Si
los integrantes de la famosa banda estadounidense Eagles hubieran com-prado
un boleto para viajar a Cuba y otro para asistir al concierto de Vocal
Sampling este domingo en el Gran Teatro de la Habana, posiblemente
habrían quedado al borde del nocao al escuchar una versión de su himno
Hotel California en las voces de estos artistas que
sorprendieron en el diseño melódico de esa pieza perteneciente a su
fonograma Akapelleando, Gran Premio Cubadisco 2007.
Y
seguramente los Eagles se llevarían en algún rincón de la memoria la
misma pregunta: ¿cómo es posible que un grupo alcance tal perfección
sin rastros de ningún instrumento sobre el escenario?
Esa interrogante se encajó en el rostro de cada uno de los
asistentes a este espectáculo en el que fue imposible sacarle los ojos
de encima a los Sampling. La hondura de su propuesta es del más alto
nivel. Manejan con extraordinaria sincronización los sonidos de las
diferentes épocas de la música cubana y el pentagrama universal.
Provocan un juego de tensiones y ansiedades que en ocasiones parece
necesario —en pos de aplacarlo— llamar a un contingente de psiquiatras
que convenzan al público de que solo se trata de un grupo de músicos
que manipulan con asombrosa perfección sus gargantas y no de un
fenómeno sobrenatural, ni de alguna intervención divina, ni producto
de trucajes tecnológicos.
Todo eso quedó demostrado desde el instante en el que se apagaron
las luces y los virtuosos desenfundaron todo su poder. Con la
confianza que proporciona estar punteando desde hace mucho en lo mejor
de la música mundial, andar por la vida nominados al Grammy Latino por
su disco Cambio de tiempo, y haber trabajado junto a Bobby
McFerrin, Peter Gabriel, David Byrne, Quincy Jones y Paul Simon
(evocar aquí con aire de nostalgia las míticas canciones The Sound
of Silence y Mrs Robinson y si se quiere el filme El
graduado, protagonizado por Dustin Hoffman, que el próximo
diciembre cumplirá 40 años de su estreno), Sampling, formado por Abel
Sanabria, Reinaldo Sanler, Jorge Núñez, Oscar Porro, Julio César Pérez
y su líder René Baños, ofreció a lo largo de dos horas conocidos
números de su repertorio.
Por los caminos del gracejo popular y la mejor tradición cubana
llegaron temas como Lágrimas negras, El cuarto de Tula,
El almendrón, y la sonada Apre-taíto pero relajao, junto
al popular calypso que catapultó a los primeros puestos de la
popularidad a Harry Belafonte, Banana boat y ahora elevó el
termómetro del Gran Teatro de La Habana.
Esa energía extraída directamente de sus vísceras, potenció poco a
poco una intensa conexión con el público: las personas, olvidándose
del protocolo que casi siempre se respira dentro de este teatro, entre
ellas algunas acomodadoras sin descuidar sus labores, movían las
caderas seducidas por estas voces inmensas e imponentes. Entretanto
los músicos alternaban sus funciones con tragos de agua para impedir
un cortocircuito en sus gargantas y poder continuar subiendo los
decibeles hasta el final.
Ya antes de bajar las cortinas este concierto era una obra de arte
que solo necesitaba otra pincelada más para alcanzar la perfección. Y
la alcanzó René Baños. El músico salió a escena exhibiendo un pa-ñuelo
en la cabeza al estilo de Jimi Hendrix. Se puso a disparar atronadores
riffs que brotaban increíblemente de la ardiente piel de sus
cuerdas vocales y trajeron además ecos de la banda británica Led
Zeppelin. Parecía que de un momento a otro se le iba a escapar el alma
por la boca. Pero no ocurrió así, al menos este domingo.