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Fidel habla sobre Ernesto Che Guevara (II)
Yo pienso que era un modelo de hombre
revolucionario
(Tomado del Capítulo 8 del libro Cien horas con
Fidel)
ALEGRÍA DE PÍO - PRIMERAS VICTORIAS - EL CHE EN LOS COMBATES - RAÚL
y CAMILO - ESTRATEGIAS DE GUERRA LA DERROTA DE BATISTA - TRIUNFO DE LA
REVOLUCIÓN
Ustedes desembarcan el 2 de diciembre de 1956 y, poco después, en
Alegría de Pío, sufren un ataque devastador.
Eso ocurre el día 5. Nosotros habíamos realizado todas las pruebas
de navegación con un barco vacío, no sabíamos mucho de marinería, y
cuando cargamos al "Granma" con 82 hombres, más las armas, las
municiones, los alimentos y el combustible adicional, pierde velocidad
y llega en siete días en vez de cinco, con apenas unas pulgadas de
combustible en los tanques. Nos retrasamos dos días. Y nos atacan tres
días después del desembarco.
Fidel y el Che
durante las pruebas de un fusil lanzagranadas en Pata de la Mesa,
Sierra Maestra, febrero de 1958.
En Alegría de Pío, mientras marchábamos hacia las montañas, todavía
distantes, estaba amaneciendo el día 5 de diciembre. Pasamos junto a
un pequeño monte no mayor de una hectárea y caminamos 100 ó 200 metros
más hacia el gran monte situado entre la línea de costa que limita con
el mar por el Sur y la franja de tierra llana y fértil, sembrada de
pasto y caña al Norte. Llegamos al borde de ese bosque, lo exploramos
y a lo largo de cientos de metros nos desplegamos. Era un punto
adecuado que dominaba un buen tramo del camino que traíamos, pero el
suelo era rocoso y lleno de ásperas piedras. De nuevo, al finalizar la
tarde, habría que caminar otra noche entera para cruzar la línea del
cerco. Algunos compañeros estaban totalmente agotados. Decido acampar
en el pequeño monte de suelo blando y a pocos metros de un campo de
caña fresca y apta para el consumo. Los hombres se ubicaron con sus
escuadras para descansar esperando la noche. La posta, a solo cien
metros del campamento. Demasiada confianza.
Ya entrada la tarde, avionetas enemigas comenzaron a explorar desde
temprano. Alrededor de las 4:00 de la tarde, aviones de caza volaban
rasantes sobre el bosquecito. Aproximadamente a las 5:00, los primeros
disparos, y segundos después, fuego cerrado de infantería contra
nosotros, que estábamos distraídos por el ruido ensordecedor de los
cazas en vuelo rasante. Habíamos sido sorprendidos.
Dispersión total. Yo me quedé solo con otros dos compañeros en el
cañaveral próximo adonde una parte del personal se replegó o cruzó por
él. Cada hombre o pequeño grupo vivió su propia odisea. Ocultos los
tres en la caña, esperamos la noche ya cercana y nos dirigimos al
bosque grande. Allí dormimos como se pudo. Total de fuerzas: 3
hombres; total de armas: mi fusil con 90 balas y el de Universo
[Sánchez] con 30. Era lo que quedaba bajo mi mando.
La zona estaba llena de soldados. Había que marchar hacia el Este y
reunir lo más posible las fuerzas dispersadas. Yo era partidario de
avanzar hacia el Este por el borde del bosque. Faustino [Pérez],
miembro como yo de la dirección del Movimiento, era partidario de
marchar a través de una extensa área de caña en crecimiento con menos
de un metro de altura. Se nos podía ver desde cualquier distancia. Yo
hice mal, porque me puse furioso con la testarudez de Faustino, y
digo: "¿Es por ahí? ¡Pues vamos por ahí!". No es difícil imaginar cuán
terrible era mi estado de ánimo al haber visto desaparecer en cuestión
de minutos el esfuerzo realizado durante casi dos años. Tomar aquella
dirección fue un disparate. Habíamos caminado ya varios kilómetros a
plena luz del día, cuando observé un avión civil de porte mediano que
daba vueltas en torno a nosotros a la distancia aproximada de mil
metros. Me percato del peligro. Aceleramos el paso. Delante, un campo
de caña demolido y tres matorrales de marabú, planta espinosa que
crece espontánea en tierras abandonadas, alineados hacia el Este a
distancia no mayor de 30 metros uno del otro. En el primero de ellos
nos ocultamos. La nave que nos observaba esperaba los cazas, que
aparecieron casi de inmediato ametrallando el tercer matorral a 60
metros de nosotros. A muy pocos metros de ese punto donde estábamos
comenzaba otro viejo campo de caña. Dije que había que abandonar de
inmediato el matorral, de apenas 10 metros de diámetro, y nos tendimos
bajo las hojas y la paja de aquella caña a pocos metros de distancia.
