Ciro
Frías tenía prisas de libertad. En ocasiones era temerario y, de vez
en vez, tan impaciente como para no darle un minuto más al tirano
Fulgencio Batista y sus esbirros. Valor y anhelos lo llevaron a
entregar hasta la vida. Dejó de cuidar su propia tierra para dedicarle
todo al suelo patrio. Cambió la finca por un fusil que le entregó
Fidel.
Fue uno de los primeros campesinos en unirse a los rebeldes, tras
el desembarco del Granma. Tan pronto comenzó a colaborar con la
Revolución, fue delatado y tuvo que irse al monte. Joaquín Casillas,
el mismo que asesinó al líder azucarero Jesús Menéndez, dio muerte a
su hermano y a un arriero que trabajaba con él, al no poder
capturarlo.
Era urgente que aquel terror terminara, así que aprendió a manejar
el fusil y muy pronto lo estrenó, defendiéndose de una emboscada en
Altos de Espinosa. Balas y escaramuzas, la muerte al acecho,
superioridad en hombres y armas del enemigo al cual enfrentaba, el
hambre, el frío y la lluvia, en lugar de disuadirle probaron el coraje
del nuevo soldado.
Parecía como si quisiera adelantar la victoria a fuerza de
voluntad, sin importar que le abriesen aún más el corazón de un
disparo. Cuenta el comandante Efigenio Ameijeiras que en el combate
del Uvero, "con una despreocupación casi infantil, pelea frente al
enemigo completamente de pie, gritándoles: ‘Ríndanse, ríndanse’".
Ciro fue el héroe indiscutible de la acción de Palma Mocha. Una vez
agotadas sus municiones, se arrastró hasta donde estaban los
compañeros caídos ante la trinchera del rival. Había aclarado ya, el
fuego seguía muy intenso, pero sabía que en aquellos momentos "un
fusil era más costoso que la vida de un hombre".
Recogió las armas y aun le quitó a un compañero muerto su canana.
El peso de aquel alijo no le impidió cumplir lo que se había
propuesto. Más bien llegaba feliz ante los suyos, que no esperaban
verle regresar con vida. Tampoco sería la única oportunidad en que los
asombrara.
Ni los peligrosos descampados de Pilón le harían dudar. Quemaba la
caña de los latifundistas. Andaba por la carretera como si nada
pudiera vencerle. Transmitía un singular mensaje de advertencia a la
tiranía. Esperaba. Cuando vinieran a terminar con su osadía, lejos de
la atrincherada y artillada madriguera del poblado, él y su tropa
tendrían ventaja sobre ellos. La idea dio resultados: los casquitos no
tuvieron tiempo de defenderse; las descargas venían de muy cerca.
En esta, como en otras ocasiones, consiguen armas largas y parque.
Sus dotes de combatiente fueron reconocidas por los jefes rebeldes.
Tras el combate del Uvero fue ascendido a capitán. Cuando Fidel ordenó
al comandante Raúl abrir el Segundo Frente Oriental Frank País, Ciro
fue escogido para acompañarlo. ¿Su encomienda? Dirigir la compañía E,
que tenía bajo su jurisdicción la zona de Guantánamo-Yateras-Baracoa.
Inmediatamente recibe la orden de atacar el cuartel de Imías, una de
las acciones que apoyaría la huelga del 9 de abril.
Por primera vez, atacaría a un cuartel en la noche. Dividió a sus
compañeros en tres grupos con tal de rodear el cuartel e incendiarlo
con cocteles Molotov. Pero el práctico, en medio de la oscuridad,
señaló equivocadamente una casa de madera, y el fuego iluminó el área
de combate, para provecho de los casquitos. El grupo que atacó por el
fondo también erró el lugar.
Tales contratiempos jugaron una mala pasada a los asaltantes; el
combate demoró más de lo previsto. Según comenta el comandante
Ameijeiras, sitiar un cuartel precisa calma, pues el tiempo pesa
psicológicamente sobre quienes están cercados, y es menester
aprovechar esa ventaja. Sin embargo, Ciro desea terminar pronto, como
otras veces había conseguido.
Él tenía tiempo. Su adversario estaba aislado y no podía recibir
refuerzos con la rapidez requerida. Pero se desespera, ordena a sus
hombres que disparen, que avancen. Le apremia triunfar. Esa libertad
por la que se presentó ante Fidel el 11 de enero de 1957, para ser
soldado, para adelantar un mañana diferente, no podía esperar.
Y como en otros lances, de pie, iluminada su figura por las llamas,
gritó: "Ríndanse, les habla el capitán, les garantizamos la vida". Una
descarga cerrada le abrió el corazón como antes se lo ensancharon sus
sueños. Ese día no se pudo tomar Imías, sino el 14 de noviembre de
1958. La operación fue denominada Ciro Frías Cabrera.
Pero en algo tenía razón el capitán: faltaba poco para alcanzar la
libertad.