Esas
sensaciones que la labor del pintor fija en el tiempo y en el
espacio, salieron nuevamente a flote, danza mediante, en dos piezas
que el Ballet Español de Cuba exhibe en su amplio repertorio desde
hace algún tiempo: Frida y Danzando sueños, que el
pasado fin de semana ocuparon la sala García Lorca del Gran Teatro
de La Habana con total éxito.
Se trata de dos creaciones de Eduardo Veitía, director y primer
bailarín de la agrupación que enfocan historias y pasajes pictóricos
de dos grandes artistas plásticos latinoamericanos y universales: la
mexicana Frida Kahlo y el cubano Wifredo Lam, a quienes el BEC rinde
un merecido y original homenaje.
No cabe duda que Danzando sueños es una pieza que llega al
espectador y lo emociona, marcado el clímax el cuadro final La
Jungla. Precisamente, en esta importante obra de Lam de la cual
Alain Jouffroy expresara que era una declaración plástica del Tercer
Mundo y el propio creador definiera como un "Autorretrato: No hay
más que verlo: yo mismo", el coreógrafo pone a bailar, en mayúscula,
a toda la compañía que demuestra estar preparada para enfrentar, a
pesar de la juventud, los más disímiles estilos danzarios. Hay,
indudablemente un diálogo perfecto entre coreografía-escenografía.
Como en Lam que es resultado de tres razas, en la escena se
vuelcan las raíces de nuestra idiosincrasia y el BEC enfrenta el
flamenco, el folclor, la danza y el ballet como uno solo. Un baile
de grupos donde entran y salen los bailarines: se taconea, se
contornean los torsos, caderas y hombros se mueven estrepitosamente,
se salta de manera descomunal, hay arabesques, extensiones¼ El
elemento masculino, más fuerte a la hora de enfrentar el folclor, se
contrapone con la delicadeza de las muchachas al bailar lo español.
Pero hay que destacar, ante todo, a la primera bailarina Irene
Rodríguez, impresionante, temperamental, perfecta en su baile, que
demuestra ser una artista completa, junto a ella Henri Carballosa
que ha crecido mucho en estos últimos tiempos, así como los muy
jóvenes intérpretes del cuerpo de baile que dieron todo de sí. En
los otros cuadros y sobre todo en el segundo, La gran exposición,
destacaron Leslie Ung en La maternidad, y por supuesto, la
hermosa primera bailarina Liliana Fagoaga en Desnudo de mujer
(donde ofrece una clase de estética del movimiento). El muy joven
Víctor Alarcón (el Pintor), hace un enorme esfuerzo y logra, por
momentos, animar el auditorio con su baile.
Un punto de realce visual a la obra lo otorga la escenografía de
Támine González del Campillo, funcional, y muy acorde en cada cuadro
a lo que quiere decir el autor, logrando el éxtasis en La jungla.
Puntos a favor lo entrega también la música.
La otra parte del programa la ocupó Frida, pieza que
podríamos denominar minimal y que sigue la estética creativa de
Eduardo Veitía, de llevar lo inimaginable al flamenco con una pasión
e inteligencia poco comunes. Más que mostrar la Frida pintora, el
coreógrafo se inmiscuye en la azarosa historia-vida de esa mujer.
Como secuencias de un filme pasan ante el espectador la
infancia, un accidente, una pasión, la pintura,
Diego en el pensamiento..., donde con pocos elementos, un
sobrio telón de fondo, semejando nubes, trazos de pintura o el
tiempo, expone todo aquello que la rodeó. ¿El mejor momento de la
obra? El cuadro de Las dos Fridas, donde resalta el
baile y la interpretación de las dos primeras figuras del BEC:
Liliana Fagoaga e Irene Rodríguez quienes desatan fuertes ovaciones
del público con su quehacer escénico de alto vuelo. Muy bien el
novel Daryl Pérez como Diego. Así como la escena del aborto donde se
logra una alta tensión interpretativa.
Frida adolece, en el campo visual, de algún elemento
pictórico de la destacada artista que bien podría ser la obra Las
dos Fridas y que la hubiera enriquecido, aunque la carga
emotiva, la profundidad de los sentimientos, la proyección del gesto
hacen de este código escénico un ejemplo elocuente de cuánto puede
penetrar la danza en la naturaleza humana, para expresarla.