Como
suele ocurrir con ciertos seres humanos, además de reconocerlo por
su preeminencia en la cultura cubana y en particular en la radio, el
cine, el teatro y la televisión, Enrique Almirante, quien falleció
ayer en la capital a causa de un cáncer, será recordado siempre como
un gran amigo, en el más exacto sentido de la palabra.
Ricardo Enrique Almirante Segredo, actor cuya voz grave,
profunda, convincente, le concedía especial verosimilitud a sus
papeles, fueron estos incontables desde el Samarkán de
1955-56, su primer protagónico y primera aventura diaria de la
televisión.
Aunque rehusaba hablar de "preferencias", en una supuesta lista
Almirante incluiría a Robin Hood, Sandokan, Kazán
el cazador, de la radio, los Cuentos del Decamerón
—con un Teatro Estudio que conquistó amplias audiencias—; el Felo de
El viejo espigón y el Freddy de En silencio ha tenido que
ser. En los momentos actuales se le puede ver en la novela
cubana ¡Oh!, La Habana.
Nacido en La Habana el 7 de febrero de 1930, estudió en el
Instituto del Vedado junto a su inseparable Erdwin Fernández y allí,
a diferencia de él, no continuó las clases de actuación impartidas
por Mario Martínez Casado. "Nunca estudié actuación. Empecé por
embullo en un grupo en el barrio con un amigo que sí era actor".
Respecto al cine, su primer filme sería el realizado por el ICAIC,
Historia de la Revolución, y continuaría con El bautizo,
Mella y Lidia y Clodomira, estas dos
últimas de Enrique Pineda Barnet. Últimamente hizo varias películas
junto a directores extranjeros, una de ellas El misterio Galíndez,
de Gerardo Herrero, (España).
Como le tocó afrontar el equilibrio entre papeles positivos y
negativos, Almirante opinaba: "Al malo tienes más amplitud para
sacarle aristas, pero he tenido suerte con ambos. Lo que pasa es que
cuando hago un personaje, si es bueno, pienso que soy bueno y, si es
malo, también pienso que yo soy bueno".
Merecedor de altas distinciones cubanas como la Réplica del
Machete Mambí del Generalísimo Máximo Gómez y amigo tanto de colegas
y camaradas como de su público, muchas veces lo vimos saludar a
personas desconocidas con su amplia y noble sonrisa y mismo fervor y
entusiasmos nada fingidos que si las hubiera conocido de toda la
vida. Siempre habló con énfasis de su profunda relación, ya más
concreta, junto a colegas y camaradas como Enrique Molina, Rogelio
Blain y Erdwin Fernández, sobre quien nos contó una anécdota que
también habla de sus humildes inicios.
"Una vez estábamos él y yo en el banco verde —así le llamábamos a
uno que estaba en el primer piso de la CMQ, donde esperábamos para
hacer aunque fuera de extras—, y salió el coordinador a buscar a
alguien para un personaje que le faltaba. Entonces acordamos:
cualquiera de los dos que escojan, vamos a la mitad. Y así lo
hicimos. Lo que no recuerdo es a cuál de los dos escogieron...".