RÍO DE JANEIRO.— Aunque parezca que la santiaguera Omara Durand
no ha dejado de jugar aún con sus muñecas, esta joven de 15 años
recién cumplidos es ya doble campeona mundial.
Nadie pudiera imaginarse cómo esta muchacha, con voz tierna de
niña todavía, y ademanes finos y delicados, pudo soportar la presión
competitiva ante figuras de elevada calidad en el orbe, y escuchar
dos veces, en lo más alto del podio, nuestro Himno Nacional.
"Ni yo misma sé como pude. Estaba muy emocionada, y pasé esos
días con tremendo nerviosismo", señaló.
Los III Juegos Mundiales para Ciegos y Débiles Visuales
constituyeron su estreno en ligas mayores, y mejor no lo pudo tener:
primera plaza en los 100 (12.48 segundos) y los 200 metros planos
(24.85), pruebas donde la velocidad es realidad palpable, no
fantasía.
"De niña y pese a mi enfermedad que es congénita y me ha
producido una deficiencia visual, fui muy intranquila. Siempre
andaba corriendo de un lugar a otro hasta que un profesor de
Educación Física me llevó al área del atletismo. Desde ese primer
día allí supieron que sería velocista."
De hablar bajo y pausado, Omara lleva con desenfado sus dos
medallas de oro, "porque las gané ante corredoras muy bien
preparadas y con años de experiencia, y que cualquiera de ellas pudo
haber sido la campeona".
Del santiaguero barrio de Chicharrones, la titular del orbe
refirió que pensó mucho en Cuba cuando se agenció su primer oro:
"Era mi primera competencia internacional por mi país, pensé en mi
familia y lloré mucho cuando pude tener mi medalla entre las manos".
Con su segunda presea, la del doble hectómetro, ocurrió algo
parecido, pero confiesa que ya más calmada solo pensó en que de la
noche a la mañana se había convertido en la corredora más rápida de
un certamen del mundo: "Es como si estuviera dormida y esto sea solo
un sueño".
Sabe que los III Juegos Parapanamericanos pudieran ser distintos,
pero ella tiene mucho optimismo y está preparada física y
mentalmente: "Voy a correr para ganar esas dos medallas otra vez",
dijo, mientras era reclamada por el grupo de velocistas cubanos para
tomarse una foto con ella. Quizá la primera de una larga historia de
triunfos.