Una
lejana tarde de los setenta, apremiado por las exigencias del
montaje de El rojo y el pardo, obra que abordaba el amañado
proceso nazi contra el líder comunista Jorge Dimitrov, René de la
Cruz, quien compartía faenas con dos grandes amigos, Mario Balmaseda
y Luis Alberto García, dijo desde el fondo de su alma: "Esto tiene
su encanto, pero nadie imagina el desafío que es para mí ser otro
todos los días en un escenario".
El último enero, al ser reconocido con el Premio Nacional de
Teatro 2007, el actor, asediado al término de la ceremonia por
quienes querían felicitarlo, soltó otra confesión: "La escena en
caliente, eso es lo mío".
Ayer, a los 75 años de edad, hizo mutis René. Su organismo
estragado por el cáncer no pudo más. Para unos se fue Julito el
Pescador, ese personaje que lo instaló para siempre en el imaginario
popular como uno de los audaces soldados del silencio. Para otros el
adiós despidió a uno de los rostros imprescindibles de nuestro cine.
Pero entre todos permanecerá el cubanazo vertical, el campesino
espirituano que antes de la Revolución solo tuvo, según palabras
propias, "un poquito de camisa, un poquito de pantalón y casi nunca
zapatos".
Vino a La Habana en los cincuenta a probar suerte. Trabajaba en
una tintorería cuando el hermano del dueño, que luchaba por ser
actor, lo convidó un día a ver cómo se hacía un programa de radio. A
partir de entonces le entró el virus de "ser otro" hasta que se le
dio la oportunidad en la COCO donde cubrió una vacante imprevista en
el espacio Sucesos de aquí y de allá.
De la radio pasó a la escena, por primera vez en la Sociedad
Artística Gallega. Pero teatro, lo que se dice teatro en abundancia,
o lo que es lo mismo, cimentación del oficio y crecimiento
profesional, fue el de los años inmediatamente posteriores al
triunfo revolucionario, cuando el movimiento escénico cubano cobró
ím-petus inusitados.
René integró elencos del entonces recién creado Teatro Nacional,
el Taller Dramático y el Conjunto Dramático Nacional. Fue dirigido
por notables teatristas como Modesto Centeno, Liliam Llerena, Nelson
Dorr, Gilda Hernández, el uruguayo Ugo Ulive, el alemán Hannes
Fischer y luego por Mario Balmaseda, Roberto Blanco y Miriam Lezcano.
En los setenta se enroló en el Teatro del Tercer Mundo y el
Político Bertolt Brecht. Fueron memorables sus actuaciones en El
carillón del Kremlin, El rojo y el pardo, Los días de
la comuna, Andoba, de Abraham Rodríguez, y en una
controvertida pieza de Raúl Macías, versión cubana de la brechtiana
La irresistible ascensión de Arturo Ui, en la que
personificaba al dictador Batista. También se sintió motivado por la
dirección, faceta en la que puso en escena, entre otras obras,
Cañaveral, de Paco Alfonso, y El ingenioso criollo Don Matías
Pérez, de José R. Brene.
Pero desde que en 1959 hizo una pequeña aparición en Nuestro
hombre en La Habana, del británico Carol Reed, el cine también
lo ganó. Su impronta quedó en más de veinte filmes, entre los que
vale citar Realengo 18 (1961), de Oscar Torres; el primer
cuento de Cuba 58 (1962), de José M. García Ascott;
Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea;
Mella (1975), de Enrique Pineda Barnet; El brigadista
(1977), de Octavio Cortázar; Río Negro (1977), de Manolo
Pérez; Jíbaro (1984), de Daniel Díaz Torres, Baraguá
(1985), de José Massip; y Bajo presión (1989), de Víctor
Casaus.
La pasión que imprimió René en cada actuación, en esa forma suya
de hacer fácil y natural lo más difícil, es el legado de un artista
comprometido con su realidad y su tiempo.