Irreprochable
dominio técnico, estupendo despliegue interpretativo. Ambas
cualidades, que halagarían a cualquier músico, no son suficientes
para describir el paso de Detlef Bensmann por la escena del XXII
Festival de La Habana, que bajo los auspicios de la Asociación de
Músicos de la UNEAC cada año promueve la actualidad sonora en el
ámbito concertante.
Para este saxofonista y compositor alemán, que llegó nuevamente a
la capital cubana mediante la colaboración del Instituto Goethe con
el Festival, cada ejecución de obras propias y de otros autores
constituye un proceso de producción de sentido, encaminado a generar
imágenes artísticas en el oyente.
Tanto en la selección del repertorio escogido para su
presentación el último sábado en el teatro Amadeo Roldán como en su
interpretación, Bensmann tuvo en cuenta la posibilidad de ofrecer
las enormes posibilidades expresivas que se han abierto a su
instrumento más allá de las márgenes de la experimentación.
Tales fueron los casos de Monophony V para saxo alto, del
norteamericano Robert Hall Lewis (1926 – 1996), que explora los
contrastes dinámicos con ingenio y sagacidad; Atolón II para
piano y saxofón, del japonés Isao Matsuhita (1951), con sus
convergencias cíclicas de resonancias líricas contemplativas;
Fantasía colorata, del alemán Dietrich Erdmann (1917),
sorprendente por la concisión con que explaya los registros más
inusitados del saxofón tenor; y Palabras, del cubano Jorge
López Marín (1949), deliciosa pieza de secciones contrapuestas y
complementarias que tributan al canto y al ritmo.
Por cierto, Bensmann ha propiciado que la obra de López Marín,
escrita en los ochenta originalmente para el cubano Miguel
Villafruela, sea editada en Alemania y hoy día se considere como una
referencia en los repertorios académicos y de concierto de los
intérpretes de ese país europeo.
La inclusión de Beckmann in New York, del norteamericano
Ari Benjamín Meyers (1972), trajo al público cubano una renovada
forma de pronunciamiento elegíaco y la confirmación de los ideales
humanistas que alientan el arte del intérprete. Como un vivo
caleidoscopio, el compositor evoca imágenes vinculadas al trágico
destino del pintor Max Beckmann, cuya creación fue tildada como
"arte degenerado" por el régimen nazi y murió en 1950, en medio de
una tormenta de nieve en Manhattan. La obra de Meyers trasciende en
la ejecución de Bensmann como un alegato sobre la dignidad humana.
Muestra de su aprecio por el público cubano, Bensmann quiso que
en La Habana fuera el estreno mundial de su pieza 125 Ries &
Erler, que resume en buena medida sus concepciones estéticas y
su visión poliédrica de las funciones de su instrumento.
Y para coronar su actuación entregó, junto a los jóvenes del
grupo danzario Transpoi, dos performances a base de
improvisaciones.
En las obras de Matsuhita y Meyers, Bensmann contó con la
colaboración de la joven pianista cubana Rebeca Lluveras, egresada
del ISA bajo la tutela de Víctor Rodríguez, y en estos momentos en
fase de perfeccionamiento con Teresita Junco. La Lluveras evidenció
un talento excepcional para asumir y transmitir lenguajes
contemporáneos de alta complejidad y amoldarse a las exigencias
interpretativas de un músico de extraordinario calibre como lo es
Bensmann.