Mientras una parte del Ballet Nacional de Cuba cosecha triunfos
por la geografía francesa con Giselle y Don Quijote,
la otra reverdece laureles en el Gran Teatro de La Habana con
coreografías de otros tiempos que marcaron pautas en intérpretes, y
siempre —queramos o no— nos llevan a "dialogar" con la nostalgia.
Hay que saludar, pues, que "despierten" esos trabajos y regresen,
revitalizados, a las tablas.
Muchos modos danzarios pasaron por el agradable concierto, de
esos en los que se incluye una diversidad de estilos (clásicos y
contemporáneos) que permiten tomar el pulso de una compañía. Una
función que tuvo, entre sus características más relevantes, el soplo
de juventud que sentimos al contacto con los intérpretes encargados
del programa, en el que se incluyeron también algunos nombres
sobresalientes del BNC. Descorrió las cortinas el Grand pas
del Festival de las flores en Genzano, que como
nota especial acercó a dos noveles y excelentes bailarines. Él (Dani
Hernández), con una elegante presencia escénica, exhibió condiciones
ideales para encarar el difícil estilo de Bournonville, sobre todo
el trabajo de la técnica de los pies, que resulta el talón de
Aquiles en las más recientes generaciones. Mientras que Gretel
Morejón evidenció una labor en ascenso a medida que corrió el
tiempo, con mantenido encanto en el baile y extrema facilidad a la
hora de ejecutar los complicados pasos. Algo similar a lo que
realizó al ejecutar el segundo movimiento de una pieza emblemática
—y que siempre emociona— de Alberto Méndez, Rara avis, donde
también brilló. Esta genuina joya del excelente coreógrafo cubano
que contó, además, en los otros movimientos con Marlén Fuerte
(primero) y Regina Hernández (el tercero), y el cuerpo de baile
masculino, es un trabajo donde se resume el fundamental aporte de un
artista. Plástica y dinámicas en armoniosa relación creativa sirven
para comunicar un poético lenguaje, en el que sobresale la excelente
preparación de los intérpretes.
El conocido pas de deux del tercer acto de Don Quijote
vino de la mano de dos talentosos bailarines: Linnet González (muy
recuperada ya de su reciente operación), algo que alegró a todos los
presentes, y José Lozada, quienes realizaron una loable faena,
dejando para las respectivas variaciones y la coda sus mejores
ejecuciones. Desnuda luz del amor, coreografía que Alicia
Alonso creara especialmente para la bailarina italiana Carla Fracci
y que se estrenara en el pasado Festival de Ballet, reapareció en la
escena con Bárbara García en el protagónico, quien, también ausente
de las tablas por lesiones, dejó en claro su clase, tanto del lado
técnico como interpretativo, para darnos, además, una clase de
estilo, algo fundamental que muchas veces se obvia por distintas
causas y que merece un trabajo aparte. Junto a ella estuvieron: Dani
Hernández, Yadil Suárez y Leandro Pérez.
Alejandro Virelles motivó fuertes ovaciones y dejó una agradable
estela en su interpretación del solo La muerte de un cisne,
de Descombey, al que imprimió fuerza, lirismo y una interpretación
adecuada. La pieza desborda expresión corporal puesta al servicio de
ideas rectoras que calaron profundamente en el intérprete y llegaron
palpitantes a nosotros. La noche cerró con Tiempo fuera de la
memoria, del canadiense Brian McDonald (Prólogo para una
tragedia¼ ), pieza que destaca por el
trabajo de diseños de grupo y la vitalidad de cada uno de los
bailarines, y en particular de los protagónicos que en la noche del
sábado correspondieron a Regina Hernández y Yadil Suárez.