Casi al instante los cazas, atacando desde el Este, ametrallaron
nuestro matorral en pases sucesivos durante un tiempo que nos pareció
infinito. La tierra temblaba bajo los disparos de las ocho
ametralladoras calibre 50 que portaba cada avión. A pocos metros de
distancia del marabú, después de cada ametrallamiento, llamaba en voz
alta a Universo y a Faustino, a quien, a pesar de su cabeza dura,
estimaba mucho y seguiré estimando siempre por sus muchas cualidades
revolucionarias. Ninguno de los tres estábamos muertos o heridos. Un
breve lapso de minutos sin disparos nos permite avanzar 30 ó 40 metros
hacia una caña más alta y cerrada. Era imposible alejarse más. El
ametrallamiento había cesado. Las avionetas de exploración se turnaban
una tras otra vigilando el lugar desde muy baja altura. Nos sepultamos
bajo las hojas y la paja de caña sin hacer movimiento alguno.
Viví entonces uno de los momentos más dramáticos de mi vida. Me
entra sueño, mucho sueño, en aquel cañaveral, a muy poca distancia del
punto que habían ametrallado. Yo decía: "Con seguridad van a venir a
explorar por tierra. Vendrán para ver los resultados del
desproporcionado ataque".
Ellos no podían saber quiénes eran los hombres que allí se
encontraban. Cualesquiera que fuesen, los atacaron con verdadera saña.
Eso ocurrió poco después del mediodía. No puedo saber la hora exacta.
Sé que nosotros estábamos debajo de paja y hojas de caña, porque
mantuvieron una avioneta que prácticamente no nos dejaba mover,
vigilando todo el tiempo, observando el lugar. Debajo de la caña y en
esa posición, le cae a uno el agotamiento por todas las tensiones de
los días anteriores.
¿Esa fue una de las situaciones más dramáticas que ha vivido usted?
De las que yo he vivido, esa, esa tarde, a esa hora; ninguna otra
fue tan dramática. Ya le conté lo de Sarría cuando me capturaron
después del asalto al Moncada.
Sí, pero esta fue más dramática, ¿no?
Recuerdo cuando apenas podía contener el sueño. Mi fusil tenía dos
gatillos: uno suavizaba el disparo y el otro, después de eso, no había
más que tocarlo para un disparo de precisión. Mi fusil tenía una
mirilla telescópica de diez poderes.
¿En aquellas circunstancias qué hice? Cuando vi que era inevitable
que me durmiera, me puse de lado y coloqué la culata del fusil entre
las dos piernas y la punta del cañón debajo de la barbilla. No quería
que me capturaran vivo si la exploración enemiga me sorprendía
dormido. Haber tenido una pistola en ese caso era mejor: la sacas
fácilmente y disparas contra el enemigo o contra ti mismo; pero con un
fusil de esas características, si te sorprenden dormido, no podías
hacer nada. Estábamos debajo de la paja, la avioneta encima. Como no
podía moverme, me dormí profundamente. Era tal el agotamiento que
dormí como tres horas. La tarde comenzaba a refrescar.
¿A pesar de ese desembarco trágico y de las bajas, usted no se
desalentó?
No. Comenzamos a reorganizarnos con dos fusiles: Raúl, por otra
parte, dos semanas más tarde llegó a un punto con cinco fusiles.
Sumados los dos, en total reunimos ese día siete fusiles. Ahí yo dije
por primera vez: "Ahora sí ganamos la guerra". Me acordaba de la frase
de Carlos Manuel de Céspedes, quien respondiendo a los pesimistas,
cuando tenía doce hombres en situación similar, exclamó: "¡Aún
quedamos doce hombres! Bastan para hacer la independencia de Cuba".
