Un par de vivencias pasadas y una muy reciente experiencia me
inclinan a pensar que no se ara en el mar cuando la pantalla
doméstica propone un modelo literario mediante una versión adecuada.
Algunos años atrás, exactamente en 1977, la transmisión de una
serie basada en La joven de la flecha de oro, protagonizada
por la entonces muy joven Susana Pérez, reveló cómo Cirilo
Villaverde, a quienes muchos creían autor de una única obra, la
monumental Cecilia Valdés, había cultivado una parcela
narrativa nada desdeñable. La Editorial Letras Cubanas aprovechó la
oportunidad para poner en circulación esta y otras obras de uno de
los principales escritores cubanos del siglo XIX.
El Canal Educativo 2 cuenta entre sus espacios habituales
Letra fílmica, que bajo la conducción de Jacqueline Venet,
pretende precisamente confrontar los originales literarios con las
versiones cinematográficas.
Una bibliotecaria contaba que a raíz de la proyección, hará unos
tres años, de El gran Gatsby, recibió la petición de una
copia de la novela de Scott Fitzgerald por parte de dos estudiantes
de preuniversitario, quienes hasta ese momento utilizaban la sala de
lectura de la institución como espacio para el repaso y apenas se
aventuraban a solicitar en préstamo novelas policiales.
Por estos días —y es lo que motiva esta nota— la programación de
verano ha estrenado una añeja adaptación de La montaña mágica,
el clásico de Thomas Mann (1875-1955). Una llamada telefónica a la
redacción se interesa: "¿Existe una edición cubana de la novela?"
Remití al lector al catálogo de la biblioteca más cercana para no
abusar de la memoria. Recuerdo en los setenta haber devorado un
voluminoso ejemplar editado en nuestro país. Fue una lectura
inolvidable, tanto que al ver los capítulos de esta versión que
filmó Hans W. Geissendorfer para el canal público ZDF en 1984 no
pude sustraerme a la necesidad de buscar yo también el original.
La tarea de llevar a la pantalla una novela que se caracteriza
por su enorme densidad reflexiva no solo resultó difícil, sino hasta
cierto punto imprecisa. Entre el Hans Castorp de Mann y el de la
serie de televisión, demasiado ligero y efervescente en la piel de
Christoph Eichhorn, se desdibuja el carácter, no así el espléndido
Settembrini del italiano Flavio Bucci y la enigmática sensualidad
que aportó la francesa Marie-France Pisier a su Claudia Chauchat.
Hubo intensidad y garra en el planteo de los conflictos más
evidentes y una muy lograda atmósfera en la pintura del sanatorio
suizo de Davos.
Pero vale la pena escalar las cumbres de Mann, después de la
incitación televisual. Quien la lea podrá adentrarse en las
contradicciones y debates del clima espiritual predominante en
Europa en el primer cuarto del siglo pasado y disfrutará de una
lección de erudición y sensibilidad. Al reflexionar sobre el
protagonista de la novela, Mann, ante una audiencia académica
norteamericana, expresó en 1939: "El hombre mismo es un secreto, y
toda humanidad descansa en el respeto al secreto del hombre".
Antes de concluir, una sugerencia. ¿Por qué la TV Cubana no
aprovecha esta coyuntura para programar en uno de sus espacios
fílmicos la cinta Muerte en Venecia (1971), una obra maestra
del italiano Luchino Visconti sobre la novela homónima de Thomas
Mann?