Esa sugerente expresión, suscrita en el catálogo de la muestra,
estuvo en la génesis de los preparativos de Sin palabras,
visible en la galería de la Biblioteca Rubén Martínez Villena, del
Centro Histórico de Ciudad de La Habana.
Justa, precisa, sin duda, fue la esencia de una iniciativa
acariciada desde meses atrás por la dirección de ese sello que tan
arduo trabajo ha desarrollado durante estas cuatro décadas para llevar
a los niños y adolescentes cubanos lo mejor de la literatura para esas
edades escrita en la Isla y a nivel internacional, en un mundo donde
la desmedida comercialización hacen de la gráfica editorial un mercado
irreconciliable con la auténtica cultura.
Leyendas del escenario editorial cubano y artistas noveles se dan
la mano para ilustrar esas joyas de las letras, de innegable valía,
aun cuando las difíciles coyunturas económicas atravesadas por el país
han conspirado contra una mejor terminación del producto. Así aparecen
nombres como los de Bladimir González, Nara Miranda, Duchi Man, Rita
Gutiérrez, Yahilis Fonseca, Raúl Martínez Hernández, Arístides
Hernández "Ares", Leonardo Cuervo, Yonniel Suárez López, Yussel Marín
Gutiérrez, Yailín Pérez Zamora y Javier Dueñas Rodríguez.
Para resaltar esos aportes visuales se trató de preparar Sin
palabras. Sin embargo, en la práctica, pesó más el propósito que
el resultado. El mismo día de su apertura, señalada para las 2:00
p.m., unas pocas personas, entre ellas algunos de los expositores —sin
presencia de algún representante oficial de la esfera, ni de autores
de literatura para niños y jóvenes—, esperaron ansiosamente un largo
lapso de tiempo sin la menor señal de arrancada.
Atmósfera desaliñada y escasa organicidad dañaron la estética de
una muestra que debió tener una adecuada curaduría y la debida
ambientación del escenario expositivo. Todo hecho como para pasar al
olvido.
Por demás, faltaron nombres imprescindibles: Muñoz Bachs, Enrique
Martínez, Roberto Fabelo (su Pinocho vale por mil), el joven
Fabián Muñoz Díaz, París Volta, por citar algunos.
Alto reconocimiento merecen ilustradores que, sin reparar en otros
estímulos mercantiles, aportan a Gente Nueva y otros sellos y
publicaciones, lo más valioso de su creación artística. Pero solo
quedó en las buenas intenciones... sin palabras.