Raúl y yo tuvimos siempre la misma idea, llegar a la Sierra y seguir
la guerra.
El mate, una de las
costumbres argentinas.
Hubo, pues, un momento en que con siete fusiles continuamos la
lucha; pero ya en esa ocasión, ayudados por los campesinos que habían
recogido algunos fusiles de varios de nuestros compañeros que fueron
asesinados o habían guardado las armas en un lugar para recogerlas más
tarde, reunimos 17 armas de guerra, y con ellas obtuvimos nuestra
primera victoria.
¿Cuál es esa primera victoria?
El primer combate fue contra una patrulla mixta de soldados y
marinos. Tiene lugar el 17 de enero de 1957, 46 días después de
nuestro desembarco el 2 de diciembre de 1956. Ese fue nuestro primer
combate victorioso, el primer pequeño, pero simbólico, combate. Cinco
días después, un pelotón de paracaidistas que marcha a la vanguardia
de una columna de 300 hombres, se adelanta y cae en una fuerte
emboscada minuciosamente preparada en todos sus detalles; se le
ocasionan alrededor de 5 bajas y se le ocupa un fusil semiautomático
Garand con todas sus balas. Sería largo contar los detalles de los dos
primeros combates victoriosos: La Plata y los Llanos del Infierno de
Palma Mocha. Llegamos a tener 30 hombres armados a partir de los 19
que libran el primer combate.
Se presentan después dificultades tremendas a partir de una
sensible y nociva traición por parte del único guía con que
contábamos. Volvimos a ser 20 y después 12 hombres. Después del
desembarco, a partir del durísimo revés de Alegría de Pío, ya en
rápido proceso de recuperación, ocurrió aquella traición.
¿Qué fue lo más difícil en ese primer periodo?
¿Qué fue lo más difícil? El aprendizaje. Si hubiéramos desembarcado
con los 82 hombres en el lugar propicio que teníamos previsto para
desembarcar, la guerra hubiera podido durar solo siete meses. ¿Por
qué? Por la experiencia. Con aquella tropa, 55 fusiles de mirilla
telescópica, tiradores excelentes y la experiencia que teníamos, la
guerra al final no dura ni siete meses. En el "Granma", yo gradué los
55 fusiles para disparos certeros a 600 metros. Teníamos tres marcas
de fusiles y cada una tenía una variación diferente, según el acero y
el tipo de bala, y en el "Granma", en una distancia de diez metros,
mediante una fórmula geométrica, gradué todos los fusiles. Pasé más de
dos días graduando fusiles.
El Che padecía asma, lo cual debe ser una dificultad seria para
combatir en una guerrilla. Usted, a la hora de seleccionar a los
hombres que iban a ir en el yate "Granma", descarta a otros pero no a
él. ¿Planteó el asma de él algún problema después?
El Che viene en el "Granma", naturalmente. Claro, todo se preparó
como había que hacerlo. Todo el mundo tenía que estar listo para
partir en cualquier momento. Nadie conocía cuándo saldríamos. Aquella
noche del 24 de noviembre de 1956, cuando nos movilizamos hacia una
casa a orillas del río Tuxpan, el Che se mueve y no lleva el aerosol
para el asma. Y, sin embargo, claro que viene en el "Granma".
¿Sin sus medicamentos para el asma?
Sí. Y unos meses más tarde, estando allá en la Sierra, después de
la reunión en febrero de 1957 con el periodista del The New York
Times, Herbert Matthews, cuando habíamos alcanzado de nuevo la cifra
de 20 combatientes, cada vez más conocedores del terreno, más curtidos
en el empeño de sobrevivir y desarrollarnos en aquellas difíciles
condiciones, bajo implacable y continua persecución de un enemigo
herido en su orgullo profesional y lleno de desprecio hacia nuestra
modesta fuerza, se presentó una complicada situación derivada del asma
del Che.
