Por tercera vez desde el 2004, la actual administración
norteamericana amenazó con invadir el territorio de Paquistán, uno de
sus aliados en la zona, bajo el pretexto de que zonas fronterizas
sirven de santuarios a Al Qaeda y el Talibán, y que solo espera mayor
confirmación de los servicios de inteligencia.
El Gobierno de Islamabad, pese a los lazos que le unen a
Washington, ha respondido indignado a las diatribas estadounidenses,
tanto de la Casa Blanca como de candidatos presidenciales; negando que
esos elementos se encuentren en zonas montañosas de difícil acceso, y
reiterando las críticas a que Estados Unidos condicione su ayuda a la
confirmación de que ha logrado buenos resultados en el combate a la
insurgencia.
Funcionarios del Gobierno de Pervez Musharraf señalaron que no
permitirán que fuerzas extranjeras entren en Paquistán, y condenaron
afirmaciones del republicano por el estado de Colorado Tom Tancredo,
quien dijo que el mejor camino para disuadir un ataque terrorista
nuclear en EE.UU. es amenazar con vengarse bombardeando ciudades
santas como La Meca y Medina.
No obstante el haberse sumado Paquistán a la campaña antiterrorista
preconizada por Washington, este le criticó el acuerdo de paz del 2006
con los tribeños, porque supone que facilita el desplazamiento
rebelde.
Aunque luego Bush moderó su lenguaje, lo cierto es que ya agentes
de seguridad norteamericanos se han movido libremente por la región,
mientras sus aviones bombardeaban aldeas dentro de la nación asiática.
Recordemos que ya en el 2004, Estados Unidos hizo una amenaza
semejante, mientras miembros de los servicios secretos y fuerzas
especiales británicas intervenían en ofensivas en áreas tribales
paquistaníes; del lado afgano, 13 500 soldados estadounidenses
llevaban a cabo la operación militar Tormenta de la Montaña, con
elevado saldo de víctimas civiles y nulos resultados contra la
insurgencia.
En junio del 2006, el entonces subsecretario de Estado
norteamericano Richard Armitage dijo que su país bombardearía a
Paquistán y lo haría regresar a la Edad de Piedra, a menos que se
uniese a la lucha contra Al Qaeda, declaración calificada de muy
grosera por Musharraf.
A las declaraciones de Armitage siguieron ataques aéreos contra
poblados paquista-níes, uno de los cuales, en la humilde aldea de
Damadola, causó la muerte de 18 civiles, entre ellos cinco niños,
provocando una crisis diplomática.
Lo cierto es que esta administración no tiene límites previsibles,
por lo que no hay que descartar que si interviene militarmente en
Paquistán, se regionalice el conflicto. Las graves implicaciones que
llevan una violación de la soberanía nacional de esa nación
centroasiática provocaría repercusiones previsibles: más desórdenes en
todo el país y el aumento de la fuerza insurgente contra las tropas de
Estados Unidos.
No hay que pensar mucho para saber si lo anterior es cierto: la
ocupación de Iraq debilitó a todos los regímenes árabes que apoyan a
EE.UU., y en esas naciones crece el resentimiento de la opinión
pública contra la potencia imperial.
Bombardear a los pashtunes paquistaníes, no ayudar económicamente
al Gobierno de Islamabad, son cuestiones que no convienen a la Casa
Blanca. Si no veamos estas declaraciones de su vocero, Anthony Snow:
"No hay duda de que es necesario tomar medidas más agresivas" en
Paquistán (Reuters, 19/07/07). Cinco días después: "Creo que flotaba
la idea, al menos una intención, de algún modo una tendencia, de que
íbamos a invadir Paquistán" (The New York Times); y luego recordó:
"Siempre mantenemos la opción de atacar blancos criminales. Pero
también somos conscientes de que Paquistán tiene un Gobierno
soberano". Para la Casa Blanca, el respeto a la soberanía ajena es un
concepto de aplicación variable. Así ha sido en esta administración,
con la que cualquier cosa, por muy inverosímil que sea, puede suceder.