Los 60 de Rigoberto

De isla en isla

Pedro de la Hoz
pedro.hg@granma.cip.cu

Con la misma pasión que suele poner en cada plano apresado por la cámara, Rigoberto López Pego se ha entregado en los últimos meses, de isla en isla, a la organización de la Primera Muestra Itinerante de Cine del Caribe y a echar las bases de la Cinemateca de la región.

"Como cineasta también me siento obligado a ser promotor. Con el apoyo del ICAIC, de la Oficina Regional de Cultura de la UNESCO y de numerosas instituciones y personalidades de los países del área, la Muestra ha superado todas las expectativas. Es un empeño que nos debíamos a nosotros mismos, si somos consecuentes con la defensa de las identidades de nuestros pueblos y de la diversidad cultural."

En medio de estos avatares, Rigoberto acaba de cumplir 60 años de vida. El mejor regalo que pudo haber recibido fue un rumbón de Yoruba Andabo. "A veces la gente dice: el tambor me llama. En mi caso el tambor, la guitarra, la música popular, son vivencias que van conmigo".

La filmografía de Rigoberto tiene mucho que ver tanto con esa entrañable percepción de la cultura popular como de las raíces resistentes en nuestra historia. Su prestigio como documentalista comenzó a crecer, justamente, a partir de la realización de Apuntes para la historia del movimiento obrero cubano (1974) —que le valió su primer reconocimiento internacional en el Festival de San Sebastián— y La primera intervención (1975).

Por esos mismos años continuó, con visión propia, la saga internacionalista del cine cubano con películas documentales como La lanza de la nación (1977) y Granada, el despegue de un sueño (1983), quizás el más contundente testimonio de los sueños emancipadores de Maurice Bishop.

Granada¼ fue también el descubrimiento de la realidad caribeña, temática que se haría presente después en Puerto Príncipe mío (2000).

Su filme más premiado ha sido hasta hoy Yo soy del son a la salsa (1996), una coproducción con Estados Unidos, que le valió varios galardones en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, de La Habana, y diversos lauros en Gramado, Salvador de Bahía, Lérida, Nueva York, San Juan y Chicago. Pero es casi seguro que haber recibido el Premio Dikalo al mejor largometraje de ficción del Festival Panafricano de Cannes en el 2006 por Roble de olor quedó como una de las gratificaciones más intensas de su carrera cinematográfica.

Volviendo a sus ocupaciones actuales, Rigoberto sitúa a un mismo nivel de importancia la realización y el activismo cultural. "No es posible que un jamaicano ignore una película hecha en Guadalupe, o que un trinitario se pierda un filme haitiano, o que un cubano no sepa que en Islas Caimán hay un cineasta importante. Hemos comenzado a romper esas barreras".

¿Acaso esto, por sí mismo, no es un filme de primera?

 

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