Kosovo: encrucijada balcánica

ELSON CONCEPCIÓN PÉREZ
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"Estados Unidos debe encontrar otra forma de mostrar su inclinación y afecto por los albaneses, en vez de regalarles territorios serbios."

Ni los recintos sagrados se han salvado de las acciones bélicas en el Kosovo ocupado.

Estas palabras del primer ministro de Serbia, Vojislav Kostunica, respondieron a la euforia del presidente norteamericano George W. Bush, quien había encontrado en su visita a la capital albanesa, las únicas muestras de "cariño" en aquel recorrido europeo.

Bush, incluso, usó la insolencia de proponer a los serbios unas mejores relaciones con Washington, su ingreso a la OTAN y a la Unión Europea, con la moneda de cambio de un Kosovo albanés.

Estas presiones tuvieron lugar en medio del debate sobre el estatus de esa provincia serbia, y cuando se cumplen ocho años de la intervención militar norteamericana y de la OTAN en Kosovo, luego de 78 días y noches de bombardeos contra Serbia que causaran la muerte de miles de civiles y la destrucción de hospitales, escuelas, viviendas, guarderías infantiles, todos los puentes sobre el río Danubio, embajadas, canales de televisión, iglesias y otros recintos.

Aquella intervención militar, anunciada por Washington en 1999 para un periodo no mayor de seis meses, aún mantiene en esa provincia serbia a 17 000 soldados, bases permanentes de carácter geopolítico, y negocios de todo tipo, incluyendo el flamante incremento de la droga y la prostitución.

Kosovo sigue en la encrucijada de ser reconocida constitucional e internacionalmente como territorio serbio, estar supuestamente administrada por la ONU, a la vez que dominada militarmente por la OTAN, con un costo adicional de millones de euros al año para mantener tan humillante estatus.

PURGA ÉTNICA

En recientes declaraciones, el obispo Artemije, de la Iglesia Ortodoxa Serbia de Kosovo, describe lo sucedido en ese territorio como genocidio, y acusa a la OTAN y a la Misión Administrativa de la ONU de exterminar a los serbios.

"Quedó expulsada en estos años dos tercios de la población cristiana: 250 000 serbios, gitanos, egipcios y otros no albaneses", recordó el obispo, quien calificó lo ocurrido como "purga étnica", y menciona entre otros crímenes bajo el paraguas de la OTAN a "los asesinatos, incendios, explosiones, secuestros, violaciones, profanación de iglesias y monasterios".

Por último el prelado denunció que "numerosos cementerios serbios a lo largo de Kosovo y Metohija fueron profanados, los crucifijos y las lápidas destruidas, los restos mortales exhumados y dispersados en el entorno, sin que nadie aún haya pagado por esas fechorías".

"Ni siquiera los muertos pueden dormir tranquilos en la provincia ocupada", afirmó el líder religioso.

El tema de Kosovo se debate, de manera viciada y bajo la espada amenazadora de Estados Unidos, y de una Europa sumisa a los dictados de Washington.

Tanto Serbia como Rusia se han opuesto a la festinada propuesta de secesión que, con el nombre de independencia, auspicia la administración Bush y comparten otros países del Viejo Continente.

Para recordar bien estas actitudes, no olvidemos aquel agosto de 1999 cuando el entonces primer ministro británico, Anthony Blair, junto a la secretaria de Estado norteamericana, Madeleine Albright y Javier Solana —el hombre que dio la orden de apretar el gatillo y bombardear Serbia—, visitaron Kosovo eufóricos por la tarea cumplida: 200 serbios de esa ciudad muertos, 164 000 de los 200 000 que vivían allí huyeron, muchos de ellos después de haber sido maltratados y torturados; la principal catedral ortodoxa de Pristina, a pocos metros del cuartel general de la OTAN, bombardeada.

Eran solo los primeros días de la ocupación.

Pareciera como si la comunidad internacional olvidara lo refrendado en la Constitución serbia, en cuanto a que ese lugar, cuna de la nacionalidad, forma parte inseparable de ese Estado soberano balcánico.

 

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