Pues por la inteligencia del director, capaz de limpiar al buen
actor de huellas fílmicas no exentas de estereotipos. Lo envejece, le
maltrata el rostro, lo reinventa a partir de las exigencias del
personaje.
El concepto del glamour tradicional proviene de la cultura
anglosajona y presenta certificado de nacimiento junto con el boom
económico de los años veinte del siglo pasado. A nuestra lengua se
traduce como encanto o atractivo, y el verbo To glam abarca
definiciones relacionados con el "embellecer, adornar y mejorar el
aspecto".
Pero hay quienes insisten en que un "toque" de misterio le hace
mucho bien al glamour (de niño, viviendo en casa de unas tías que lo
comentaban todo en voz alta, oía conversaciones vinculadas con los
cuatro intentos de suicidio que en sus buenos tiempos había tenido una
prima pizpireta, tras conocer la prematura muerte de Rodolfo
Valentino. Sin duda, la prima —que viviría casi cien años— había
sucumbido al glamour misterioso del actor, capaz él de llevarse
a la tumba a unas cuantas descerebradas).
Glamour y poder, magnificados internacionalmente por los medios de
comunicación, tienen un vínculo estrecho. Procesos que pueden meter en
un mismo saco a ideologías y maneras de pensar extremas. Un cantante
que vista una chaqueta de piel de león reafirmará para algunas
admiradoras un glamour felino y por lo tanto desgarrador, mientras que
otras verán en él a un miembro más de esa pandilla internacional
—políticos incluidos— que atenta contra el miedo ambiente y los
recursos naturales.
Hablamos de cine, pero el concepto del glamour encierra realidades
tan diversas que definirlo como algo único es imposible: moda,
arquitectura, fotografía, estética, estilo de vida... De lo que si no
cabe duda es que el individuo, o grupo que posea el "don" del glamour,
necesita de otro grupo social que lo considere un referente, por lo
tanto es una estrategia de poder hegemónico que trata de hacer
atractiva la estructura social imperante.
Y la hacen fluir de manera natural, casi invisible (los de abajo
deben copiar a los de arriba), pero detectada y gritada por el francés
Roland Barthes hace décadas: "La sociedad burguesa produce signos que
no parezcan signos".
El glamour en el cine tiene algunas características muy
particulares y cambiantes, pero hay una, fundamental, que se repite en
todo su abanico de posibilidades: el paso del tiempo y las
transformaciones que con él tienen lugar. Hoy a Gloria Swanson ("sigo
siendo grande, son las películas las que me quedan pequeñas") la vemos
como una reliquia interesante, pero incapaz de acelerarnos el ritmo
cardiaco.
Y de vivir en estos días, es muy posible que la prima pizpireta de
mis tías ni siquiera gire el eje del cuello al ver pasar a Rodolfo
Valentino.