Un hombre honrado es siempre en potencia un hombre revolucionario

(Hace hoy 35 años falleció el capitán Pedro Manuel Sarría. Granma reproduce las palabras pronunciadas por el Comandante del Ejército Rebelde Pedro Miret Prieto, al despedir su duelo en el Panteón de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en la necrópolis de Colón.

Hace ya casi veinte años, cuando tras el heroico asalto al Cuartel Moncada de Santiago de Cuba, sobrevinieron las horas duras del revés, cargadas de crímenes y de infamia; cuando parecía no existir ni la más remota posibilidad de que Fidel y los combatientes que lo acompañaban pudiesen escapar del asesinato bárbaro a manos de la soldadesca ávida de sangre, la presencia de un honrado militar, el entonces teniente Pedro Sarría, impidió que se consumara el mismo.

El capitán Pedro Sarría junto al Comandante en Jefe Fidel Castro.

Estaban muy lejanos entonces los tiempos de hoy, en que todo un pueblo unido y consciente, da garantía de permanencia a la Revolución. Vivíamos, como justamente anotara el Che, la época inicial en que el hombre individualizado, con nombre y apellidos, era la única garantía de seguir adelante. De la capacidad de acción del grupo de vanguardia dependía todo. Y por eso le debemos justo reconocimiento al capitán Sarría, por haber salvado la vida de Fidel y sus compañeros.

Lo que constituyó un hecho fortuito ante la historia, fue, sin embargo, desde el punto de vista del individuo, el fruto obligado de la honradez, el sentido del honor, la valentía moral y las elevadas condiciones humanas del hombre que hoy hemos acompañado hasta aquí.

Son conocidos los acontecimientos de intenso dramatismo que se desarrollaron a partir del momento en que la tropa del ejército, mandada por el entonces segundo teniente Sarría, sorprendió exhaustos y dormidos e hizo prisioneros al Jefe de nuestra Revolución y a otros asaltantes del Moncada en un bohío de las montañas de Oriente.

Fidel, ya maniatado, sostenía una acalorada discusión con los soldados de la tiranía. Fidel les lanzaba al rostro que los combatientes del Moncada sí eran los verdaderos continuadores del Ejército Libertador, y que ellos, el ejército de la tiranía, no eran otra cosa que los continuadores del ejército español. Fue en ese momento de extraordinaria tensión, cuando ya los soldados habían palanqueado los fusiles para darle muerte, que Sarría tuvo su primer gran gesto de hidalguía paralizando las manos asesinas mientras repetía una y otra vez: "las ideas no se matan", "las ideas no se matan¼ "

Fue Sarría también el que, poco después, al conocer de labios de Fidel su verdadera identidad, le pidió que no la divulgara y asumió personalmente la defensa a todo trance de su vida. El que se enfrentó, con extraordinaria valentía moral, al sanguinario comandante Pérez Chaumont, que trató de interceptarlo para arrebatarle los prisioneros y engrosar con ellos la macabra relación de asesinatos de los días 27, 28 y 29 de julio. El que no descansó, en fin, hasta que logró conducir a Fidel y sus compañeros hasta el Vivac de Santiago de Cuba, evitando la muerte segura que hubiera significado su caída en la inmensa cámara de tortura y crímenes en que había sido convertido el Cuartel Moncada.

Así, mientras muchos otros acudían con las manos llenas de sangre a reclamar ascensos y prebendas, mientras el asesinato de jóvenes revolucionarios inertes se convertía en mérito infamante, ante los personeros de la tiranía, el honorable militar Pedro Sarría se convirtió por su actitud en blanco de la animadversión de los cabecillas batistianos y objeto reiterado de sus intrigas y persecuciones. Sarría, además, fue consecuente con su conducta de 1953, negándose finalmente a operar contra los rebeldes en la Sierra Maestra y siendo sometido a un Consejo de Guerra que lo mantuvo en reclusión domiciliaria hasta el triunfo de la Revolución.

Un hombre honrado es siempre en potencia un hombre revolucionario. Así, Sarría, que durante tantos años vistiera el uniforme como militar profesional, hizo de esta Revolución, que es también suya, el objetivo de su vida, y a ella dedicó las últimas energías de su cuerpo y de su corazón. Su memoria perdurará como ejemplo enaltecedor del militar que supo ponerse, definitivamente, del lado de su pueblo.

Más que nuestras palabras, ese era el homenaje final que le rendía nuestro pueblo en la tarde de hoy, cuando le acompañábamos hasta este cementerio, escoltado por las armas de la Revolución y cubierto por la bandera de la Patria. En ese pueblo silencioso alineado en las calles para decirle adiós, está la más íntima y cabal reafirmación del sentido de la vida del capitán Pedro Sarría.

 

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