Después de Los Once, la abstracción en Cuba ha apostado a diversas
cábalas, comenzando por aquel grupo iniciático que al romper los
cincuenta del pasado siglo dinamitaron el "orden" compositivo en las
artes plásticas cubanas. Media centuria después de aquel momento
renovador, a casi nadie se le ocurre cuestionar la abstracción como
tendencia divorciada de la realidad o preguntar qué quiere decir este
o aquel otro cuadro en busca de una sustentación narrativa o simbólica
de lo pintado.
Pero tampoco —y eso se puede verificar al recorrer esta muestra—
casi nadie, aún sin tener el ojo entrenado, puede decir que la
abstracción está vacía de contenido. Este, desde luego, hay que
buscarlo en la misma esencia pictórica de la obra y en sus correlatos
contextuales.
Los Cinco de Villa Manuela tienen en común componer en superficies
planas obras no figurativas (término mucho más exacto que el de
pintura no objetiva puesto de moda por la crítica en tiempo de Los
Once).
Pedro de Oraá, el único de ellos que tuvo relación con aquel grupo
de aventurados del que emergieron Hugo Consuegra, Antonio Vidal, Guido
Llinás y Raúl Martínez en la pintura y Agustín Cárdenas, José Antonio
Díaz Peláez y Pancho Antigua en la escultura, transmite en sus cuadros
un cúmulo de emociones fuertes, asentadas en la calidez del uso del
color y la acumulación de densidades. Por cierto, valga esta nota para
saludar, además, la extraordinaria solución gráfica con que Pedro dejó
su huella en la portada de la más reciente edición de la novela de
Lezama Lima, Paradiso, publicada por Letras Cubanas.
Con casi idéntica denominación de origen (el norte villaclareño) y
también largas y fecundas trayectorias en la creación, Raúl Santoserpa
y Juan Vázquez Martín difieren en sus contenidos abstractos. En el
primero late y estalla un universo visual cercano a la naturaleza,
mientras que el segundo opta por texturas penetrantes circunscritas
por definiciones geométricas inestables, lo cual produce una lograda
sensación de tensión en la apreciación global de cada cuadro.
La única mujer del equipo reunido en Villa Manuela es Julia Valdés,
instalada en estas últimas tres décadas en el campo de la abstracción
con lenguaje propio de notable envergadura: reposado, lírico,
incisivo, cada vez más propensa a soluciones minimalistas, mediante
las cuales consigue sugerir mucho más que lo que a primera vista se
ofrece.
Y el más joven es Danilo Vinardel, asaeteado por los fantasmas del
paso del tiempo en la retícula urbana, dómine ya de un tipo de
composición en la que desafía las leyes de la gravedad.