Diversidad

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

La reciente muerte de Jean-Claude Brialy en París, a los 74 años de edad un evento en nuestro país que tiene entre sus puntos de mira la diversidad cultural, y una pregunta formulada por varios lectores, se unifican a la manera de un tríptico cinematográfico transcurriendo en lugares y épocas diferentes.

Jean-Claude Brialy junto a Buñuel y Mónica Vitti.

Los muchachones (que fuimos) en los años sesenta recordarán a Brialy por haber sido uno de los rostros fundamentales de la llamada Nueva Ola francesa, aquella Nouvelle Vague que tanto significó para una generación acostumbrada a crecer solo con el cine proveniente del Norte, y que tras unos primeros instantes de confusión ante los nuevos códigos estéticos (¡y esto qué cosa es?, nos preguntábamos al salir de las salas, como si navegáramos entre la fascinación y el desconcierto) empezó a darse cuenta de que el cine podía ser "otra cosa".

Una Nueva Ola que, como su nombre lo indica, invadió mares y en su carácter de movimiento renovador frente al academicismo mucho influyó en artistas de Inglaterra, Alemania, Polonia y Brasil y también en las acciones regeneradoras que tuvieron lugar en otras cinematografías en decadencia.

De la Nueva Ola, que en solo cuatro años produjo 100 películas, se han escrito cientos de libros. Mencionarla ahora, además de recordar al emblemático Brialy (Los cuatrocientos golpes, El bello Sergio y otras 200) permite traer a colación esa pregunta de varios lectores a la que hacía referencia en el primer párrafo y que sin haber expuesto como tal, está en buena medida contestada: ¿Qué tipo de cine fue capaz de atraer más a los jóvenes de mi generación, crecidos y amamantados por el cine norteamericano más ramplón, aquel que si revisáramos las carteleras de la época demostraría haber estado presente lo mismo en las grandes salas que en el más modesto cine de barrio?

Unos comienzos de los sesenta en que si bien Fellini, Bergman, Antonioni, Kurosawa, Buñuel, Visconti y otros de primera línea comenzaban a ser frecuentes —y por lo tanto despertaban entendederas largamente adormecidas por lo peorcito del cine en función de puro comercio— la Nueva Ola francesa se nos convirtió a no pocos en un tránsito obsesivo por los cines; en la capital, por ejemplo, entre el Payret, el Capri y el Campoamor.

La Nueva Ola era realizada por cineastas muy jóvenes que filmaban en exteriores e improvisaban, no concluyentes historias con finales moralizantes tipo made in Hollywood, sino inacabados trozos de vida en los cuales los espectadores encontraban ecos de su propia existencia. De ahí que tras un mareo inicial ante lo nuevo, aquel estilo conectara lo mismo con un público joven deseoso de ver en pantalla las "intrascendencias" más universales, que con uno viejo pidiendo a gritos el rejuvenecimiento de las gastadas fórmulas.

¿Quién, que la haya visto de adolescente, no recuerda las contundencias de aquellos 400 golpes lanzados por François Truffaut en 1959?

La Nueva Ola y la variedad de cinematografías que entonces nos invadieron resultaron verdaderas acometidas sobre antiquísimas puertas. Una diversidad cultural decisiva a la hora de confrontar gustos e ideas en relación con un tipo de cine que desde siempre nos había llevado de las riendas. La información y el conocimiento, junto al discernimiento del arte como eterna transformación, hicieron crecer nuevos gustos sustentados no en las trampitas del marketing cinematográfico esculpido por Hollywood, sino en valores de la creación artística, que hicieron del cine un disfrute más pleno.

Un interminable tema, el del cine como reto de estatura intelectual, surgido a partir de la muerte de un viejo conocido —Jean-Claude Brialy— al que los amantes del cine hoy le rinden dedicaciones por lo mucho que a la diversidad cultural, en crestas de la Nueva Ola, aportó en aquellos tiempos.

 

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