Cuba en el mundo

La avalancha frente a la barbarie

ORLANDO ORAMAS LEÓN

El bloqueo de Estados Unidos contra Cuba encajará hoy otro contundente nocao en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Será por decimosexta ocasión y refrendará la universal soledad de la superpotencia que pretende aislar a la pequeña y aguerrida Isla caribeña.

Resultará expresión del rechazo de la comunidad internacional a una política genocida que por casi medio siglo ha persistido en sus propósitos de doblegar y exterminar a un pueblo por hambre y enfermedades, al costo del sacrificio de millones de seres humanos decididos a resistir y vencer.

He aquí sus esencias:

"No existe una oposición política en Cuba; por tanto, el único medio previsible que tenemos hoy para enajenar el apoyo interno a la revolución es a través del desencanto y el desaliento, basados en la insatisfacción y las dificultades económicas. Debe utilizarse prontamente cualquier medio concebible para debilitar la vida económica de Cuba. Negarle dinero y suministros a Cuba, para disminuir los salarios reales y monetarios, a fin de causar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno".

Los cubanos lo conocen. Se trata de un memorando remitido el 6 de abril de 1960 por el subsecretario de Estado adjunto para Asuntos Latinoamericanos, Lester Dewitt Mallory, cuyo contenido fue discutido con el presidente Dwight D. Eisenhower.

Aquella administración republicana, que trató a toda costa de impedir el triunfo de la Revolución cubana, se manifestó abiertamente agresiva desde el mismo Primero de Enero de 1959, al acoger a los asesinos y torturadores de la dictadura batistiana, quienes se pusieron a buen recaudo en territorio norteamericano con más de 400 millones de dólares robados al Tesoro nacional.

Aquel sería el inicio de un sinnúmero de acciones de amenaza, de coerción económica y de agresión. Entre estas, la suspensión de la cuota azucarera cubana para el mercado estadounidense, el corte de los suministros de combustibles, la prohibición de inversiones norteamericanas, de exportaciones a la Isla, la suspensión de operaciones de la planta de concentración de níquel de Nicaro. También los impedimentos a los ciudadanos de EE.UU. para viajar a Cuba, y como colofón el rompimiento de relaciones diplomáticas.

En fin, era la génesis de lo que hoy es todo un paquete de leyes, prohibiciones y sanciones del bloqueo más largo de la historia.

El cerco nos acompaña desde entonces, incluso antes de que fuera declarado oficialmente por el presidente Kennedy el 3 de febrero de 1962, para sumar en tal política a una decena de administraciones norteamericanas que fallaron en el objetivo de rendir a Cuba.

Y como para remarcar su sentido criminal, le ha acompañado la guerra sucia, incluida la invasión de Playa Girón y el terrorismo de Estado por el cual se financió, armó y dirigió a las bandas contrarrevolucionarias, fueron planificados y ejecutados cientos de atentados para intentar descabezar a la Revolución y contra objetivos económicos y sociales de la Isla; blanco también de la agresión biológica, cuyo mayor número de víctimas se cobró entre nuestros niños.

Es bien largo el rosario de actos criminales que complementan al bloqueo y se acompañan de la millonaria y sempiterna campaña de mentiras, desde la que camufló como la operación Peter Pan, hasta las de más reciente data, como las que escuchamos hace apenas unos días en boca del presidente George W. Bush.

Le ha correspondido al "falso mambí", como le llamó el Comandante en Jefe, dar vueltas al máximo a los cerrojos del cerco a Cuba, ya apretados con saña en las leyes Torricelli y Helms-Burton, que pretendieron dar un tiro de gracia a nuestro pueblo tras la caída de la URSS y el campo socialista, en medio del periodo especial.

Baste reiterar que el 70 % de la población cubana ha vivido toda su vida bajo los efectos del bloqueo, a los que no escapa ningún sector de nuestra sociedad.

"No queremos nada de ustedes, salvo darles la bienvenida a la esperanza y la dicha de la libertad. No teman al futuro. Su día viene llegando", dijo W. Bush dirigiéndose a los niños cubanos en su discurso de la semana pasada, pieza oratoria de la impotencia, la rabia y el odio visceral a nuestro pueblo.

Basta leer el informe de Cuba al Secretario General de la ONU para aquilatar tamaña desvergüenza del presidente de la mayor potencia militar y económica del planeta, que niega hasta los marcapasos y los medicamentos contra el cáncer para nuestros hospitales infantiles.

Castigos como estos no pueden ser contabilizados en los 89 000 millones de dólares que suman conservadoramente nuestras pérdidas por esa política de Washington.

Baste decir que hoy, cuando en el mercado mundial se disparan los precios de los alimentos, la administración Bush interpone todo tipo de obstáculos a las limitadas y reguladas compras en EE.UU., cuyo gobierno pretende hambrear a un pueblo y saciar los apetitos criminales de la mafia de Miami, aquella que clama tres días de licencia para matar.

La salud, la educación, alimentación, la cultura, el deporte, la ciencia y la tecnología, entre muchas otras, son ramas de la vida humana que resultan sensiblemente perjudicadas por el bloqueo. Ni que decir de la propia familia, separada por las prohibiciones de viajes que afectan asimismo a los cubanos residentes en Estados Unidos y a los propios ciudadanos de aquel país.

"Ya viene llegando", decía con guiños balbuceantes el emperador, cuando lo que se avecina es la avalancha de votos contra el bloqueo en la ONU, el redoble de la solidaridad con la Isla expresada en todo el mundo, y la toma de posesión de los nuevos delegados elegidos por nuestro pueblo en masivas y transparentes elecciones, quienes estarán en su mandato cuando la era Bush haya concluido en medio de la ignominia y el descrédito.

 

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