La dalia negra

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
paneque.b@granma.cip.cu

Si usted se encuentra entre los espectadores que este sábado vieron La dalia negra, el último filme de Brian de Palma, y se fue a dormir con la preocupación de que está perdiendo capacidad para seguir los hilos narrativos de una historia, ni siquiera se inquiete dos segundos más, porque el único que ha extraviado facultades es el director.

Basada en una novela de James Ellroy, el mismo de Los Ángeles confidencial (¡que película aquella!), el último filme noir de Brian de Palma (Los intocables) es tan confuso como desmesurado y lleno, como siempre, de autorreferencias y de "homenajes" a otros directores, lo que confirma que al realizador le sigue interesando más ser "él mismo" con sus disonancias (y algunos logros) visuales, que tratar de contar una historia como se debe.

El atractivo temático de estar basada La dalia negra en un asesinato real ocurrido en 1947 y nunca esclarecido por la policía, lo convierte también en su peor contendiente. Demasiados nombres, demasiados rostros y un desordenado proceso investigativo hacen de la trama un cuento de nunca acabar y un homenaje al cine negro que, no obstante algunos pespuntes de modernidad, no supera el olor a rancio ni las desmañas del falso suspenso. Y lo peor: a mitad del metraje, el espectador tiene el convencimiento de que le están estirando el conflicto sobre bases demasiado artificiosas. Realidad y fantasía, sí, pero plasmada la segunda en un guión que, en lugar de enriquecer, abruma.

Lo mejor lo encontramos en la fotografía y en especial la reconstrucción en blanco y negro de la actriz asesinada, un excelente desempeño de la canadiense Mia Kirshner como la Dalia. Hillary Swank demuestra otra vez que puede ser algo más que "una muchachita dura". En cuanto a Scarlett Johansson y Aaron Eckhart, la juventud de ambos resulta un inconveniente para el papel que asumen, donde sobra más de una pose. Buena actriz ella —y los productores empeñados en convertirla en el último "monstruo" de la pantalla—, aquí, sin embargo, parece una adolescente disfrazada de mujer. (Habría que recordar que también 21 años, como la Johansson, tenía Lauren Bacall cuando filmó El sueño eterno, pero ella había nacido predestinada a ser en el cine negro la mejor de todas).

Aspirante a actriz en los años jubilosos de la posguerra, Elizabeth Short, inmersa en el sueño de muchas, partió muy joven hacia Los Ángeles dispuesta a convertirse en una estrella. Su cabellera negra, el vestirse del mismo color y una película estrenada en 1946, La dalia azul, hicieron que la prensa —en sensacional despliegue que duraría varios años— comenzara a llamarla "la dalia negra" tras su horrible asesinato, el 9 de enero de 1947. Un caso que arrojó múltiples sospechosos, entre ellos el mismísimo Orson Welles, que por aquellos tiempos se dedicaba a serruchar mujeres en un baúl.

Los que conocieron a Betty Short afirmaban que en el fondo la muchacha era la gran ingenua. Hollywood relucía entonces como un emporio de mafiosos, policías corruptos, productores aprovechados... y ella quería ser una estrella. Tenía 23 años al ocupar las primeras páginas de los periódicos, de una manera diferente a la que hubiese querido, y la propaganda hizo del asesinato uno de los más famosos y aún pendiente por resolver en los Estados Unidos.

Para el novelista James Ellroy aquel crimen se le convirtió en una obsesión que debía resolver en una novela antes de asumir la historia de su propia madre, estrangulada en 1958, en otro misterioso caso que medio siglo después la justicia de los Estados Unidos tampoco ha esclarecido.

Ellroy escribió ya la novela acerca de la muerte de su madre y de seguro vendrá la película, que algunos esperan no sea Brian de Palma quien la dirija.

 

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