El cumplimiento de Tebas

NORGE ESPINOSA MENDOZA

Foto: PEPE MURRIETAPor un tiempo demasiado largo, Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, pareció un mito inexpugnable. Concebida a petición de Armando Suárez del Villar, la obra empezó a ser rescatada cuando en el 2001 las ediciones Tablas-Alarcos publicaron el texto, en un empeño que tuve el privilegio de editar. Ahora, un esfuerzo sin dudas considerable de Alberto Sarraín ha logrado romper el hechizo, y en el gran escenario del Mella Los siete contra Tebas es verdad no solo literaria, sino teatral.

El espectáculo parece beber de los recursos enfáticos de la ópera, de sus excesos de gestualidad y proyección, antes que de recursos de la escena más contemporánea. Ello se aviene al sentir del texto, pleno de imágenes raudas, y en varios momentos logra una armonía que emula con los hallazgos visuales que maestros como Eduardo Arrocha y Jesús Ruiz produjeron para el vestuario y la escenografía. Una buena parte de las palmas tendrá que compartirlas Sarraín con ellos, y sobre todo con el trazo coreográfico que Iván Tenorio propuso a numerosas escenas. Las luces de Carlos Repilado son austeras, y solo pediría que, hacia el final del montaje, ayudasen a conseguir la expectante atmósfera de la batalla que nos es referida.

Para lograr esa atmósfera, Los siete contra Tebas depende de un elenco entrenado en los arduos manejos de un verbo construido sobre firmes referencias culturales. Por desgracia, la mayor parte de quienes subieron a escena demuestran no tener la garra necesaria aún para vencer ese reto, y a veces la impresión de que se declama más que se actúa contagia la escena, aliviada por excepciones como las que aporta Daisy Sánchez en un hábil proceder de su extenso oficio, o Harold Vergara en la pasión cegadora de su Polinice. La voluntad dinámica de los Espías (ibeyis, elegguás, dióscuros) requiere aún limpieza, así como el Coro de mujeres necesitaría de acciones concretas que desarrollar en escena, para no quedar como simple composición decorativa. La difícil sincronía entre palabra, movimiento, acción y baile no siempre está conseguida: algo que ojalá vaya puliendo la temporada para evitar falta de matices y atropellamientos.

Mis mayores dudas giran en torno a los efectos "anacrónicos" que pretenden subrayar la contemporaneidad del conflicto. Ni el injustificado reguetón del inicio, ni los sillones, ni las pencas ni las claves ni los cantos infantiles me parecieron del todo eficaces, en tanto reducen a una actualidad superficial un debate eterno y no alcanzan una sutileza que los redimensione. Me atrevo a pensar que otras fórmulas hubieran podido renovar la lectura de este texto, más allá incluso de una mirada que hable de Cuba desde esos tópicos. La escena medular, en la que los hermanos discuten sus razones de intensa actualidad en este mundo del nuevo milenio: exilio, poder, egoísmo, políticas¼ , se ve interrumpida por esos recursos, y el ritmo del espectáculo decae hacia su segunda mitad, cosa que debiera revisarse, a fin de una impresión menos gélida. Todavía el fragor de la guerra no llega rotundo al lunetario: los actores deben, desde sus talentos, buscar más.

La visualidad y el lujoso verbo son los pilares de esta puesta (la más suntuosa y de seguro cara entre los estrenos recientes). Con el gesto de Sarraín, Los siete contra Tebas deja de ser un mito y se nos restituye. Es ahora otro mito. Un mito que podemos leer desde el escenario, y que deberá ser debatido como toda realidad que se reinventa sobre las tablas. A quienes se han empeñado desde Mefisto Teatro en romper el hechizo, demos las gracias. Ojalá que esta hermosa pieza alcance a ser discutida, aplaudida y entendida como lo merece desde ahora mismo.

 

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