Pocas
horas después de recibir su bautismo editorial, el poeta Ángel Augier
ingresó al Partido Comunista de Cuba.
Fue en junio de 1932, en el central Santa Lucía (hoy Rafael
Freyre), al norte de la región oriental.
Un imprevisto golpe de fortuna le permitió sufragar la edición de
su primer libro de poemas: 1. Versos, en la modesta imprenta El
Arte, de Manzanillo. El dígito, de color siena, se destacaba al centro
de la portada. Poemas de iniciación aquellos, en los que ya latía la
avidez por dar un nuevo nombre a las cosas y dejar testimonio de la
emoción y la belleza.
Angelito no había cumplido los 22 años de edad y trabajaba en las
oficinas del central, donde apenas adolescente tuvo su primer
desempeño como mensajero u office boy como llamaban a los
muchachos que aspiraban a un puesto fijo.
Ya por entonces había asistido a huelgas y tánganas contra la
dictadura machadista, y compartido jornadas de resistencia con los
trabajadores azucareros.
Incluso había querido sumarse a los expedicionarios que
desembarcaron en Gibara en el verano de 1931 para iniciar una
insurrección armada contra el tirano. El veterano coronel mambí Lico
Balán encabezó un grupo de campesinos que apoyó la acción armada,
ahogada en sangre por la satrapía.
El padre de Ángel, hombre recto y decente, le entregó una Smith and
Wesson al comprobar que lo del joven no era una veleidad temporera,
sino una naciente y firme convicción.
Con los ejemplares de 1 a la mano, el poeta estrenó el
poemario entre los suyos una noche de junio de 1932. Lejos estaba de
suponer que al término de la velada un amigo lo llevaría a conocer a
alguien que cambiaría su vida para siempre.
"Fui al encuentro de Felipe Fuentes —cuenta Augier—. Este era un
joven holguinero, compañero de Julio Antonio Mella en la Universidad.
Militaba en el Partido Comunista y había regresado a su terruño debido
a la enfermedad que lo aquejaba, la tuberculosis".
A pesar de la dolencia que minaba sus fuerzas, Fuentes dedicó sus
energías a la organización del movimiento comunista y obrero en la
zona norte de la provincia de Oriente. Había oído hablar de Augier, de
sus inquietudes intelectuales y políticas, y de la vergüenza
patriótica del joven.
"Después de una larga conversación, Fuentes me captó para el
Partido. Yo conocía apenas los rudimentos del marxismo. Recuerdo un
libro de Plejanov. Sa-bía que la Revolución de Octubre había abierto
nuevos horizontes para la redención de la clase trabajadora. El
Partido se hallaba en la clandestinidad, sus militantes eran
encarnizadamente perseguidos y pagaban con sus vidas el enfrentamiento
a la tiranía. Fuentes me dio la tarea de organizar una célula en el
central".
Setenta y cinco años después de aquella iniciación, Ángel Augier ha
cumplido. Encontró en la militancia comunista una razón de vida,
irreductible pese a los difíciles avatares de estos últimos tres
cuartos de siglo.
Premio Nacional de Literatura en 1991, Miembro de Número de la
Academia Cubana de la Lengua, fundador de la Unión de Periodistas de
Cuba y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en esta
última organización ocupó por largos años la vicepresidencia y
colaboró con Nicolás Guillén en la conducción de la organización
intelectual. Allí, en la UNEAC, ha militado durante las últimas
décadas. Entretanto ha crecido, hasta ser imprescindible, su obra
poética y ensayística.
Para él su mayor premio ha sido ser testigo y protagonista a la vez
del proceso revolucionario dirigido por Fidel.
"El ejercicio del periodismo y la creación literaria —precisa— han
estado indisolublemente vinculados a mi militancia. He conocido a
muchas personas inolvidables que de una u otra manera dejaron huellas
en mí: Marinello, Blas, Jesús, Lázaro, Carlos Rafael, Guillén¼
Mi mayor satisfacción es saber que los ideales que abracé en la
juventud han fructificado en mi Patria".