Nos ataca una fuerte columna. Nos habíamos retrasado peligrosamente
en la marcha debido a una fuerte crisis de asma que se le presentó al
Che. En ese momento apenas podía caminar. Teníamos que subir una
ladera muy inclinada, íbamos avanzando cuesta arriba hacia un área
boscosa, y una columna de 300 soldados aproximadamente que adelantaba
por el flanco izquierdo, a más altura que nosotros, en el firme de una
elevación sembrada de pasto, al divisarnos, nos dispara con morteros y
fuego de fusilería. A pesar de eso, casi arrastrando al Che,
continuamos el ascenso, tratando de llegar a la zona boscosa antes que
la columna enemiga. Era ya tarde y estaba anocheciendo. Alcanzamos el
bosque minutos antes de que un colosal aguacero comenzara a desatarse
sobre ambos contendientes, a distancia no mayor de 600 ó 700 metros
entre sí. El agua nos obliga a seguir sin descanso hasta el otro lado
de la cima de aquel firme donde, ya totalmente de noche, encontramos
dos familias campesinas con viviendas separadas por algunos centenares
de metros. Estábamos con frío y chorreando agua. El Che no podía ya ni
moverse.
¿Tenía una crisis de asma?
Sí, una crisis verdaderamente fuerte. Esto nos pone en una
situación bastante compleja. No existía el medicamento. Habría podido
recibirse rápido de Manzanillo, en el punto donde nos habíamos reunido
con Matthews. El Che no había dicho una palabra entonces. Estaba en
ese momento inmovilizado, y el ejército detrás. No era de esperar que
se moviera de noche por el camino boscoso, con oscuridad y fango. Con
seguridad lo haría al amanecer hasta llegar al punto donde estábamos.
Me presento a los dos campesinos, y haciendo acopio de serenidad y
sangre fría, me hago pasar por coronel batistiano. Nada tenía aquello
de extraño, teniendo en cuenta las explosiones cercanas de morteros y
el intenso fuego de los disparos de fusil escuchados hasta hacía muy
poco tiempo. A veces fue necesario este ardid, porque los campesinos
al principio se preocupaban mucho cuando los visitaba por primera vez
un grupo rebelde, debido a las represalias que tomaba después el
ejército contra ellos. Pero mi supuesta identidad tenía un defecto: me
mostraba demasiado decente. Yo me decía: "Tengo que estudiar a estos
dos hombres, porque hay que buscar la manera de que uno de ellos vaya
a buscar la medicina". Hablé horas allí con esos dos hombres. No voy a
mencionar el apellido de uno que era batistiano de verdad, y decía:
"Oiga, saludos para mi general, dígale esto y lo otro". ¡Cómo me
agasajó! El otro me hablaba más sosegado. Le digo a Isaac así se
llamaba: "Bueno, ¿qué le parece este hombre?", refiriéndome a Batista.
Responde: "Mire, yo era ortodoxo". Ese partido mencionado por Isaac
era muy antibatistiano. "Oiga", continuó, "pero hay que ver la obra
que ha hecho este hombre", me dijo Isaac. Se refería a Batista.
Pensaba yo en tantas casas que sus tropas habían quemado en la Sierra
Maestra, los horrores que habían cometido y la gente que habían
asesinado. Me doy cuenta de que aquel era el hombre que necesitaba, me
había fijado bien. No era verdad que simpatizara con Batista, y le
dije: "Isaac, yo no soy coronel, soy Fidel Castro". Sus ojos se
abrieron expresando una alegría colosal.
Expliqué: "Tenemos una situación muy difícil, un compañero en esta
situación, hay que ir a Manzanillo a buscar el medicamento y hay que
buscar un lugar donde guarecerlo y que no lo descubran". Le dimos el
dinero para que al amanecer saliera hacia Manzanillo a buscar las
medicinas. Y fue.
En un sitio bien guarecido dejamos al Che con su fusil, y otro
compañero más. El resto del grupo, que sumaba en ese momento 18
hombres en total, subimos por el mismo camino que debía utilizar el
ejército, un camino amplio y fangoso hacia las Minas del Frío.
Ya en esa época caminábamos rápido. Después de los primeros
combates, Guillermo García solía usar uniforme de sargento y un casco
de los ocupados en los primeros combates. Ya nosotros padecíamos de
hambre psicológica, y por delante siempre mandábamos a preparar algo.
Ya estábamos arriba en la Maestra cuando se produce una confusión
sobre el avance de fuerzas enemigas más próximas a nuestro grupo,
ocupado en diversas tareas y fragmentado en ese momento. Conclusión:
de los 18 que éramos, 6 se van por un lado, eran todos campesinos
incorporados, y por otro quedamos solo 12, todos del "Granma".
