Así, el 8 de septiembre de 1987, tras la experiencia de una pequeña
exposición juvenil, se impuso una necesaria generalización. Fidel
planteó entonces la idea de "informatizar la sociedad" y con la
propuesta llegaron las transformaciones.
En los inicios del programa fueron construidos 35 Joven Club en
todo el país. Aun cuando se trataba de lugares privilegiados las
condiciones eran bien distintas a la actualidad. Solo existían seis
computadoras (con disco duro de 20 megas) en cada instalación, y en
algunos lugares únicamente una máquina formaba parte del recurso
tecnológico.
No obstante, señala Ernesto Rodríguez Hernández, subdirector
nacional del programa de los Joven Club de Computación y Electrónica,
la aceptación fue extraordinaria. Se intentaba emplear el tiempo libre
en algo útil, proveer una recreación sana y lograr un aprendizaje.
Incluso aquellos que consideraron la computadora un equipo raro,
terminaron seducidos por ella.
Luego, con la llegada del periodo especial, comenta Rodríguez
Hernández, ninguna instalación cerró. Al contrario, continuó la
construcción y ya para el año 2000 existían 174 de los Joven Club en
todo el territorio.
La batalla de ideas le daría un impulso a este proyecto social y en
el 2001 se plantea la necesidad de sumar 176 nuevas edificaciones,
pues el programa con 13 años de existencia aún no se implementaba en
siete municipios, cuenta Rodríguez.
"Ofrecimos cursos de habilitación y pudimos contar con instructores
graduados de nivel superior en carreras de ciencias y letras, además
de técnicos medios y colaboradores que de forma voluntaria y gratuita
(hoy están incorporados más de 1 000), nos brindaron su apoyo."
Las
nuevas tecnologías cautivan también a los menos jóvenes.
La introducción de la computación en la enseñanza primaria, el
apoyo a la cátedra del Adulto Mayor, la enseñanza a discapacitados y
la instrucción en zonas de difícil acceso, entre otros avances, son
ejemplos de la trascendencia de los Joven Club.
Subir el lomerío de la Sierra Maestra con computadoras portátiles a
cuestas es obra de instructores ambulantes. Esta práctica, con un
marcado sentido comunitario, se conjuga con laboratorios móviles
(guaguas acondicionadas con el equipamiento necesario) que se
desplazan hacia distantes poblados. Esta alternativa, según el
Subdirector Nacional, se lleva a cabo en las provincias de Villa
Clara, Cienfuegos, Pinar del Río, Granma y en el municipio especial de
Isla de la Juventud.
No solo para los municipios y comunidades se pensó la computación,
pues José Manuel Olazábal, jefe del departamento de Redes y
Comunicación, quien estuvo al frente de la inserción de la computación
en las primarias (experiencia que en el 2002 llegó a cada escuela),
cuenta que esa fue una de las mejores acogidas ya que "los niños
querían estar todo el día en las máquinas y aprendían con tremenda
facilidad".
Los pequeños reclamaron grandes esfuerzos, mas la enseñanza de la
computación y la electrónica a sordos e hipoacústicos también deparó
nuevos retos: hubo que aprender el lenguaje de las señas, con el cual
100 instructores aproximadamente, brindan hoy sus conocimientos.
Para los ciegos y débiles visuales, explicó Ernesto Rodríguez,
contamos con un software lector de pantalla (JAWS), pero todavía
escasean los audífonos y la tecnología no se ha generalizado hacia
todos los lugares que demandan este servicio.
Los menos jóvenes ponen también su empeño y no faltan los ejemplos
de entrega desmedida. Bien lo saben los instructores del Palacio
Central de Computación, en la capital, donde un abuelito, después de
recibir todos los cursos y rondar los 90 años no se resiste a dejar de
aprender e indaga por la existencia de nuevas instrucciones.