Asentaron en la introducción de su libro Administration of
torture (Columbia University Press, 2007) que esa documentación
"muestra sin ambigüedad alguna que la administración ha adoptado
algunos de los métodos de los regímenes más tiránicos" y que altos
funcionarios civiles y militares aprobaron el maltrato, la tortura y
aun el asesinato de civiles presos "a veces tolerándolos, a veces
alentándolos, y a veces autorizándolos expresamente".
"No aprobamos la tortura. Nunca ordené torturar. Nunca ordenaré
torturar", supo decir W. Bush. Se ve.
El capitán de corbeta Mathew Díaz no necesitó examinar esos
documentos para conocer el tema. Abogado de la Marina de EE.UU. con
una carrera brillante, Díaz estaba convencido de que los detenidos en
Guantánamo eran peligrosísimos cuando fue enviado a esa base por seis
meses, paso previo a su ascenso a capitán de fragata "por su
incuestionable integridad", dijo su jefe.
Y percibió lo que no esperaba: presos por tiempo indeterminado
sometidos a torturas, sin nombre conocido y sin defensa letrada. Como
abogado, juzgó que el Pentágono violaba el fallo de la Corte Suprema
que otorga a esos detenidos el derecho a presentar un hábeas corpus
y que esto era intolerablemente ilegal.
En enero del 2005, Díaz reunió en su computadora toda la
información que pudo sobre los prisioneros, empezando por su nombre
—desconocerlo dificultaba la labor de sus posibles defensores— y
elaboró un documento de 39 páginas que llevó consigo —disimulado en
una carpeta de regalo— cuando acabó su misión.
Su propósito era claro: denunciar el estado de las cosas en
Guantánamo. Envió anónimamente la carpeta a la ACLU y sus directivos
se rompieron la cabeza varias semanas —¿sería cierta la información o
no?— antes de enviarla al tribunal correspondiente. Díaz siempre supo
que ponía en juego su carrera. Descubierto, fue condenado a seis meses
de prisión, no por deslealtad o por poner en peligro la seguridad
nacional, más bien por atenerse a las reglas. Dicho de otra manera:
por opinar que no se justificaban los malos tratos ni el confinamiento
por tiempo indefinido de los presuntos terroristas, y actuar en
consecuencia. Hace falta coraje, moral para hacerlo, especialmente en
un oficial sujeto a la disciplina militar y en el clima que se vive en
EE.UU., Díaz lo tuvo.
Su caso evoca el de otro abogado militar, Helmuth von Moltke,
descendiente de nobles prusianos como el mariscal Graf von Moltke,
fallecido en 1891, y su sobrino Ludwig, jefe de Estado Mayor del
ejército alemán de 1906 a 1914. A Helmuth le tocó el nazismo y pronto
conoció la barbarie del régimen. "Mientras estoy aquí sentado
—escribió a su mujer Freya en octubre de 1941—, se llevan a cabo
numerosas ejecuciones en Francia. Más de 1 000 personas son asesinadas
cada día y miles de alemanes se acostumbran a ello. Y sin embargo,
todo eso es un juego de niños comparado con lo que pasa en Polonia y
Rusia. ¿Es para mí posible saber esto y quedarme sentado en casa, en
mi departamento con calefacción, tomando té? ¿No me convierto en
culpable por no hacer nada? Y qué diré cuando me pregunten qué hice en
estos tiempos difíciles?" (Letters to Freya: 1939-1945, Knopf, 1990).
Y sí hizo algo. No solo salvó la vida de judíos: con un círculo de
amigos preparaba documentos para procesar a sus colegas por crímenes
de guerra y contra la humanidad cuando la derrota alemana lo
permitiera. Helmut sabía perfectamente que corría el riesgo de ser
fusilado. Encontró ese destino en los meses finales de la guerra. En
la última carta a su mujer, fechada el 11 de enero de 1945, escribe
que se enfrentó al juez militar "no como protestante, no como gran
terrateniente, no como noble, no como prusiano, no como alemán, sino
como un cristiano simplemente". Pero él no hablaba con Dios, como W.
Bush.
No faltan en Europa calles y plazas que llevan el nombre de Helmut
von Moltke y tal vez algún día lo mismo suceda con el de Mathew Díaz.
Es extraño que nada de eso ocurra con los nombres de los abogados que
defendieron a presos políticos y presentaron hábeas corpus por
los desaparecidos bajo las dictaduras militares del Cono Sur y de
América Central. Solamente en Argentina decenas de ellos fueron a su
vez "desaparecidos". ¿La razón? Tenían coraje moral.
(Tomado de Página 12)