Tras innumerables denuncias de la Procuraduría para la Defensa de
los Derechos Humanos (PDHH) sobre la presencia de grupos de exterminio
en El Salvador, la reciente captura de policías acusados de
ejecuciones extrajudiciales valida los hechos.
El pasado 28 de julio fueron apresados el sargento Nelson Arriaza y
el agente Roberto Carlos Chévez, junto a Rember Martínez, acusados del
asesinato del campesino Amado García en el municipio de Nueva Esparta,
en el nororiental departamento de Morazán.
Arriaza figura como el líder de una banda a la que se vinculan
otros policías, que, según el fiscal salvadoreño Rodolfo Delgado, de
la Unidad contra el Crimen Organizado, de la Fiscalía General, podrían
adjudicársele más crímenes de los que se creía, al menos unos 30.
Organizaciones humanitarias y la propia ex representante de la PDHH,
Beatrice del Carrillo, alertaban sobre el retorno de los escuadrones
de la muerte a las filas de las fuerzas de seguridad, como ocurrió
durante la lucha contrainsurgente en los años 70 y 80.
Durante esa etapa, grupos paramilitares capturaron, torturaron y
asesinaron a estudiantes, obreros, maestros y dirigentes políticos,
como parte de la llamada cruzada anticomunista, dirigida por el ya
fallecido mayor Roberto d'Abuisson.
Del Carrillo advertía sobre la impunidad con la que operan
actualmente en todo el país. Incluso se asegura que, tras el fin de la
guerra civil (1980-1992), nunca desaparecieron.
Ahora, afirman estudiosos del tema, como el abogado Jaime Martínez,
del Consejo Latinoamericano del Instituto de Estudios Comparados en
Ciencias Penales y Sociales, han mutado de escuadrones de la muerte a
grupos de sicarios.
Sus trabajos principales son los ajustes de cuentas, dirimir
desacuerdos personales, sacar de la competencia a otro empresario,
limpieza social o al servicio del crimen organizado, subraya.
Las pesquisas sobre el triple asesinato en Jocoro, en la provincia
oriental de Morazán, el 21 de julio pasado, dan fe de la relación que
esta estructura de policías, ex policías y civiles tenía con
empresarios que supuestamente les pagaban para cometer asesinatos.
Después del conflicto armado, las extorsiones, asaltos, asesinatos
y el miedo han ido conformando la llamada cultura de violencia de los
salvadoreños.
Tanto es así que, teniendo en cuenta los datos preliminares del
último censo de población, esta nación centroamericana es una de las
más violentas del mundo y la más peligrosa de Latinoamérica, con una
tasa de homicidios de 68 por cada 100 000 habitantes. (PL)