Ese mismo día el jefe del ejército de Batista, ¡fíjese la
casualidad!, pronuncia en Columbia, el cuartel general del Ejército,
un discurso, y dice: "Vamos a darle candela al jarro hasta que suelte
el fondo. Solo quedan 12, y no tienen otra alternativa que rendirse o
escapar, si es que pueden". En ese momento no estaba el Che, porque
había quedado en el lugar referido. El campesino José Isaac había
cumplido la misión.
¿Y trae el medicamento?
Trae el medicamento. Cuando nos separamos, yo le doy una tarea al
Che: recibir un refuerzo de hombres y armas que Frank País enviaría
desde Santiago de Cuba, en espera de mi llegada tan pronto recibiera
confirmación. Mientras tanto, yo realizaba una exploración en
profundidad con un pequeño destacamento en la dirección Este de la
Sierra Maestra. Los reclutas —pudimos observarlo muchos meses más
tarde— tenían un inconveniente: menos experiencia, y por esa causa una
emboscada, por ejemplo, u otra operación, podía frustrarse; pero eran
más decididos, porque querían hacer en un mes, dos o tres lo que
habían oído decir que hicieron otros en un año. En situaciones como
esas, es mejor el recluta, pero con buenos y experimentados jefes.
Cuando llega ese refuerzo, varias semanas más tarde, hubo problemas
porque el Che era argentino, y le dieron cierto tratamiento
chovinista.
¿Todavía al Che se le consideraba como argentino?
Todavía no era comandante. Era el médico de nuestra tropa que se
destaca...
¿Cuál era su comportamiento como médico de la guerrilla?
El Che se quedaba con los heridos y los atendía con esmero. Era una
característica de él. Como médico, se quedaba con los enfermos, porque
en aquella naturaleza, agreste y boscosa, con los combatientes
perseguidos desde muy diferentes direcciones, la fuerza que pudiéramos
llamar principal era la que tenía que moverse después del combate,
dejar un rastro bien visible para que en alguna zona cercana pudieran
permanecer, sin peligro, el médico y los heridos. Hubo un tiempo en
que el único médico era él, hasta que otros se sumaron a nuestra
lucha.
Junto a Camilo en la
Sierra Maestra, preparando un nuevo armamento de invención rebelde.
Después del primer combate, les hicimos la emboscada a las tropas
paracaidistas; ya disponíamos de 30 hombres armados, como le conté. No
tuvimos ningún herido en el primer combate, ninguno en el segundo.
Como médico, el Che no tuvo que intervenir.
Pero el combate más duro fue el que se produjo cuando atacamos el
cuartel de Uvero, en plena costa. Una acción sumamente riesgosa para
todos, sencillamente porque cuando estábamos en las montañas vigilando
los movimientos de fuerzas enemigas para golpearlos fuertemente,
llegaron noticias de un desembarco de cubanos armados, por el Norte de
la provincia. Ellos pertenecían a otra organización que no coordinó
con nadie. Nos acordamos de nuestras enormes dificultades y
sufrimientos en los días iniciales y, como acto de solidaridad a favor
de aquellos que habían desembarcado, decidimos realizar una acción
bien audaz que, desde el punto de vista militar, no era la más
conveniente, y consistió sencillamente en atacar una unidad enemiga
bien atrincherada en la orilla del mar, en la costa al Sur de la
Sierra y no distante de nuestra zona de movimientos.
Fue osado, y lo hicimos por ayudar a un grupo que no tenía ni
relaciones con nosotros, pero se trataba de compatriotas, sabíamos lo
que podía ocurrirles y ya teníamos mucha confianza en nosotros mismos.
Por darles apoyo, nos apartamos de nuestra doctrina. Realizamos un
ataque temerario en el que murió o fue herido un tercio de los
participantes. La acción se realizó en pleno día. Por suerte les
destruimos las comunicaciones desde el primer instante. Ni nave de
guerra ni aviones se aparecieron en aquel punto, porque quedó
destruida la comunicación.
Yo llevaba el fusil de mirilla telescópica que le enseñé, y en esa
etapa el primer disparo lo hacía yo, era la forma de ordenar el inicio
de la operación. Fíjese si en ese combate hubo volumen de fuego que en
aquel cuartel de madera había siete cotorras y cinco murieron de bala.
