No fue así que imaginé el regreso a la pequeña pantalla del
espacio El cuento, uno de los más agradecidos y necesarios
programas de la Televisión Cubana, que llegó a tener una frecuencia
semanal y difundió nombres esenciales de ese género literario como
Chéjov y Hemingway, Onelio y Cortázar.
La versión de El testigo, de Alfonso Hernández Catá,
escrita por Guillermina Romero y dirigida por Jorge Alonso Padilla,
resultó doblemente fallida: ni el texto original da la verdadera
dimensión del escritor cubano ni su traslación al lenguaje
audiovisual tuvo la consistencia que era de esperarse en la
recuperación del espacio.
Dentro del modernismo tardío, Hernández Catá (1885-1940), que en
el terreno de la novela legó un texto transgresor y a la vez
iluminado como El ángel de Sodoma (1927), punto de partida de
la literatura homoerótica insular, tuvo en el cuento su territorio
de más consistente y continuado dominio.
No obstante su producción osciló entre varias tesituras de
acuerdo con su cambiante percepción del mundo. Sus mayores hallazgos
se localizan en aquellos cuentos donde anticipa lo fantástico o
penetra en los recovecos de la psiquis de sus personajes. La muerte,
la locura, la enfermedad, la dicotomía entre la materia y el
espíritu, rondan sus historias más convincentes. Recomiendo la
lectura de las piezas incluidas en La casa de las fieras
(1919) y Manicomio (1931).
El testigo, sin embargo, se mueve en una órbita cercana a la
reacción contra la corriente naturalista llegada a Hispanoamérica de
la Francia de Emile Zola. Al igual que en el cuento El crimen de
Julián Ensor, Hernández Catá, enmascarado en la narración en
tercera persona, prejuzga y condena moralmente al personaje
protagónico aún antes de que se explaye una trama de brusca
progresión y desenlace predeterminado.
La puesta en pantalla del cuento no solo acentuó esas manquedades
del original de Hernández Catá, sino añadió otras de su cosecha: un
desenfreno sexual gratuito e injustificado en la secuencia inicial,
un falso suspenso en la entrada del marido cornudo, una pintura
costumbrista laxa y rutinaria a la hora de transitar por la vida
cotidiana de la familia, y una explosión emocional más cercana a la
impostación histérica que al mea culpa en la secuencia donde
los demonios del pecado se apoderan de la mente de la adúltera hasta
conducirla al suicidio. Ni la pátina con que la fotografía trató de
situar las cotas de un material de época pudo elevar el saldo de una
obra actuada con tibieza por un elenco donde la grisura se impuso y
rematada con una escena fluvial de simbolismo baladí.
Hace falta contar en serio para que ese espacio que tanto
deseamos responda a las expectativas de la propuesta. El cuento
puede y debe ser un momento cenital en la programación dramática de
la TV Cubana.