Acabo
de ver la Imagen de nuestro RaúI Roa, de nuestro Canciller de la
dignidad, como portavoz de la historia y de la gallardía
latinoamericana, peleando en Naciones Unidas en favor de la soberanía
panameña. Extraordinaria vigencia tiene hoy aquella escena. La palabra
rápida, la avalancha de acusaciones, la ironía de la frase, la mirada
burlona que escapa a los lentes, el gesto nervioso, impaciente, de la
mano parecen hoy, en medio de la escalada agresiva contra la América
Central, más vivientes que ayer.
La imagen me ha estremecido. Junto al recuerdo de tantos
acontecimientos revolucionarios que estarán por siempre unidos a su
presencia y a su acción, me ha venido el del hombre y el del
intelectual. Era yo una niña, en un pequeño apartamento de La Habana
Vieja cuando lo conocí. No se me permitía intervenir en las
conversaciones de los adultos, pero podía, si lo deseaba, escuchar en
silencio. Me fascinaban las visitas de aquel quien era todavía un
joven profesor de Historia de las doctrinas sociales. Siempre
inquieto, las palabras le brotaban a borbotones. El espacio parecía no
alcanzarle y pasaba rápidamente de una silla a la otra. Poco entendía
yo de todo aquello, de aquellos nombres todavía desconocidos, como los
de Tousseau y Marx. Pero no podía sustraerme al encanto.
Más tarde, en la Universidad, lo veía con frecuencia, rodeado de
estudiantes, con los libros agarrados, en gesto típico junto al pecho,
por los alrededores de lo que suele llamarse irrespetuosamente el
parque de los cabezones.
Polémico y conversador era también un extraordinario retratista.
Sabía animar la historia pasada con la vitalidad que corresponde a un
reportaje contemporáneo. Así nos hizo conocer una revolución que se
fue a bolina. Así ha sabido evocar a Pablo y a Rubén, que fueron sus
amigos.
Por su vínculo con las nuevas generaciones y por su capacidad para
diseñar los rostros del pasado, Roa encarna esa vocación de
continuidad y relevo, tan característica de nuestra cultura, tan
profundamente martiana. Hombre de pensamiento, más que de espada,
Enrique José Varona aparece, en la evocación de Roa, abierto hacia el
porvenir, recio y frágil en su amparo a la rebeldía estudiantil
antimachadista. También el marqués de Santa Lucía se proyecta hacia
delante, en su intransigente y polémica posición antiplattista. La
novela toma, a veces, prestados acontecimientos a la historia. Pero
también necesitamos que, en ocasiones, la historia se nos cuente como
una novela, que sus personajes recobren carne y sangre, que se
describan con pasión y fuerza, como genuinos actores del presente.
Le sentaba bien a Raúl Roa su nombre breve y relampagueante.
Escritor, maestro y canciller, fue también un excelente animador de la
cultura. Lector infatigable, se sentía parte de ella. Más allá de las
letras, su universo propio, mantuvo un vínculo activo y creador con
todas las vanguardias auténticas. Sin caer en vanas novelerías, tuvo
la perspicacia de reconocer y estimular las auténticas rupturas, de
estimular la necesaria investigación artística. A su acción personal
se debieron, en los años difíciles, en tiempos de soledad y desamparo
para los artistas, entre muchas otras cosas, la publicación de los hoy
clásicos ensayos de Fernando Ortiz sobre Lam y de José Lezama Lima
sobre Arístides Fernández.
Junto a amigos latinoamericanos, conversamos por última vez
alrededor de una mesita del Habana Libre. Hablaba de su Rubén Martínez
Villena, entonces en fase de redacción. Me sorprendió descubrir un
parpadeo de timidez en la mirada, en el gesto, en la palabra del
hombre de tantas batallas. Era la angustia del genuino creador ante la
obra en proceso. Será siempre joven quien no se acomode a las falsas
seguridades, quien sepa preservar, para su propio trabajo, esa
inquietante expectativa. Por su capacidad de integrar vida e historia
en un mismo presente, Roa es, y seguirá siendo, nuestro contemporáneo.
(Trabajo publicado en nuestras páginas el 20 de mayo de 1988)