Variaciones en el GTH

TONI PIÑERA

Mientras una parte del Ballet Nacional de Cuba cosecha triunfos por la geografía francesa con Giselle y Don Quijote, la otra reverdece laureles en el Gran Teatro de La Habana con coreografías de otros tiempos que marcaron pautas en intérpretes, y siempre —queramos o no— nos llevan a "dialogar" con la nostalgia. Hay que saludar, pues, que "despierten" esos trabajos y regresen, revitalizados, a las tablas.

Foto: NANCY REYESBárbara García y Dani Hernández.

Muchos modos danzarios pasaron por el agradable concierto, de esos en los que se incluye una diversidad de estilos (clásicos y contemporáneos) que permiten tomar el pulso de una compañía. Una función que tuvo, entre sus características más relevantes, el soplo de juventud que sentimos al contacto con los intérpretes encargados del programa, en el que se incluyeron también algunos nombres sobresalientes del BNC. Descorrió las cortinas el Grand pas del Festival de las flores en Genzano, que como nota especial acercó a dos noveles y excelentes bailarines. Él (Dani Hernández), con una elegante presencia escénica, exhibió condiciones ideales para encarar el difícil estilo de Bournonville, sobre todo el trabajo de la técnica de los pies, que resulta el talón de Aquiles en las más recientes generaciones. Mientras que Gretel Morejón evidenció una labor en ascenso a medida que corrió el tiempo, con mantenido encanto en el baile y extrema facilidad a la hora de ejecutar los complicados pasos. Algo similar a lo que realizó al ejecutar el segundo movimiento de una pieza emblemática —y que siempre emociona— de Alberto Méndez, Rara avis, donde también brilló. Esta genuina joya del excelente coreógrafo cubano que contó, además, en los otros movimientos con Marlén Fuerte (primero) y Regina Hernández (el tercero), y el cuerpo de baile masculino, es un trabajo donde se resume el fundamental aporte de un artista. Plástica y dinámicas en armoniosa relación creativa sirven para comunicar un poético lenguaje, en el que sobresale la excelente preparación de los intérpretes.

El conocido pas de deux del tercer acto de Don Quijote vino de la mano de dos talentosos bailarines: Linnet González (muy recuperada ya de su reciente operación), algo que alegró a todos los presentes, y José Lozada, quienes realizaron una loable faena, dejando para las respectivas variaciones y la coda sus mejores ejecuciones. Desnuda luz del amor, coreografía que Alicia Alonso creara especialmente para la bailarina italiana Carla Fracci y que se estrenara en el pasado Festival de Ballet, reapareció en la escena con Bárbara García en el protagónico, quien, también ausente de las tablas por lesiones, dejó en claro su clase, tanto del lado técnico como interpretativo, para darnos, además, una clase de estilo, algo fundamental que muchas veces se obvia por distintas causas y que merece un trabajo aparte. Junto a ella estuvieron: Dani Hernández, Yadil Suárez y Leandro Pérez.

Alejandro Virelles motivó fuertes ovaciones y dejó una agradable estela en su interpretación del solo La muerte de un cisne, de Descombey, al que imprimió fuerza, lirismo y una interpretación adecuada. La pieza desborda expresión corporal puesta al servicio de ideas rectoras que calaron profundamente en el intérprete y llegaron palpitantes a nosotros. La noche cerró con Tiempo fuera de la memoria, del canadiense Brian McDonald (Prólogo para una tragedia¼ ), pieza que destaca por el trabajo de diseños de grupo y la vitalidad de cada uno de los bailarines, y en particular de los protagónicos que en la noche del sábado correspondieron a Regina Hernández y Yadil Suárez.

 

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