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Bombas de agua fundidas en cubanía
Enrique Milanés León y Jorge
Luis Téllez (fotos)
CAMAGÜEY.— Tal vez su piel oscurísima sea la mejor metáfora de los
31 años que José Díaz Pérez ha pasado al calor, en la fundición de la
fábrica de bombas hidráulicas Alejandro Arias. Los antiguos dueños de
la planta, nacida con otro nombre en 1944, la entregaron formalmente
al Che en 1960 y desde entonces los secretos del oficio pasaron a
manos de gente como José.
Luego
del proceso en la fundición, el maquinado en el torno pule detalles de
una bomba de gran porte.
"Esa sabiduría la trasmitimos a los jóvenes y a los nuevos
trabajadores. No por gusto cuatro de ellos irán al evento Metánica, en
la capital", dice este jefe de taller con orgullo de maestro. Gente
así abunda en la fábrica, y Guillermo Piñeiro Libera, el director, es
el primero en reconocerlo: "aspiran a lo elemental para trabajar, y a
cambio dan mucho".
MOTOBOMBAS EN LA HISTORIA DEL TABACO
José Quiñones Fernández, el director de aseguramiento, detalla el
surtido: motobombas, piezas de repuesto, bombas sumergibles,
electrobombas, bombas de pozos profundos, paneles de arranque,
columnas y electrobombas horizontales. Los principales clientes son el
sector tabacalero, los cultivos varios, la red comercial y el Grupo
Industrial de Maquinaria Agrícola del SIME.
"El tabaco ya no importa otras motobombas porque solo quiere las
nuestras", acota Guillermo Piñeiro con un tono que parecería vanidad
si no hubiera, en predios de las vegas cubanas, unos 20 000 de esos
equipos en función del riego en zonas no electrificadas.
Desde 1997, cuando en el banco de pruebas de la fábrica La Criolla
le sacó ventaja a una extranjera de marca reconocida, el sector
tabacalero del país utiliza las motobombas fundidas en Camagüey,
suministradas con garantía, piezas de repuesto y con servicio de
mantenimiento asegurado por ACINOX Ingeniería, uno de los grupos
empresariales del SIME.
Las ventajas de producir las motobombas aquí son obvias, pero José
Antonio Hechavarría Rodríguez, el director de producción, las resume:
evita importar piezas de repuesto y se hace al costo, con mercado
seguro y clientes fijos. "Una motombomba ‘chiquita’ que aquí nos
cuesta 1 408 pesos entre ambas monedas, vale en el mundo más de 2 500
dólares", sentencia José Antonio.
La Alejandro Arias importa motores de calidad y les añade módulos
de bombeo fundidos en su taller, los cuales completan unidades con
pronóstico útil muy superior a muchos equipos similares que, con
facturación 100% extranjera y elevado acabado visual, en la concreta
colapsan tempranamente.
De las 1 500 motobombas a completar en el 2007, más de 530 tomarán
el camino del tabaco, sellando un vínculo con beneficios tripartitos:
a dicho sector, a la fábrica de bombas y al país.
DIVERSIFICACIÓN O LA SABIDURÍA DE UN COLECTIVO
El dinamismo de la fábrica es notorio. Cuando la desaparición del
campo socialista acentuó las dificultades económicas, y bombas checas,
húngaras, rusas, polacas, alemanas y de otros países comenzaron a
rendirse, el personal de la fábrica les devolvió a muchas la utilidad,
creando módulos de bombeo para sus motores.
La
motobomba para el riego del tabaco es el producto
líder de la fábrica.
En el 2004, mientras la sequía reinaba en Camagüey, un millar de
bombas manuales hechas allí aliviaron la situación de una ciudad tan
grande como sedienta. Entre el 2005 y el 2006 también entregaron 1 200
tanques de combustible al programa de grupos electrógenos.
Más de 30 tipos de bombas, según la potencia del motor, se facturan
en la fábrica. Igualmente, produce cercas, tejas de zinc,
hidropresores, juntas de ollas...
"Ahora preparamos un taller para hacer pizarras eléctricas, y
queremos discutir con los importadores a fin de reinsertarnos en el
mercado interno de los grupos contra incendios, con bombas dotadas de
todos los aditamentos requeridos. El país se reorganiza, y donde
hallemos un huequito, allí estaremos con nuestro trabajo", concluye el
director.
Con
40 grados centígrados y hornos muy viejos, en la fundición se forjan
voluntades.
Han efectuado, además, pequeños envíos de productos a países de
Centroamérica y el Caribe con la confianza de sembrar una semilla de
calidad capaz de germinar con ingresos al país. Ese es el espíritu en
los talleres de maquinado, mantenimiento, ensamblaje, soldadura y
fundición.
En este último, José Díaz Pérez sostiene que el de ellos es un
trabajo de artistas. "Quien no le tenga amor a esto, se funde... ",
dice con doble sentido este buen cubano mientras enseña una sonrisa
blanquísima que 31 años entre metales colados no han podido
oscurecerle. |