Pudo
ser hoy, la semana pasada, hace un mes o cuatro años. Las noticias han
surcado el éter y viajado por el mundo en una dirección u otra. Las
naves de guerra y muerte fabricadas por el Complejo Militar Industrial
de Estados Unidos son vulnerables a los ataques de una resistencia
iraquí que se las ingenia para derribar aviones y helicópteros, ya sea
con "flechas", cohetes o con "inventos caseros" disparados desde "no
se sabe dónde".
Ya la caída de un helicóptero OH-58D, o de alguno de los otros
sofisticados modelos llevados hasta la tierra del país árabe, parece
algo normal dentro de una guerra perdida por el invasor ocupante.
Doce de esas naves han colapsado en lo que va de año, tras el
impacto certero del proyectil insurgente.
Ante esa realidad, la noticia que toda la humanidad espera es la
del retiro de las tropas de Iraq.
Sin embargo, el último anuncio del Pentágono parecería una ficción:
El avión-helicóptero Osprey desplegará sus alas en Iraq por primera
vez en septiembre, pese a varios accidentes mortales y diversos
problemas durante su desarrollo.
Será "un día verdaderamente histórico para los Infantes de Marina",
dijo el comandante del cuerpo, general James Conway.
La administración Bush, que concibe las armas, las guerras y las
muertes, está sedienta de éxito y de dinero, y para ello hay que
emplear el ingenio humano en la concepción de "invulnerables" aparatos
para sustituir los que ya hoy son "obsoletos", aunque hasta ayer eran
la última novedad bélica salida de las empresas del Pentágono.
Se trata del V-22 Osprey, que aunque fue concebido hace casi 20
años, ha sido perfeccionado en su concepción inicial, para hacerlo
capaz de despegar como un helicóptero y, tras girar sus rotores
ubicados en los extremos de las alas, volar como un avión.
Esta nueva máquina de matar, concebida en la lógica de un sistema
signado por la guerra y el dinero, y con un costo de 68 millones de
dólares cada una, es fruto de una producción compartida entre la
empresa Bell Helicopter Textron y la Boeing.
El aparato sufrió numerosos accidentes durante su desarrollo, lo
que costó la vida a unas 30 personas. En 1992, siete de sus
tripulantes perdieron la vida cuando se estrelló un prototipo; y en el
año 2 000, murieron 23 militares en dos accidentes separados, lo que
provocó que el programa se detuviera durante varios años.
Fueron defectos de los sistemas hidráulicos, desequilibrio
aerodinámico en descenso rápido y problemas informáticos, se dijo
entonces.
Superados esos contratiempos, la nueva versión se plantea con una
producción acelerada, pues ya existe una demanda por el Cuerpo de
Infantes de Marina, que adquirirá 360 de estos aparatos.
Concebidos para volar más alto, más rápido y más lejos, hacen
pensar a los estrategas del Pentágono que pueden resultar más seguros
ante el crecimiento de los combates en Iraq, o para otras proyecciones
bélicas de las que planifica Washington.
Los defensores de la nave aérea dicen que, al igual que los aviones
de ala fija, este se eleva más que un helicóptero, fuera del alcance
de la gran mayoría de los misiles lanzados desde tierra, "por encima
del peligro", y dispone de una serie de sistemas detectores y de
alertas.
No obstante, la inclusión del novedoso V-22 Osprey en los planes
inmediatos de Estados Unidos en Iraq, hace pensar en la proyección de
una contienda larga en la nación árabe, criterio que nada tiene que
ver con el reclamo universal y de la sociedad norteamericana para que
se produzca el fin de la ocupación y el regreso a casa de las tropas
invasoras.
Washington quiere, además, experimentar con estos equipos en la
guerra iraquí, como ensayo para futuras contiendas, en cualquiera de
los 60 o más rincones oscuros del planeta, "preventivamente"
amenazados por Bush.