Teníamos, al iniciar la acción, dos pelotones de reserva; disparaban
conmigo hacia el objetivo desde una pequeña altura. Era necesario
observar cómo reaccionaban los soldados de la guarnición. Había unos
troncos de árboles amontonados detrás de la instalación, porque era
una zona forestal y allí embarcaban maderos para Santiago de Cuba. En
aquella estiba de fuertes leños también se atrincheraron y tiraban
contra nosotros hacia la altura donde nos encontrábamos. Los soldados
disponían igualmente de varios fortines de troncos que resultaron
difíciles de neutralizar y desde donde disparaban contra las fuerzas
rebeldes.
En el combate se destacaron no pocos jefes de escuadras y pelotones
como Guillermo, al frente de una escuadra del grupo que atacó por el
Oeste y tomó el fortín que estaba en esa dirección, junto a Furry y
otros valientes del pelotón de Santiago de Cuba.
Juan Almeida fue enviado con su pelotón desde los primeros disparos
de nuestro ataque en dirección de la instalación principal; ya próximo
a esta, entabla combate, prácticamente de pie, con un punto
fortificado que le quedaba a la izquierda de su trayecto. Cae herido
con tres balazos.
Ramiro Valdés, segundo jefe del pelotón de Raúl, muy próximo a
este, informa que a su lado, con un disparo en el ojo, Julito Díaz
acababa de morir.
Realmente el enemigo, a pesar de la colosal sorpresa y de las
bajas, se había restablecido pronto y combatía con ardor.
En medio de aquella situación complicada envío a Raúl, que había
estado conmigo desde el principio del ataque, hacia el objetivo
principal en apoyo de los que allí luchaban duramente. Era la última
reserva. Conmigo quedaban Celia y cuatro o cinco compañeros más del
Estado Mayor, que también participaban desde el comienzo de la
operación hacía ya más de dos horas. Antes había ordenado al Che
avanzar por el flanco izquierdo; tenía un fusil-ametralladora. Estaba
con nosotros en el grupo de mando, lo vimos impaciente, interesado en
reforzar los atacantes en aquella dirección, y con dos o tres hombres
lo envié para fortalecer a los combatientes en ese punto, en la zona
por donde podían recibir algún apoyo los enemigos, aunque sabíamos
dónde estaban sus tropas y cuánto tardarían en llegar.
Curiosamente coincidían en aquel duro combate los principales jefes
de pelotones y escuadras. Tres de ellos, Raúl, Almeida y Ramiro,
asaltantes del Moncada y expedicionarios del "Granma", y otros dos,
Guillermo García, el primer campesino que se nos unió después de
Alegría de Pío, y Abelardo Colomé, "Furry", combatiente santiaguero
enviado por Frank País.
Tuvimos la suerte de que la aviación no se apareció, como dije,
porque aquel combate con los aviones arriba hubiera sido muy serio, o
con barcos dirigiendo cañonazos de grueso calibre desde el mar hacia
nuestras posiciones no protegidas en las alturas que rodeaban el
cuartel, desde donde hacíamos fuego. En ese caso habríamos tenido que
ordenar la retirada, a más tardar una hora después de iniciada la
acción. Ellos tenían armas de guerra automáticas y semiautomáticas, y
se defendieron con ahínco. Se trataba de una compañía de soldados de
las tropas especiales de operaciones.
El Che cumplió su misión donde le señalé. El combate de Uvero se
prolongó casi tres horas. El adversario tuvo once muertos y 19
heridos, entre estos últimos el teniente jefe del cuartel. Nosotros
perdimos a 7 combatientes y tuvimos 8 heridos, varios de gravedad.
Alcanzada la victoria, prestamos ayuda a todos los que lo requerían.
Entre el Che y el médico militar del Cuartel atendieron a los soldados
heridos, que eran más numerosos que los nuestros. El Che dirigió la
atención de todos. ¡No se imagina usted la sensibilidad de aquel
hombre!
Ocupamos 45 fusiles, de ellos 24 Garand semiautomáticos, 20
Springfield, un fusil ametralladora Browning; cerca de 6 mil balas
30,06; y otros equipos: pistolas, uniformes, botas, mochilas, cananas,
cascos y bayonetas.
A un número de prisioneros los llevamos con nosotros, mientras que
a dos de los nuestros tuvimos que dejarlos allí porque no podían
moverse.
¿Ustedes abandonaron a sus heridos?
