Una boina entre minas y talleres

Joel Mayor Lorán y Jorge Luis González (fotos)
Joel@granma.cip.cu

Adalis oyó una frase que se le quedó en el recuerdo para siempre. Era apenas una niña de 12 años de edad, pero luego tuvo la ocasión de comprenderla bien, y entonces se emociona como no alcanzó a hacerlo en 1961... cuando sus padres hablaban sobre el Che.

Adalis y Miguel, trabajadores de la INPUD, le conocieron en aquellos años iniciales de la Revolución, cuando inauguró varias fábricas en el centro del país.

"Por primera vez lo vi durante un recorrido que dio por las minas del país. Venía con Aleida. Después de saludar, pidió descender a la mina con los trabajadores del turno entrante.

–¿Con esas condiciones tan malas?, contestó mi papá.

–Precisamente, eso es lo que quiero ver.

Y anduvo por todas las galerías, lo cual le contrarió.

–Solamente por llevarle comida a sus hijos pueden arriesgarse a trabajar en semejantes condiciones, comentó.

La persistencia al golpear el hierro, sudar con los obreros y su naturalidad, agrandaron el cariño de Arsenio por el Che.

"Al subir, reunió de inmediato a los mineros y les aseguró que como Ministro de Industrias tenía la potestad para asignarles una cuota de proteínas con tal de reforzarles la alimentación. Cuando se marchó, hubo comentarios: eso se le olvida, repetían.

"Sin embargo, a los tres o cuatro días, quizás al terminar de recorrer el país, llegó una rastra con lo prometido: una cuota mensual para cada trabajador.

Mi papá llegó a la casa y, mientras se quitaba la ropa para bañarse, le dijo a mamá: ¡He conocido al hombre más humano que puede existir en el mundo! ¿Quién es?, dudó ella. Y él respondió: El argentino que vino a pelear a la Sierra Maestra con Fidel, ese al que le llaman el Che."

LA SEGUNDA VEZ

Aún Adalis Pérez no era capaz de valorar a Ernesto Guevara, solo que la historia le reservaba una segunda oportunidad. Él inauguraba un grupo de fábricas en el centro del país, entre ellas la INPUD (Industria Nacional Productora de Utensilios Domésticos), en Santa Clara.

Antonio y Francisco recuerdan que el Che iba a cada puesto de trabajo y hablaba con los obreros, no en una oficina, sino en el taller.

Ya la jovencita trabajaba, incluso a deshora, como mecanógrafa. Su oficina quedaba frente a la escalera. Eran las siete de la noche; el Ministro chequeaba el avance de la obra.

"Sentí unos pasos en la escalera. Cuando me asomo, veo la barba sin mirar más. Sumergida en mi trabajo, no vi la boina. Creí que era Fidel y grité: ‘¡Fidel aquí en la INPUD!’ Le causó mucha risa. Al salir a recibirlo, todavía riendo, me dijo: No es Fidel, es el Che, pero da lo mismo.

"Tenía razón: son personalidades de la Revolución muy queridos los dos. Con su mano en mi hombro, me preguntó la edad. Me comentó que yo era muy joven para solo trabajar, que debía seguir estudiando: Cuba se desarrollaría; precisaba la preparación de nosotros.

“Él reconoció que yo no tenía culpa de aquel atraso. ¡Pero cómo me iba a molestar si tenía al Che tan cerca!”, asegura Yiyo.

"El corazón se me quería salir. Para mí aquello fue muy grande, y lo será siempre. Recuerdo su rostro cual si fuera hoy mismo, chinito cuando reía mucho, afable. Tengo guardadas fotos, recortes de periódico, vivencias, todo.

"La noche de la inauguración volví a verlo, de lejos, pero pienso que sonrió mucho y se veía muy feliz. Por aquellos días me di cuenta que el Che era aquel gran hombre del cual hablaba mi padre."

VIVE EN ELLOS

Cierto que Adalis hizo cuanto pudo por contener las lágrimas al relatar sus encuentros con el Guerrillero Heroico. Pero ver a Arsenio Iglesias, un mulato alto de 67 años, tan emocionado como para que se le humedeciesen los ojos sin remedio, evidencia el cariño de tantos obreros villareños por quien Nicolás Guillén llamó Comandante amigo.

Entre ambos no hubo magia. No fue el imán de un líder, su historia o cercanía con Fidel ni siquiera la estrella en su boina ya ministro. Fue su persistencia para golpear el hierro y sudar con los obreros, la palabra cumplida por sobre todas las cosas, la naturalidad y franqueza.

Por estos rumbos hay quienes se empeñan en seguir su ejemplo. No se rinden. No abandonan su puesto. El Che vive en ellos, aun cuando tampoco pretendan semejante dimensión. Y a Arsenio le basta haber trabajado mano a mano con el Che para persistir entre aquellas máquinas, quizás obsoletas; mas, imperecederas.

ARSENIO SE CONGELÓ

Colaboraba con el Movimiento 26 de Julio, así que tras el triunfo del gran enero, si el Ministro de Industrias era nada más y nada menos que el Che, cómo negarse a un llamado suyo. Por tanto, se alista entre los jóvenes que habrían de capacitarse para ser más útiles.

