A
los 41 años de edad pareciera que ya no tiene nada que hacer en un
terreno de baloncesto. Está lejos del peso corporal ideal y para
colmo es demasiado pequeño en un deporte donde suelen brillar los
hombres altos. Como defensa-organizador tampoco es lo que se dice un
jugador rápido. Pero eso sí, cuando sale al terreno el público de
casa se alborota y da una nota de alivio a los parciales de su
equipo.
Sabe como pocos qué hacer en cada momento, a quién pasarle el
balón a la hora buena y cuándo tirar más allá de los 6.25 para
cambiar el pizarrón de un porrazo. Es bastante difícil que pierda un
balón y arrebata tres o cuatro por juego.
José "El Yuca" Rosell es uno de los mayores inspiradores de la
llamada Liga de Ascenso. En Matanzas despierta tanta admiración como
el mismísimo Allen Jemmont. Da la impresión, falsa por cierto, que
siempre está bravo.
Ya en el tabloncillo, generalmente cuando más lo exige la
circunstancia del juego, llama a la calma y parece, con su sola
presencia, que los contrarios se amilanan.
—En ocasiones aportas más de lo que se espera de ti. ¿A qué lo
atribuyes?
"Cuando salgo al terreno me transformo, me entrego totalmente.
Creo que la agresividad es mi mayor ventaja, y nunca me doy por
perdido."
—¿Cómo explicas que te den tan pocas faltas? ¿Tanto te respetan
los adversarios?
"Yo respeto y me respetan. Cuando perdemos suelo ir a saludar y
abrazar al contrario. Pienso que es parte de la ética del
deportista. He jugado ya con cuatro generaciones de basquetbolistas
y siento que me tienen afecto en Matanzas y en toda Cuba."
El Huracán Rosell, como lo distinguiera el comentarista René
Navarro, empezó en el baloncesto a los siete años de edad en su
natal Cárdenas. Desde la categoría 13-14 enseña en su camiseta el
archifamoso número 10. El básquet, admite, es su gran pasión y
asegura que pese al esfuerzo que debe realizar para mantenerse en
activo no dirá adiós mientras se sienta bien y le sea útil al
conjunto yumurino.
El breve diálogo con El Yuca transcurre en el intermedio del
partido Matanzas-Metropolitanos, un juego suspendido del día
anterior debido a que, inexplicablemente, el tabloncillo Aurelio
Janet todavía se moja cuando llueve.
Ese día Rosell no contó con el respaldo de la Peña Huracanes de
Fundición, la gente de su barrio cardenense que en la hora más
incierta del juego arma un escándalo infernal y exhibe en el
graderío cierto aire bravucón.
—Yuca, ¿es cierto eso de que eres guapo?
"Sin autosuficiencia (sonrie), yo soy guapo de verdad. Pero guapo
en lo deportivo, nunca he estado ni a las puertas de una unidad de
la PNR."