Le cuento. Mantuvimos un número de prisioneros para garantizar que
no asesinaran a los dos revolucionarios heridos que quedaron en el
cuartel. No porque fuésemos a tomar represalia en cualquier
circunstancia, pero ejercíamos así una presión sobre el enemigo. Si tú
tienes 15 ó 16 prisioneros, dispones de una cierta garantía. Allí
quedaron los heridos de ellos y dos de los nuestros, tan graves que no
podían desplazarse. Nos llevamos los prisioneros que podíamos
llevarnos.
El Che cura a los heridos. Él sabía que uno de nuestros compañeros
estaba a punto de morir, magnífico muchacho. ¿Qué hizo el Che? Le dio
un beso al combatiente que dejaba casi moribundo. Me impactó eso
cuando me lo contó, con dolor, recordando aquel momento en que sabía
que el compañero herido no te-nía salvación posible y él,
inclinándose, le había dado un beso en la frente. El Che sabía que
inexorablemente moriría. El otro sobrevivió. Por supuesto que llevamos
con nosotros, como hicimos siempre, al resto de nuestros heridos,
entre ellos Almeida. Después, en el último camión, el Che se fue con
nosotros. Yo envié por delante la fuerza, y después nos retiramos,
apartándonos del lugar lo más rápido posible, ya que debíamos alcanzar
una zona más alta y bajo el bosque, porque de un momento a otro podían
llegar refuerzos enemigos, incluidos los aviones de combate, que no
tardaron en llegar. Efectivamente, un soldado de la guarnición que
había escapado y no cayó prisionero, avisó; fue entonces cuando el
enemigo supo del ataque.
Al Che lo enviamos, con poca tropa para que no dejara mucho rastro
y con los heridos nuestros que podían moverse, a una zona campesina
donde los atendieron. Él tenía varios hombres armados. Con esa poca
gente atiende a los pacientes. Había varias columnas de soldados
enemigos que se acercaban, y era previsible una reacción ulterior
contra nuestra columna después del atrevido y desafiante ataque.
Hicimos una gran trocha, avanzando entre columnas enemigas hacia el
noroeste. Era la dirección hacia donde tenían que perseguirnos, y no
fue fácil esa marcha. El Che y sus hombres quedaron en la lejana
retaguardia. Fue al cabo de más de un mes cuando se nos incorporó de
nuevo con su grupo y algunos campesinos que se le sumaron. Entonces,
el primer comandante que nombramos fue al Che. Había dos que se
distinguían mucho: Che y Camilo.
Camilo Cienfuegos.
Sí, Camilo, menos intelectual que el Che pero también muy valiente,
un jefe eminente, muy audaz y muy humano. Los dos se respetaban y se
querían mucho. Camilo se había destacado, era el jefe de nuestra
vanguardia en la Columna 1 durante los días más difíciles de los
primeros meses. Ahora lo habíamos asignado a la columna del Che.
Tiempo después, hizo incursiones al llano y finalmente estableció un
frente en aquel territorio, algo difícil sobre lo que no había
experiencia. Camilo se destacaba mucho.
¿Ahí ya usted organiza los diferentes frentes de la guerrilla, con
el Che, Camilo y su hermano Raúl?
A una parte de la tropa con la que yo regreso de aquel combate a
orillas del mar y algunos buenos oficiales con sus hombres, entre
ellos Camilo y otros, los envío con el Che a formar la segunda columna
hacia el Este del pico Turquino, que no estaba muy lejos de la
primera. Ese fue el Primer Frente, con la columna originaria y la
nueva columna bajo el mando del Che.
En esa época, la columna guerrillera originaria actuaba según la
táctica de la guerra de movimientos, atacar y replegarse, sin una base
territorial permanente. Yo siempre tuve el mando de la Columna 1, a lo
largo de toda la guerra. De ella salieron todas las demás; la del Che
fue la primera, después la de Raúl, que cruza de la Sierra Maestra a
la zona montañosa del noreste de la región oriental. Con 50 hombres
realizó la operación, fue el primer cruce del llano hacia aquella
dirección; lo hicieron perfectamente, y crearon el Segundo Frente
Oriental. En aquel amplio y lejano territorio Raúl tenía la facultad
de crear columnas y nombrar comandantes. De inmediato se forma la
columna de Juan Almeida, que fue la tercera, para crear el Tercer
Frente.
