Desde
el pasado año, al mismo tiempo que naufragaba en el Congreso
estadounidense una reforma migratoria que podría haber legalizado a
12 millones de indocumentados, las deportaciones iniciaban en todo
el país un vertiginoso aumento.
Esta nueva fase de la política migratoria estadounidense resulta
a todas luces insensata. No solo por la imposibilidad de deportar a
la cantidad de inmigrantes ilegales que allí radica, y que, en buena
medida, aporta a la economía norteamericana, sino por los
procedimientos implementados en las redadas, de las cuales son los
niños las principales víctimas.
Las operaciones policiales se realizan en ausencia de medidas que
protejan a los menores. Tras la detención de sus padres y al margen
de las leyes, organizaciones humanitarias, vecinos, el sistema
escolar, o instituciones religiosas asumen su cuidado.
Según un informe del Consejo Nacional de la Raza (NCLR, por sus
siglas en inglés), publicado por el diario La Opinión, de Los
Ángeles, la separación deja a los niños ––la mayoría con una edad
inferior a los cinco años–– en un estado de angustia y trauma
emocional.
La organización alertó también que aún no se conoce el número
exacto que abandona el territorio estadounidense y se aventura en un
viaje para reencontrar a sus padres.
Una vez más, en pos del "orden imperial", un singular teatro del
absurdo prioriza en escena la violencia contra los derechos humanos
y la discriminación, todavía más evidentes en el hecho de que entre
los cinco millones de niños que pagan el precio de las
deportaciones, tres millones son ciudadanos estadounidenses.
La apresurada solución de la administración norteamericana para
un fenómeno de sólidas raíces en el pasado, provoca, además, que
muchos inmigrantes ilegales afectados por los incendios que
devastaron en estos días el sur de California silencien su ruina,
por temor a ser deportados, como lo han hecho quienes desde el
Katrina u otras catástrofes necesitaron y aún esperan por la ayuda
del gobierno.