Aniversario 25 de su muerte

Roa entre nosotros

Graziella Pogolotti

Acabo de ver la Imagen de nuestro RaúI Roa, de nuestro Canciller de la dignidad, como portavoz de la historia y de la gallardía latinoamericana, peleando en Naciones Unidas en favor de la soberanía panameña. Extraordinaria vigencia tiene hoy aquella escena. La palabra rápida, la avalancha de acusaciones, la ironía de la frase, la mirada burlona que escapa a los lentes, el gesto nervioso, impaciente, de la mano parecen hoy, en medio de la escalada agresiva contra la América Central, más vivientes que ayer.

La imagen me ha estremecido. Junto al recuerdo de tantos acontecimientos revolucionarios que estarán por siempre unidos a su presencia y a su acción, me ha venido el del hombre y el del intelectual. Era yo una niña, en un pequeño apartamento de La Habana Vieja cuando lo conocí. No se me permitía intervenir en las conversaciones de los adultos, pero podía, si lo deseaba, escuchar en silencio. Me fascinaban las visitas de aquel quien era todavía un joven profesor de Historia de las doctrinas sociales. Siempre inquieto, las palabras le brotaban a borbotones. El espacio parecía no alcanzarle y pasaba rápidamente de una silla a la otra. Poco entendía yo de todo aquello, de aquellos nombres todavía desconocidos, como los de Tousseau y Marx. Pero no podía sustraerme al encanto.

Más tarde, en la Universidad, lo veía con frecuencia, rodeado de estudiantes, con los libros agarrados, en gesto típico junto al pecho, por los alrededores de lo que suele llamarse irrespetuosamente el parque de los cabezones.

Polémico y conversador era también un extraordinario retratista. Sabía animar la historia pasada con la vitalidad que corresponde a un reportaje contemporáneo. Así nos hizo conocer una revolución que se fue a bolina. Así ha sabido evocar a Pablo y a Rubén, que fueron sus amigos.

Por su vínculo con las nuevas generaciones y por su capacidad para diseñar los rostros del pasado, Roa encarna esa vocación de continuidad y relevo, tan característica de nuestra cultura, tan profundamente martiana. Hombre de pensamiento, más que de espada, Enrique José Varona aparece, en la evocación de Roa, abierto hacia el porvenir, recio y frágil en su amparo a la rebeldía estudiantil antimachadista. También el marqués de Santa Lucía se proyecta hacia delante, en su intransigente y polémica posición antiplattista. La novela toma, a veces, prestados acontecimientos a la historia. Pero también necesitamos que, en ocasiones, la historia se nos cuente como una novela, que sus personajes recobren carne y sangre, que se describan con pasión y fuerza, como genuinos actores del presente.

Le sentaba bien a Raúl Roa su nombre breve y relampagueante. Escritor, maestro y canciller, fue también un excelente animador de la cultura. Lector infatigable, se sentía parte de ella. Más allá de las letras, su universo propio, mantuvo un vínculo activo y creador con todas las vanguardias auténticas. Sin caer en vanas novelerías, tuvo la perspicacia de reconocer y estimular las auténticas rupturas, de estimular la necesaria investigación artística. A su acción personal se debieron, en los años difíciles, en tiempos de soledad y desamparo para los artistas, entre muchas otras cosas, la publicación de los hoy clásicos ensayos de Fernando Ortiz sobre Lam y de José Lezama Lima sobre Arístides Fernández.

Junto a amigos latinoamericanos, conversamos por última vez alrededor de una mesita del Habana Libre. Hablaba de su Rubén Martínez Villena, entonces en fase de redacción. Me sorprendió descubrir un parpadeo de timidez en la mirada, en el gesto, en la palabra del hombre de tantas batallas. Era la angustia del genuino creador ante la obra en proceso. Será siempre joven quien no se acomode a las falsas seguridades, quien sepa preservar, para su propio trabajo, esa inquietante expectativa. Por su capacidad de integrar vida e historia en un mismo presente, Roa es, y seguirá siendo, nuestro contemporáneo.

(Trabajo publicado en nuestras páginas el 20 de mayo de 1988)

 

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