Los muchachones (que fuimos) en los años sesenta recordarán a
Brialy por haber sido uno de los rostros fundamentales de la llamada
Nueva Ola francesa, aquella Nouvelle Vague que tanto significó
para una generación acostumbrada a crecer solo con el cine proveniente
del Norte, y que tras unos primeros instantes de confusión ante los
nuevos códigos estéticos (¡y esto qué cosa es?, nos preguntábamos al
salir de las salas, como si navegáramos entre la fascinación y el
desconcierto) empezó a darse cuenta de que el cine podía ser "otra
cosa".
Una Nueva Ola que, como su nombre lo indica, invadió mares y en su
carácter de movimiento renovador frente al academicismo mucho influyó
en artistas de Inglaterra, Alemania, Polonia y Brasil y también en las
acciones regeneradoras que tuvieron lugar en otras cinematografías en
decadencia.
De la Nueva Ola, que en solo cuatro años produjo 100 películas, se
han escrito cientos de libros. Mencionarla ahora, además de recordar
al emblemático Brialy (Los cuatrocientos golpes, El bello
Sergio y otras 200) permite traer a colación esa pregunta de
varios lectores a la que hacía referencia en el primer párrafo y que
sin haber expuesto como tal, está en buena medida contestada: ¿Qué
tipo de cine fue capaz de atraer más a los jóvenes de mi generación,
crecidos y amamantados por el cine norteamericano más ramplón, aquel
que si revisáramos las carteleras de la época demostraría haber estado
presente lo mismo en las grandes salas que en el más modesto cine de
barrio?
Unos comienzos de los sesenta en que si bien Fellini, Bergman,
Antonioni, Kurosawa, Buñuel, Visconti y otros de primera línea
comenzaban a ser frecuentes —y por lo tanto despertaban entendederas
largamente adormecidas por lo peorcito del cine en función de puro
comercio— la Nueva Ola francesa se nos convirtió a no pocos en un
tránsito obsesivo por los cines; en la capital, por ejemplo, entre el
Payret, el Capri y el Campoamor.
La Nueva Ola era realizada por cineastas muy jóvenes que filmaban
en exteriores e improvisaban, no concluyentes historias con finales
moralizantes tipo made in Hollywood, sino inacabados trozos de
vida en los cuales los espectadores encontraban ecos de su propia
existencia. De ahí que tras un mareo inicial ante lo nuevo, aquel
estilo conectara lo mismo con un público joven deseoso de ver en
pantalla las "intrascendencias" más universales, que con uno viejo
pidiendo a gritos el rejuvenecimiento de las gastadas fórmulas.
¿Quién, que la haya visto de adolescente, no recuerda las
contundencias de aquellos 400 golpes lanzados por François Truffaut en
1959?
La Nueva Ola y la variedad de cinematografías que entonces nos
invadieron resultaron verdaderas acometidas sobre antiquísimas
puertas. Una diversidad cultural decisiva a la hora de confrontar
gustos e ideas en relación con un tipo de cine que desde siempre nos
había llevado de las riendas. La información y el conocimiento, junto
al discernimiento del arte como eterna transformación, hicieron crecer
nuevos gustos sustentados no en las trampitas del marketing
cinematográfico esculpido por Hollywood, sino en valores de la
creación artística, que hicieron del cine un disfrute más pleno.
Un interminable tema, el del cine como reto de estatura
intelectual, surgido a partir de la muerte de un viejo conocido —Jean-Claude
Brialy— al que los amantes del cine hoy le rinden dedicaciones por lo
mucho que a la diversidad cultural, en crestas de la Nueva Ola, aportó
en aquellos tiempos.