También la letra entra por la imagen

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Quisiera saber si existen estadísticas confiables y puntuales acerca de la incidencia de la imagen televisiva en la promoción de la lectura.

Thomas Mann en compañía del sabio Albert Einstein, durante el exilio norteamericano de ambos.

Un par de vivencias pasadas y una muy reciente experiencia me inclinan a pensar que no se ara en el mar cuando la pantalla doméstica propone un modelo literario mediante una versión adecuada.

Algunos años atrás, exactamente en 1977, la transmisión de una serie basada en La joven de la flecha de oro, protagonizada por la entonces muy joven Susana Pérez, reveló cómo Cirilo Villaverde, a quienes muchos creían autor de una única obra, la monumental Cecilia Valdés, había cultivado una parcela narrativa nada desdeñable. La Editorial Letras Cubanas aprovechó la oportunidad para poner en circulación esta y otras obras de uno de los principales escritores cubanos del siglo XIX.

El Canal Educativo 2 cuenta entre sus espacios habituales Letra fílmica, que bajo la conducción de Jacqueline Venet, pretende precisamente confrontar los originales literarios con las versiones cinematográficas.

Una bibliotecaria contaba que a raíz de la proyección, hará unos tres años, de El gran Gatsby, recibió la petición de una copia de la novela de Scott Fitzgerald por parte de dos estudiantes de preuniversitario, quienes hasta ese momento utilizaban la sala de lectura de la institución como espacio para el repaso y apenas se aventuraban a solicitar en préstamo novelas policiales.

Por estos días —y es lo que motiva esta nota— la programación de verano ha estrenado una añeja adaptación de La montaña mágica, el clásico de Thomas Mann (1875-1955). Una llamada telefónica a la redacción se interesa: "¿Existe una edición cubana de la novela?" Remití al lector al catálogo de la biblioteca más cercana para no abusar de la memoria. Recuerdo en los setenta haber devorado un voluminoso ejemplar editado en nuestro país. Fue una lectura inolvidable, tanto que al ver los capítulos de esta versión que filmó Hans W. Geissendorfer para el canal público ZDF en 1984 no pude sustraerme a la necesidad de buscar yo también el original.

La tarea de llevar a la pantalla una novela que se caracteriza por su enorme densidad reflexiva no solo resultó difícil, sino hasta cierto punto imprecisa. Entre el Hans Castorp de Mann y el de la serie de televisión, demasiado ligero y efervescente en la piel de Christoph Eichhorn, se desdibuja el carácter, no así el espléndido Settembrini del italiano Flavio Bucci y la enigmática sensualidad que aportó la francesa Marie-France Pisier a su Claudia Chauchat. Hubo intensidad y garra en el planteo de los conflictos más evidentes y una muy lograda atmósfera en la pintura del sanatorio suizo de Davos.

Pero vale la pena escalar las cumbres de Mann, después de la incitación televisual. Quien la lea podrá adentrarse en las contradicciones y debates del clima espiritual predominante en Europa en el primer cuarto del siglo pasado y disfrutará de una lección de erudición y sensibilidad. Al reflexionar sobre el protagonista de la novela, Mann, ante una audiencia académica norteamericana, expresó en 1939: "El hombre mismo es un secreto, y toda humanidad descansa en el respeto al secreto del hombre".

Antes de concluir, una sugerencia. ¿Por qué la TV Cubana no aprovecha esta coyuntura para programar en uno de sus espacios fílmicos la cinta Muerte en Venecia (1971), una obra maestra del italiano Luchino Visconti sobre la novela homónima de Thomas Mann?

 

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