Más horribles que yo

LEYLA LEYVA

Más horribles que yo, el último libro de Luis Lorente, acaba de recibir el premio que la Crítica concede a los diez mejores libros publicados en un año. Ya se sabe que este escrutinio, o debate de mesa de un jurado diverso que tiene lugar por unos meses, no dejará de mover opiniones¼ , pero en fin, ganarlo es una envidiable noticia que emociona hasta al más prevenido o arisco escritor.

Por su naturaleza diáfana y la visión que el autor posee de su libro, me inclino a conjeturar que Lorente no se encuentra en ninguno de los casos. Ya hace tres años, su cuaderno de poesía, Esta tarde llegando la noche, ganador del Casa de las Américas, había obtenido el Premio de la Crítica. Un conjunto de poemas armado de un lirismo sugerente, con raíz en el entorno nacional y las afectividades, lo que hacía la obra más centrada hacia la atención crítica.

Pero Más horrible que yo es otra cosa, por supuesto que clasificable. Es un libro hermoso, que no figura como cuaderno de poesía, ni de cuentos o narraciones con incursiones en la poesía. Tampoco se viste de moderno o de post. Solo quiere ser, y en esa autonomía de lo personal, de la concreción de un universo o la satisfacción de verse cara a cara con una buena foto, el autor no se impide, no se niega esto o aquello por temor a dejar de clasificar o caer en tierra de nadie.

Aunque, al mismo tiempo, el libro sabe cuándo contenerse. Fiel a la escritura de autor, en Más horrible¼ lo figurativo se acoda gradualmente, y muy poco se siente a golpe centelleante de metáfora. De lo narrativo a lo lírico o viceversa, las frases fluyen limpias.

Ediciones Matanzas y el poeta Alfredo Zaldívar estuvieron a cargo de la publicación de este proyecto de 82 páginas. Lo inician dos poesías, Brujería y Agua mustia, que dan paso a un texto híbrido, Antes, casi un poema en prosa, pero no precisamente eso.

En los textos En el parque y La penumbra, el misterio, el final, ya sí entra el poeta en aguas de la narración cronicada, cápsulas líricas, relacionadas por la escritura de la memoria, que buscarán ideal acomodo entre poemas largos como Migraciones, Arcángel San Gabriel, o en un soneto señorial al estilo de Tren para Pedro de Oraá.

Vendaval sin rumbo, Julio o el Predilecto, Los desafiantes, Leptospirosis, 1968, I get it, Aramis y Elogio de la locura completan esta obra que viaja con la impronta del navegante solitario que percibe el curso de frente al objetivo, sin ambiciones mayores que concluir humanos ciclos de travesía, complaciéndose y, sin calcularlo, seduciéndonos.

 

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