La hoguera opulenta

ROGELIO RIVERÓN

La literatura para niños y jóvenes tiene la singularidad de que suele tomársele como la más fácil de todas las modalidades de ficción escrita. No pocas veces se piensa que sus presupuestos, limitados de entrada por la edad de sus destinatarios, no precisan del despliegue intelectual que exige —digamos— una novela filológica al estilo de Ulysses, del irlandés James Joyce. He recurrido a un ejemplo extremo, pero la idea no es extremista. Sí lo sería el supuesto de la sencillez congénita de la literatura para niños y jóvenes.

A estas cuestiones de fuerte signo estético aluden los escritores juntados por Enrique Pérez Díaz en El fuego sagrado (2006), un título de la editorial guantanamera El Mar y la Montaña. Son en propiedad veinticuatro entrevistas, con las que se traza una especie de mapa diagnóstico de la literatura cubana para niños y jóvenes. La intención de este libro no es, sin embargo, cartográfica. Aquí hay un lúcido debate sobre eso que ahora llaman con una fea deformación: problemática, en este caso del fenómeno de la literatura para niños y adolescentes y su relación con un complejo entorno. Si hablamos del sentido ético de lo que, en materia de arte, se concibe para esas edades, podemos admitir que El fuego sagrado concentra además interesantes ideas sobre el universo del niño en la literatura.

Una conversación de Enrique Pérez Díaz con Dora Alonso poco antes de su muerte, marca el inicio de un itinerario que lleva a algunos de los más importantes escritores cubanos para niños y jóvenes. Nacidos entre 1910 (Dora) y 1983 (Eldys Baratute), representan una opinión de innegable autoridad, aunque tal vez debamos tener en cuenta el hecho de que son eso precisamente —creadores—, y no siempre se libran del ardor con que se observan los movimientos propios en una escena cambiante y a veces poco dadivosa.

No es un reproche. Este no es un libro de crítica literaria, sino que da prioridad a eso que llaman la praxis (la puesta en escena de la literatura, que incluye, por supuesto, las diligencias con el editor, con las entidades de legitimación, ...). Puestas una frente a las otras, las entrevistas revelan pensamientos tan diferentes que no es inusual que se contradigan, pero eso en cualquier caso sería una prueba de la salud de una escuela. Admito una suerte de inquietud inicial ante la evidencia de que el entrevistador haya preferido remitir un cuestionario prácticamente fijo a sus interlocutores, en lugar de incitarlos a una conversación más espontánea, que permitiera un tanteo más casuístico. Pero hay un hecho indudable: Enrique Pérez Díaz conoce bien a sus entrevistados; conoce bien el tema del que se ocupa. Otro dato aviva mi curiosidad: la mayoría de los escritores reunidos en El fuego sagrado señala como premisa de quienes crean para los niños la de ser ciudadanos intachables síquica y públicamente. Tal aseveración es paradójica, puesto que enmascara la esencia compleja de la literatura (para quedarnos en su territorio) y del autor como objeto de los estudios literarios posmodernos. Enfocado así el asunto, ¿qué tensión no habría entre James Matthew Barrie y su omnipresente Peter Pan?

Como simple lector —otra paradoja, pues no hay lectores simples— me han complacido sobre todo las entrevistas con Nersys Felipe, Alma Flor Ada (una suerte de asignatura pendiente para las editoriales cubanas), Felipe Oliva, Ivette Vian, Enid Vian, Gumersindo Pacheco y Teresa Cárdenas. De modo general, se puede concluir de El fuego sagrado que la literatura cubana para niños y jóvenes goza de un sólido influjo martiano, y es por ello quizás que persista en la idea de que sus límites se hallan lejos de cualquier prejuicio.

 

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