Por
estos días, los asistentes a las funciones de Giselle en el
Gran teatro de La Habana, pudieron observar cómo los noveles
bailarines y aquellos otros que ya están inscritos en el firmamento
de nuestra danza, unieron sus fuerzas para entregar una buena
temporada. Son tantos, que el escaso límite de la página no puede
abarcarlos a todos. Sadaise Arencibia-Miguelángel Blanco conformaron
un binomio Giselle-Albrecht de altura. Del lado estético, tienen el
máximo de puntuación, ella con una hermosa línea, la suavidad de los
ademanes, manos prodigiosas¼ , él, todo
un príncipe en escena. El resto, una función que creció a medida que
pasó el tiempo. Un segundo acto, para ambos, rayano en la
perfección, y para ella, una locura muy bien delineada
artísticamente, en el primer acto.
Lo que marcó al dúo de protagonistas en la función de Yolanda
Correa / Javier Torres fue el intenso diálogo escénico de los
bailarines marcado por un sinfín de detalles. Ella fue una terrenal
campesina, en el primero, y una etérea Willi, en el segundo,
delimitando la esencia de cada personaje. Su baile, seguro y por
momentos virtuoso se destacó en toda la función. Él, armado de un
sólido potencial histriónico, matizó, como todo un consagrado, a su
Albrecht, marcando muy bien la diferencia con el Hilarión, que
interpretó también, de forma destacada, en estas funciones.
Excelente podría calificarse la función de dos sólidos exponentes
del BNC: Anette Delgado y Joel Carreño en los roles principales.
Técnica, lirismo, experiencia, fuerza, inteligencia, se conjugaron
en esta noche por ambos intérpretes, que dieron todo sobre las
tablas. Como nota de especial elegancia ese día, la duquesa Bathilde
fue interpretada por una de las grandes de la danza cubana, Loipa
Araújo, quien en el tiempo ha hecho suyo ese papel. Enorme ovación
coronó su paso por la escena que llega hasta este escrito. La ya
experimentada Viengsay Valdés vistió Giselle con la seguridad a flor
de piel, porque ella es una bailarina que desde muy pronto en su
carrera alcanzó una madurez extrema y hoy disfruta con el dominio de
la técnica. A su lado estuvo Romel Frómeta (Albrecht), cuyo quehacer
escénico crece por día.
Una función muy fresca acercó la pareja Hayna Gutiérrez y el
novel Taras Domitro. Hayna, como ocurre habitualmente se entregó en
cuerpo y alma. Taras, en su debut en el difícil papel, se creció en
muchos momentos, y más allá de sus conocidas cualidades, realizó una
buena labor como acompañante y salpicó al personaje con matices de
melancolía, dramatismo y bravura. Lógicamente hay todavía un mundo
por delante.
Revelación en estas jornadas fue la Reina de las Willis de Yanela
Piñera, quien ha vuelto a poner en su lugar un rol —tanto técnica
como interpretativamente— que ha tenido una gran descendencia en el
BNC y en los últimos tiempos estaba palideciendo. En su debut, la
muy joven Amaya Rodríguez mostró también estar preparada para la
Myrtha, que, eso sí, debe ser observada con cuidado por las
intérpretes en relación con el estilo. El cuerpo de baile, perfecto
en el segundo acto, contrasta por momentos con el desempeño del
primero en el que se observan algunos desajustes. La madre, muy bien
interpretada estuvo aquí por Ivette González, quien se acomoda
perfectamente a este papel.
El público, y es como llover sobre mojado, mucho admira al joven
talento del BNC, pero amar exige sacrificios, por ello, quienes
tanto aman deben cuidar el trabajo creativo en la escena. ¿Por qué
cortar con aplausos el mundo que ellos van tejiendo, si al finalizar
el acto no hay límites para esas expresiones? ¿Por qué no apreciar
su trabajo hasta el final, sin empujarlo? ¿Y esos ruidos que por
diversos motivos inundan la sala y conspiran contra la magia del
espectáculo?