El rock que vino con la lluvia

MICHEL HERNÁNDEZ
michelher@granma.cip.cu

Si algo faltaba para que la tercera edición del Caimán Rock, clausurada este sábado en la Tribuna Antimperialista José Martí, pasara a la historia como la que abrió el camino para la posible consolidación del rock en Cuba, era la fundación de la Agencia Cubana de ese género.

Fue en el Museo Macional de la Música, adonde asistieron el miembro del Buró Político del Partido y ministro de Cultura, Abel Prieto, y una representación de los músicos que nunca dejaron de creer en su sonido, ni lo abandonaron para probar suerte en otros terrenos de mayor bonanza económica. Ya se hacía imprescindible apoyar coherentemente esa música con todo lo que ha legado para la cultura mundial e implantar las condiciones que sus cultores siempre se han merecido y nunca tuvieron hasta este momento.

Entonces la clausura debía cerrar por todo lo alto. Y así fue. Cerca de las 10:00 p.m. salió a escena la banda cardenense Rice and Beans cuyos integrantes pisaban ese escenario por primera vez en nueve años de carrera y por supuesto no iban a desaprovechar tal oportunidad: sabían que era el momento de tocar como nunca antes. Decididos a sacudir a los cientos allí reunidos, repasaron temas de sus demos (discos de prueba) que suministraron fuertes dosis de adrenalina rockera no exentas de preocupaciones sociales. La alineación se mostró bien ajustada y en plena forma para continuar sumando puntos en el escalafón del rock local.

Su vocalista Frank Batista, algo así como un Brian Molko tropical (líder de la banda inglesa Placebo), pareció tener algunas dificultades con el micrófono, pero al público que conocía y coreaba sus canciones no le importaba. Ellos agradecían el show contundente y la perseverancia de todos estos años y ni se molestaban por la barrera que los separaba demasiados metros de sus músicos, de sus ídolos locales.

Luego los panameños de Factor VIII subieron al escenario con veloces movimientos y una preparación física dignos de un especialista en artes marciales. Y no vinieron solos. Junto a su estilo a lo Ramones trajeron la lluvia.

Hace pocas semanas, en entrevista concedida a Granma, habían prometido un show potente, explosivo, visceral. Y lo cumplieron: "¿Dónde está la gente en Cuba? Vamos a disfrutar del rock and roll con lluvia o sin lluvia", dijo a voz en cuello el vocalista Jesús Armenteros (Tutin), en medio del movimiento arengador de sus brazos. Desde los primeros segundos empezó a pelear (y ganó) el combate contra las gotas ya convertidas en aguacero e incipientes relámpagos que dejaban ver la posibilidad de irse a casa cuando apenas los punkies empezaban a robarse el show. El vocalista se metió a la Tribuna en el bolsillo. Se convirtió en el alma del concierto: saltó sobre el público y su cuerpo fue de mano en mano de numerosos jóvenes que se lo pasaron como si flotara, hasta que lo devolvieron al escenario para continuar la fiesta.

Si de cerrar a base de pólvora se trataba era el momento de llamar a la aplanadora del rock cubano, liderada por Dionisio Arce. Aunque Zeus ofreció un set bastante breve por las amenazas atmosféricas solo le bastaron los riffs de Libérame y Violento Metrobús para reconfirmar, por si hiciera falta, que es la banda más impactante dentro del metal nacional.

Y de esta forma cerró un festival que superó las expectativas y demostró la aceptación de este género por una buena parte del público. Ahora es necesario que las bandas sigan trabajando para perfeccionar su propio sonido y tengan la oportunidad de medirse con grupos foráneos en aras de que los logros del Caimán no queden como polvo en el viento.

 

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