Después de aquel curso, a Arsenio lo ubican en el Combinado Sidero-Mecánico Fabric Aguilar Noriega, o Planta Mecánica como todos le llaman, en Santa Clara. Faltan meses para inaugurarla, pero ya produce. "Estábamos en la forja, fabricando instrumentos de trabajo; yo, en el martillo pequeño, haciendo tenazas chiquitas.

"No lo vi entrar. Me puso la mano en el hombro, pero seguí trabajando. La gente me gritaba: ‘Arsenio, Arsenio’. Yo no oía, por la bulla de las máquinas. Además, no puedes estar atendiendo a otro lado porque esa bola de hierro caliente te aplasta. Son 800 kilogramos de golpe.

"Cuando cojo la pieza para ponerla en el horno, lo veo. Me quedé sin habla. Me sorprendí. Y ese carácter suyo, como el de los padres de uno, impresiona. Ahora lo ves por televisión, te fijas en su mirada, y parece que está vivo. Yo me congelé."

TRABAJARON JUNTOS

–¿Qué estás haciendo?

–La pata de una tenaza.

–¿Tú crees que yo pueda hacer una?

–Como no, Comandante.

–¿Tú me ayudas?

–Sí.

"Entonces, le cogí la mano y se la dirigía con miedo de pasarme. Nunca me tensó la mano ni sintió temor alguno; yo estaba más preocupado que él. Hicimos la pata en unos 30 minutos.

"Golpeó con fuerza la barra de hierro candente para conformarla. Entre tanto, conversamos, sobre el desarrollo de la industria, del país, la importancia de la forja y cuánto representa en ahorro. Todo el grupo del taller le escuchaba.

"Había 300 ó 400 grados de calor. Me dijo: estás sudando. Luego me preguntó dónde tomar agua y le indiqué la que circulaba por el horno. No teníamos bebedero; tomábamos de aquella. Cuando fui a alcanzarle un poco, uno de sus escoltas agarró mi mano. Entonces, le indicó: ‘Déjalo. ¿Tú crees que un hombre como este quiera envenenarme?’

"A continuación recorrió el resto de los talleres. Cuando se dirigía a las oficinas, comentó: vamos para donde está la burocracia. Y antes de marcharse me aseguró que cuando terminara de construirse la INPUD iban a poner agua fría en todas las fábricas y el primer refrigerador que hicieran sería para mí. Pero yo ni pensé en eso... hasta el día en que el administrador fue a buscarme."

LA EMOCIÓN

El relato avanza y retrocede otro poco. En cada fragmento hay un pedazo de la vida de este hombre (duodécimo entre 19 hermanos), de lo que cree, de algo por lo que está dispuesto a continuar. Le mueven no solo anécdotas, sino las fotos de la inauguración, el Ministro todavía guerrillero sacando una cuchilla porque las tijeras no querían cortar aquella cinta...

Esa fuerza le llevó a 25 zafras, le mantiene en sus hierros. "No me retiro porque amo la fábrica (no soy el único) y al hombre que alumbró el camino también para nuestros hijos. Creo que lo estoy viendo vivo. No soy más comunista que nadie, pero lo mío lo siento yo, adentro, para mí. No me gusta hablar, pero es alguien que merece que se mantenga la historia... él y otros más".

MUY SERIA BROMA

No debiera reírse, pero a José Riberón Sánchez, más conocido por Yiyo, le causa gracia lo que le sucedió. Recién terminaba la construcción civil de la Extractora de Aceite de Palmiche, ubicada en Caibarién e idea del Che, cuando este llegó sin que nadie lo esperara.

–Te felicito, me dijo muy serio.

–¿A qué se debe esa felicitación?

–A lo igualito que está esto. Hace un año que vine aquí, y no ha cambiado nada. Parece que vos queréis que Fidel me bote de la Industria.

"No me gustó ese emplazamiento. Le dije que solo era constructor civil. Había terminado mi parte; lo que faltaba era montar los equipos y los paileros para trabajar las láminas y hacer los tanques. Le mostré el proyecto y recorrió la obra. Reconoció que yo no tenía culpa del atraso. ¡Cómo me iba a molestar si tenía al Che tan cerca! Parece mentira, pero me sentía feliz hablando con él."

CON LOS OBREROS

La luz de su sonrisa inundó a muchos. Otros tantos pueden haberle visto bien serio ante la mala calidad de un producto, el despilfarro, la burocracia... Lo cierto es que en cada rincón hay alguien con un pequeño testimonio, o una anécdota impactante, porque Ernesto Guevara hablaba con los obreros, no en una oficina, sino en el taller.

Antonio Márquez y Francisco Echemendía recuerdan el día de la inauguración de la fábrica de bicicletas Heriberto Mederos, en Caibarién. "Se acercó a cada puesto de trabajo. Hemos escuchado que era muy serio en su labor, pero con los trabajadores no".

Miguel Montero cuenta que un día, él y otros que estaban próximos, se colocaron en el sitio por donde iba a salir el Comandante después de haber hablado en el Tecnológico Abel Santamaría, a fin de acercársele. Ustedes serán en el futuro buenos obreros calificados y buenos revolucionarios, añadió a lo que les había dicho antes.

Y Miguel no olvida: la mano que le colocó en el hombro también a él, la querida boina de siempre, la camisa remangada... los lazos que lo ataron a este pueblo y que no pudo romper siquiera la muerte.

 

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