Bensmann, saxo sentido

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Irreprochable dominio técnico, estupendo despliegue interpretativo. Ambas cualidades, que halagarían a cualquier músico, no son suficientes para describir el paso de Detlef Bensmann por la escena del XXII Festival de La Habana, que bajo los auspicios de la Asociación de Músicos de la UNEAC cada año promueve la actualidad sonora en el ámbito concertante.

Para este saxofonista y compositor alemán, que llegó nuevamente a la capital cubana mediante la colaboración del Instituto Goethe con el Festival, cada ejecución de obras propias y de otros autores constituye un proceso de producción de sentido, encaminado a generar imágenes artísticas en el oyente.

Tanto en la selección del repertorio escogido para su presentación el último sábado en el teatro Amadeo Roldán como en su interpretación, Bensmann tuvo en cuenta la posibilidad de ofrecer las enormes posibilidades expresivas que se han abierto a su instrumento más allá de las márgenes de la experimentación.

Tales fueron los casos de Monophony V para saxo alto, del norteamericano Robert Hall Lewis (1926 – 1996), que explora los contrastes dinámicos con ingenio y sagacidad; Atolón II para piano y saxofón, del japonés Isao Matsuhita (1951), con sus convergencias cíclicas de resonancias líricas contemplativas; Fantasía colorata, del alemán Dietrich Erdmann (1917), sorprendente por la concisión con que explaya los registros más inusitados del saxofón tenor; y Palabras, del cubano Jorge López Marín (1949), deliciosa pieza de secciones contrapuestas y complementarias que tributan al canto y al ritmo.

Por cierto, Bensmann ha propiciado que la obra de López Marín, escrita en los ochenta originalmente para el cubano Miguel Villafruela, sea editada en Alemania y hoy día se considere como una referencia en los repertorios académicos y de concierto de los intérpretes de ese país europeo.

La inclusión de Beckmann in New York, del norteamericano Ari Benjamín Meyers (1972), trajo al público cubano una renovada forma de pronunciamiento elegíaco y la confirmación de los ideales humanistas que alientan el arte del intérprete. Como un vivo caleidoscopio, el compositor evoca imágenes vinculadas al trágico destino del pintor Max Beckmann, cuya creación fue tildada como "arte degenerado" por el régimen nazi y murió en 1950, en medio de una tormenta de nieve en Manhattan. La obra de Meyers trasciende en la ejecución de Bensmann como un alegato sobre la dignidad humana.

Muestra de su aprecio por el público cubano, Bensmann quiso que en La Habana fuera el estreno mundial de su pieza 125 Ries & Erler, que resume en buena medida sus concepciones estéticas y su visión poliédrica de las funciones de su instrumento.

Y para coronar su actuación entregó, junto a los jóvenes del grupo danzario Transpoi, dos performances a base de improvisaciones.

En las obras de Matsuhita y Meyers, Bensmann contó con la colaboración de la joven pianista cubana Rebeca Lluveras, egresada del ISA bajo la tutela de Víctor Rodríguez, y en estos momentos en fase de perfeccionamiento con Teresita Junco. La Lluveras evidenció un talento excepcional para asumir y transmitir lenguajes contemporáneos de alta complejidad y amoldarse a las exigencias interpretativas de un músico de extraordinario calibre como lo es Bensmann.

 

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