Urgencia de libertad

Joel Mayor Lorán
Joel@granma.cip.cu

Ciro Frías tenía prisas de libertad. En ocasiones era temerario y, de vez en vez, tan impaciente como para no darle un minuto más al tirano Fulgencio Batista y sus esbirros. Valor y anhelos lo llevaron a entregar hasta la vida. Dejó de cuidar su propia tierra para dedicarle todo al suelo patrio. Cambió la finca por un fusil que le entregó Fidel.

Fue uno de los primeros campesinos en unirse a los rebeldes, tras el desembarco del Granma. Tan pronto comenzó a colaborar con la Revolución, fue delatado y tuvo que irse al monte. Joaquín Casillas, el mismo que asesinó al líder azucarero Jesús Menéndez, dio muerte a su hermano y a un arriero que trabajaba con él, al no poder capturarlo.

Era urgente que aquel terror terminara, así que aprendió a manejar el fusil y muy pronto lo estrenó, defendiéndose de una emboscada en Altos de Espinosa. Balas y escaramuzas, la muerte al acecho, superioridad en hombres y armas del enemigo al cual enfrentaba, el hambre, el frío y la lluvia, en lugar de disuadirle probaron el coraje del nuevo soldado.

Parecía como si quisiera adelantar la victoria a fuerza de voluntad, sin importar que le abriesen aún más el corazón de un disparo. Cuenta el comandante Efigenio Ameijeiras que en el combate del Uvero, "con una despreocupación casi infantil, pelea frente al enemigo completamente de pie, gritándoles: ‘Ríndanse, ríndanse’".

Ciro fue el héroe indiscutible de la acción de Palma Mocha. Una vez agotadas sus municiones, se arrastró hasta donde estaban los compañeros caídos ante la trinchera del rival. Había aclarado ya, el fuego seguía muy intenso, pero sabía que en aquellos momentos "un fusil era más costoso que la vida de un hombre".

Recogió las armas y aun le quitó a un compañero muerto su canana. El peso de aquel alijo no le impidió cumplir lo que se había propuesto. Más bien llegaba feliz ante los suyos, que no esperaban verle regresar con vida. Tampoco sería la única oportunidad en que los asombrara.

Ni los peligrosos descampados de Pilón le harían dudar. Quemaba la caña de los latifundistas. Andaba por la carretera como si nada pudiera vencerle. Transmitía un singular mensaje de advertencia a la tiranía. Esperaba. Cuando vinieran a terminar con su osadía, lejos de la atrincherada y artillada madriguera del poblado, él y su tropa tendrían ventaja sobre ellos. La idea dio resultados: los casquitos no tuvieron tiempo de defenderse; las descargas venían de muy cerca.

En esta, como en otras ocasiones, consiguen armas largas y parque. Sus dotes de combatiente fueron reconocidas por los jefes rebeldes. Tras el combate del Uvero fue ascendido a capitán. Cuando Fidel ordenó al comandante Raúl abrir el Segundo Frente Oriental Frank País, Ciro fue escogido para acompañarlo. ¿Su encomienda? Dirigir la compañía E, que tenía bajo su jurisdicción la zona de Guantánamo-Yateras-Baracoa. Inmediatamente recibe la orden de atacar el cuartel de Imías, una de las acciones que apoyaría la huelga del 9 de abril.

Por primera vez, atacaría a un cuartel en la noche. Dividió a sus compañeros en tres grupos con tal de rodear el cuartel e incendiarlo con cocteles Molotov. Pero el práctico, en medio de la oscuridad, señaló equivocadamente una casa de madera, y el fuego iluminó el área de combate, para provecho de los casquitos. El grupo que atacó por el fondo también erró el lugar.

Tales contratiempos jugaron una mala pasada a los asaltantes; el combate demoró más de lo previsto. Según comenta el comandante Ameijeiras, sitiar un cuartel precisa calma, pues el tiempo pesa psicológicamente sobre quienes están cercados, y es menester aprovechar esa ventaja. Sin embargo, Ciro desea terminar pronto, como otras veces había conseguido.

Él tenía tiempo. Su adversario estaba aislado y no podía recibir refuerzos con la rapidez requerida. Pero se desespera, ordena a sus hombres que disparen, que avancen. Le apremia triunfar. Esa libertad por la que se presentó ante Fidel el 11 de enero de 1957, para ser soldado, para adelantar un mañana diferente, no podía esperar.

Y como en otros lances, de pie, iluminada su figura por las llamas, gritó: "Ríndanse, les habla el capitán, les garantizamos la vida". Una descarga cerrada le abrió el corazón como antes se lo ensancharon sus sueños. Ese día no se pudo tomar Imías, sino el 14 de noviembre de 1958. La operación fue denominada Ciro Frías Cabrera.

Pero en algo tenía razón el capitán: faltaba poco para alcanzar la libertad.

 

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