Candice

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

El poder evocador del séptimo arte se demostró hace unos días, cuando el buen amigo Carlos Galeano exhibió en su Historia del Cine el filme francés Vivir por vivir (Claude Lelouch 1967), y entre las cosas de interés dichas estuvo la sugerencia de que, siendo una historia romántica y con pegajosa música, era de esas cintas que servían para hacernos recordar en qué condiciones la vimos, quiénes éramos entonces y acaso hasta con quién estábamos.

La asociación propuesta, ese retroceder en el tiempo, fue como un mazazo: ¡cuarenta años desde entonces!

Junto a las buenas actuaciones de Annie Girardot e Yves Montand aparecía una joven actriz que a decir verdad no actuaba, o quizá el director prefirió más retratar sus perfectos ángulos que exprimirla dramáticamente. Al igual que su personaje, se llamaba Candice (Bergen), era modelo y tenía 21 años.

Lo otro lo saben muchos jóvenes de entonces: viéndola, no era difícil enamorarse de ella.

En 1975 Candice Bergen estuvo en La Habana con una delegación de cineastas norteamericanos, al frente de la cual venía Francis Ford Coppola, que acababa de finalizar la segunda parte de El Padrino. Ya en esos días, además de actriz y de ser admirada en El soldadito azul, era periodista y fotógrafa. Deslumbraría en la conferencia de prensa en la que participó, tanto por su belleza, como por su inteligencia: progresista, crítica feroz de la guerra de Vietnam y defensora de un mejor "reparto del mundo" en materia de justicia humana.

Terminado aquel tumultuoso en-cuentro, junto a otro periodista, que se desvivió en piropos y por ello me reservo el nombre, logramos la hazaña de "secuestrarla" hacia un rincón más o menos tranquilo. ¿Vivir por vivir? ¿Se había puesto en Cuba esa película? —recuerdo el gesto de desconcierto— era horrible, machista, muy machista, de poder, ella hubiera quemado hasta el último rollo. Recordó entonces Candice cómo había debutado en el cine un año antes del filme de Lelouch, en 1966, con la película El grupo (Sydney Lumet), en el que hacía el papel de una lesbiana, y sin saber cómo se vio trabajando en el "caramelo machista" de Vivir por vivir (muchas veces repitió la palabra machista y sin duda que la película lo es).

De aquel encuentro recuerdo que después de haber estado hablando los tres en francés, llegó alguien y le soltó en español algo así como "apúrate, Candice, que todo el mundo ya está abajo" a lo que ella respondió, en una muy correcta lengua de Cer-vantes: "si, dame un segundo que ya termino". Y ante la cara de asombro de sus (¿ridículos?) interlocutores, se justificó dulce, amorosamente: hija de un ventrículo y nacida en California, había aprendido el español con los mexicanos¼

Era tanta la aversión de Candice Bergen hacia Vivir por vivir que resulta imposible encontrar la mención de ese filme en su filmografía de unas quince películas, en la que sí aparecen títulos de interés social y político, como Gandhi y El viento y el león, junto a Sean Connery. Pero a Vivir por vivir, tal como dijera aquella mañana de 1975, la borró del mapa.

Candice Bergen estuvo casada 15 años con el realizador francés Louis Malle, hasta la muerte de este, en 1995. Pero del cine prácticamente se retiraría en los años ochenta para dedicarse al periodismo, la fotografía y los seriales de televisión. De lo que si no se ha retirado nunca es de su papel de figura progresista y defensora de los derechos de la mujer. Renuente a la guerra que libra Estados Unidos en Iraq, se ha movilizado en contra de Bush y en las elecciones del 2004 encabezó una campaña para que las mujeres acudieran masivamente a votar con el objetivo de sacarlo de la presidencia.

Hoy, al igual que muchos de aquellos que un día suspiraron al verla en Vivir por vivir, acaba de entrar en los sesenta.

 

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