Es
lógico que el espectador asocie a Roberto Salas con la gran
fotografía épica de la Revolución. Sus imágenes de Fidel y el Che,
como las de su padre, Osvaldo Salas, o Alberto Korda y Liborio Noval
están impregnadas del hálito de la leyenda.
En tiempos más recientes su obra también ha llamado la atención
por una arista experimental en la que a partir del desnudo femenino
ha enaltecido la tradición tabacalera insular.
Vale la pena, sin embargo, asomarse a la galería de imágenes que
Salas despliega este octubre en la Fototeca de Cuba. Bajo el título
Así son los cubanos nos ofrece, a partir del retrato como
género, un entrañable mapa de nuestra identidad.
Si, como suele decirse, el rostro es un espejo del alma, esta
última, multiplicada y diversa, sobrecoge por su sinceridad
expresiva y los mil modos de encarnarse en una sonrisa, en un gesto,
en una premonición, en un aire de familia.
Aquí la pose no es recurso gratuito, sino más bien pie forzado
desde el cual el artista se da el lujo de prescindir de cualquier
elemento contingente que le impida penetrar hasta el fondo de los
sujetos fotografiados, que saltan del anonimato a la singularidad de
su perfil individual o de grupo.
En ese sentido se trata de una operación que tiene puntos comunes
con ciertas representaciones pop del maestro Raúl Martínez, que fijó
su mirada en esa gente sencilla que, sin embargo, también hace la
historia.
Viendo estas imágenes de Salas no puedo dejar de subrayar el
carácter auténtico y ético de su arte fotográfico, más en estos
tiempos en que se han vuelto frecuentes dos extremos a la hora de
"retratar" a Cuba: la idealización pintorequista y la condenación
apocalíptica; el paraíso y el infierno.
Aquí, en su justa medida, la Isla aparece sin retórica documental
de ningún tipo, mediante la sensibilidad de quien conoce sus
caminos.