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El ajo, imprescindible para la dieta

MÍRIAM ZITO

Tras un acucioso estudio, investigadores de la Universidad de Alabama, Birmingham, Estados Unidos, revelaron que el ajo resulta beneficioso para el corazón, una noticia que sin ser novedosa ratifica conclusiones anteriores al respecto.

La clave radica en el ajojene y la alicina, sustancia esta última que desprende ese olor penetrante característico que prevalece, aún mucho después, de condimentar los alimentos.

Según los investigadores, esas sustancias reaccionan con los glóbulos rojos de la sangre y originan el sulfito de hidrógeno, elemento que relaja los vasos sanguíneos y posibilita quela sangre fluya con facilidad.

Se ha comprobado que ingerir ajo provoca una estimulación celular de aquellas células que conforman la membrana de arterias y venas, porque origina su dilatación.

Como consecuencia, la presión sanguínea disminuye, lo cual permite una mayor transportación de oxígeno a los órganos, reduciéndose la presión sobre el órgano vital.

El equipo de la Universidad de Alabama sumergió vasos sanguíneos de roedores en un "baño" de jugo de ajo y obtuvo resultados inesperados, publicó BBC Mundo digital.

El experimento reveló que la tensión en los vasos sanguíneos disminuyó en un 72% al contacto con la alicina.

Se sabe que en las regiones donde el consumo de ajo está extendido, como el Mediterráneo o el Lejano Oriente, las enfermedades cardiovasculares registran una menor incidencia.

Lo cierto es que las virtudes curativas del ajo son tan antiguas como los hombres del pasado remoto, quienes, además de usarlo como condimento, le atribuyeron propiedades mágicas, al extremo de ser utilizado como amuleto para espantar demonios y vampiros.

Actualmente está demostrado que sus pequeños bulbos o dientes tienen propiedades terapéuticas ante diferentes afecciones infecciosas, cardiovasculares y respiratorias.

Perteneciente a la familia de las Liliáceas y con cerca de 300 especies difundidas en diversas latitudes, la variedad más extendida es la Alium sativum, identificada por el naturalista sueco Karl Linneo en el siglo XVIII, y cultivada más tarde con fines comerciales, preferiblemente en terrenos de poca humedad y con un ciclo vegetativo de unos tres meses.

En Cuba su producción se limita a una sola cosecha, la que se realiza a finales de año por ser esta época la de menores precipitaciones, de ahí que su abundancia coincida con los períodos de recolección.

Por regla general, las áreas de cultivo se reducen a pequeñas parcelas, en las cuales se extreman la vigilancia frente a las agresiones de plagas de hongos e insectos.

Tras la cosecha, se agrupan en manojos, o se tejen en ristras, para ser almacenados en lugares frescos y secos por el resto del año.

Sus propiedades curativas nadie las discute, pero siempre es bueno no excederse y consultar al médico para aplicar una exitosa dosificación. (AIN)

 

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