuevo Periodismo, sin que se cuestionara
siquiera la pesada carga de mercadotecnia de esa denominación.
Nadie, sin embargo, podrá negar el legado de su escritura. Si tan
solo hubiera escrito Los desnudos y los muertos, su nombre
estaría asegurado en la historia de la novela del siglo XX. Pero ahí
están Un sueño americano (1964), Los tipos duros no bailan
(1984) y, sobre todo, La canción del verdugo (1979), que
algunos quisieron ver como un desquite de A sangre fría, de
Truman Capote, pero que se sostiene por sí misma por su impronta
experimental, al seguir los pasos desde el crimen hasta la muerte del
asesino Gary Gilmore.
Tampoco podrá ignorarse su contribución a nutrir el mito de Marylin
Monroe en la controvertida biografía que escribió sobre la
desafortunada actriz, ni La pelea, su libro reportaje sobre la
pelea de los pesos completos Muhammed Ali y Joe Frazier en Zaire, una
historia contada con agudeza.
Obras como estas prestigian a un novelista que se añadirá a la
lista de los que nunca tuvieron la dicha de acceder al Nobel de
Literatura.