Con
la misma pasión que suele poner en cada plano apresado por la
cámara, Rigoberto López Pego se ha entregado en los últimos meses,
de isla en isla, a la organización de la Primera Muestra Itinerante
de Cine del Caribe y a echar las bases de la Cinemateca de la
región.
"Como cineasta también me siento obligado a ser promotor. Con el
apoyo del ICAIC, de la Oficina Regional de Cultura de la UNESCO y de
numerosas instituciones y personalidades de los países del área, la
Muestra ha superado todas las expectativas. Es un empeño que nos
debíamos a nosotros mismos, si somos consecuentes con la defensa de
las identidades de nuestros pueblos y de la diversidad cultural."
En medio de estos avatares, Rigoberto acaba de cumplir 60 años de
vida. El mejor regalo que pudo haber recibido fue un rumbón de
Yoruba Andabo. "A veces la gente dice: el tambor me llama. En mi
caso el tambor, la guitarra, la música popular, son vivencias que
van conmigo".
La filmografía de Rigoberto tiene mucho que ver tanto con esa
entrañable percepción de la cultura popular como de las raíces
resistentes en nuestra historia. Su prestigio como documentalista
comenzó a crecer, justamente, a partir de la realización de
Apuntes para la historia del movimiento obrero cubano (1974)
—que le valió su primer reconocimiento internacional en el Festival
de San Sebastián— y La primera intervención (1975).
Por esos mismos años continuó, con visión propia, la saga
internacionalista del cine cubano con películas documentales como
La lanza de la nación (1977) y Granada, el despegue de un
sueño (1983), quizás el más contundente testimonio de los sueños
emancipadores de Maurice Bishop.
Granada¼ fue también el
descubrimiento de la realidad caribeña, temática que se haría
presente después en Puerto Príncipe mío (2000).
Su filme más premiado ha sido hasta hoy Yo soy del son a la
salsa (1996), una coproducción con Estados Unidos, que le valió
varios galardones en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, de
La Habana, y diversos lauros en Gramado, Salvador de Bahía, Lérida,
Nueva York, San Juan y Chicago. Pero es casi seguro que haber
recibido el Premio Dikalo al mejor largometraje de ficción del
Festival Panafricano de Cannes en el 2006 por Roble de olor
quedó como una de las gratificaciones más intensas de su carrera
cinematográfica.
Volviendo a sus ocupaciones actuales, Rigoberto sitúa a un mismo
nivel de importancia la realización y el activismo cultural. "No es
posible que un jamaicano ignore una película hecha en Guadalupe, o
que un trinitario se pierda un filme haitiano, o que un cubano no
sepa que en Islas Caimán hay un cineasta importante. Hemos comenzado
a romper esas barreras".
¿Acaso esto, por sí mismo, no es un filme de primera?