Con posterioridad, las nuevas columnas de Camilo y el Che, la de
Raúl, la de Almeida, y varias otras hacia el Este, el noroeste
oriental y hacia el centro del país, antes o después de la última
ofensiva enemiga, todas salieron de la Columna 1.
¿En ese momento ya usted no tiene dudas de que Che Guevara es un
dirigente de excepción?
Era un ejemplo, tenía mucha moral y ascendencia sobre su tropa. Yo
pienso que era un modelo de hombre revolucionario.
Dicen que era de carácter quizá demasiado arriesgado.
Era muy audaz. A veces prefería una tropa cargada de minas y otros
medios de guerra. Camilo, por el contrario, prefería una tropa más
ligera. El Che tenía tendencia a sobrecargarse. Y él, a veces, podía
eludir algún combate, y no lo eludía. Esa era otra diferencia con
Camilo. El Che era intrépido, pero también asumía demasiados riesgos;
por eso a veces yo le decía: "Tú tienes la responsabilidad de esas
tropas que van contigo".
¿Era demasiado temerario por momentos?
El Che no habría salido vivo en esa guerra si no se ejerce ese
control sobre su audacia y su disposición temeraria. Fíjese que cuando
viene la ofensiva final del enemigo, ni Camilo, ni el Che y ninguno de
esos jefes están en primera línea. Envío al Che para la escuela de
reclutas, donde había casi mil de ellos. Quedaban Ramiro Valdés y
Guillermo García en el punto donde combatía su columna, cuando se
produce la última ofensiva de Batista. Después los trajimos también
para reforzar la Columna 1; pero el Che fue asignado a la escuela y
además se le responsabiliza con la defensa del sector más occidental
del Primer Frente, para enfrentar la ofensiva enemiga.
¿Usted lo hace para que no corran demasiado riesgo?
Sí, porque eran jefes. Para usarlos ulteriormente en operaciones
estratégicas. Algo estratégico fue la columna de Raúl en el Segundo
Frente, la de Almeida en el Frente de Santiago, la del Che en Las
Villas, la de Camilo, que inicialmente iba para Pinar del Río.
Perdimos en la lucha contra la ofensiva valiosos y combativos jefes
que se habían destacado muchísimo. Yo me quedé casi sin jefes en el
frente de la Columna 1. Pero los compañeros mencionados eran hombres
muy seguros, y todos llevaban la misma escuela adonde quiera que
llegaban, la misma política con la población, con el enemigo, y
conocían todas las experiencias adquiridas en los meses difíciles y
críticos de nuestra guerra, a la que cada uno de ellos constantemente
añadía nuevos aportes.
Después de la última ofensiva de Batista, al Che lo enviamos como
jefe de una columna hacia Las Villas con 140 hombres y las mejores
armas. Llevaba una de las bazucas ocupadas, buen armamento, buenos
combatientes. Y Camilo igual. Así que escogimos dos excelentes jefes;
aunque Camilo llevaba menos peso. El Che llevaba más, quería añadir un
número de minas antitanques. Pensaba usar vehículos en algún punto y
podía usarlos, a él se le podía autorizar; pero cuando están partiendo
la zona es abatida por un ciclón tropical, lluvias abundantes inundan
el terreno y hacen crecer los ríos. Ambas columnas, además, tienen que
marchar por los llanos de Camagüey, donde el Movimiento 26 de Julio
era débil, y atravesar más de 400 kilómetros en los que el ejército de
Batista contaba con la aviación. Soportaron hambre y escaseces
terribles, como consta por escrito en documentos históricos de Camilo
y el Che.
Constituye una proeza extraordinaria que aquellos hombres, en la
época de la infantería motorizada y la aviación, pudieran ser capaces
de atravesar a pie aquellos llanos y fanguizales. En esas condiciones
tan adversas libraron con éxito varios combates. La hazaña quedó
escrita. Camilo elaboró un minucioso e impactante informe, y el Che lo
hizo constar en su diario de campaña, a partir del cual escribió
después un libro que tituló Pasajes de la guerra revolucionaria,
porque tenía el hábito de consignar lo que ocurría, y una excelente
capacidad de narración, muy breve, muy sintética. El diario que
posteriormente escribió en Bolivia es una maravilla de síntesis y
brevedad. |