Santos o una realidad diferente

TONI PIÑERA

Trabajador nato, que se interna en la materia con la cual trabaja y se identifica, al punto de crear obras que alcanzan una fuerza y un purismo plástico que sorprenden. Así es el joven artista Jorge Luis Santos (Quivicán, 1973).

Cuando uno deja de mirar sus piezas, no se retienen después objetos ni figuras. Algo adentro los borra, oculta o reemplaza por una sensación indefinida, que trata de reconstruir en vano algo real y concreto. Aunque solo logra hacer presentir una realidad diferente a la que una mirada percibe. En estas nuevas obras (dibujos sobre cartulina y técnica mixta sobre madera) que expone en la galería La Acacia bajo el título de Negro sobre negro, el joven creador vuelve a crecer y exhibe una técnica que le permite trabajar sobre la tela, la madera y la cartulina, disfrutando con la aplicación de la materia, esa que la libertad guía en el encuentro de la mancha, las texturas y la distribución de luces y sombras.

De esta forma, intuitivamente, pero al mismo tiempo laboriosa, encuentra el camino para ocupar con la razón, los espacios espontáneos que tiene el trabajo artístico. Signos muy personales que escarba desde la memoria, símbolos e imágenes diversos se funden en un lenguaje donde año tras año, el paso del tiempo le va otorgando la solidez de la experiencia, y en el que convergen abstracción, gestualidad, arte concreto, informalismo matérico y expresionismo lírico.

En el campo del color, Jorge Luis Santos conoce muy bien su fuerza significativa, de su poder visual, por lo que no disimula la identidad de los materiales con los que trabaja: arena, óleo, madera, lienzo¼ Utiliza generalmente gamas ocres, negros, grises, sienas, blancos, rojos¼ , aunque en esta ocasión la paleta es muy parca en tonos, de ahí que lo lleven a crear piezas de un interesante rigor compositivo. Las texturas, cada vez más acentuadas en sus pinturas, cobran sobre las obras en madera similitudes pétreas mediante superficies rugosas. Ese efecto táctil aparecerá aun más prominente al sumársele materiales como la arena y otros, adiciones estas que nunca resultan asfixiantes a causa de una sobrecarga expresionista. Allí se iluminan gestos de relieve, trozos como de lava consolidados en unas chorreaduras petrificadas.

Mientras que en los originales dibujos, los signos se van diluyendo poco a poco en la corriente de la memoria y lo que continúa expresándose es, entonces, su savia emblemática, es decir, el ademán de una mano paleolítica que aún vibra en nosotros.

 

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