Aquello de subirse a un palo ensebado para ganar el ajuar o
intentar matar el hambre con un golpe de suerte en un concurso de
habilidades es cosa del pasado.
En estos tiempos de hegemonía mediática, las emociones tienen que
ser mucho más fuertes.
Anoche mismo en Holanda, la cadena BNN transmitió el último
invento de los llamados reality: El gran show del donante.
Supuestamente una mujer desahuciada por un tumor cerebral cedería
uno de sus riñones a un paciente de insuficiencia renal crónica.
Otros dos perderían la apuesta. El elegido debía emerger de la
votación y los consejos del público, en una suerte de macabra rueda
de la fortuna.
A fin de cuentas, todo fue un montaje. La falsa donante era una
actriz. Los directivos de la TV dijeron que habían armado el show
para hacer conciencia acerca de la necesidad de donar órganos, gesto
altruista que no abunda entre los holandeses. Pero los enfermos eran
reales.
Antes y durante el programa se desataron las pasiones. "Estamos
haciendo básicamente un programa de entretenimiento, que es una idea
deprimente, lo sabemos, pero creemos que la realidad es mucho peor",
trató de justificarse ante Reuters el presidente de la cadena BNN,
Laurans Drillich.
El diario De Telegraaf editorializó: "Es un asqueroso intento de
convertir un asunto como la vida y la muerte en una forma de
entretenimiento, y no un intento serio de conseguir más donantes".
Detrás del espectáculo se halla la empresa transnacional Endemol,
los inventores de Gran Hermano, el programa de alcance global
que instauró el voyeurismo como gancho para conquistar a la
teleaudiencia.