Misiones en tierras de Doña Bárbara

Ronald Suárez Rivas y Alberto Borrego Ávila (fotos), enviados especiales

SAN FERNANDO DE APURE.— "La llanura es bella y terrible a la vez, caben en ella hermosa vida y muerte atroz. El Llano asusta, pero el miedo del Llano no enfría el corazón: es caliente como el viento de su soleada inmensidad. El Llano enloquece y la locura del hombre de la tierra ancha y libre es ser llanero siempre".

En la finca José Cornelio Muñoz, levantado sobre un extenso latifundio, técnicos cubanos colaboran en las actividades agropecuarias.

La obra de Rómulo Gallegos distingue a esta planicie infinita.

Hace 80 años que el escritor venezolano llegó acá, en busca de información para completar un texto que no acabó nunca, porque en la margen derecha del río Apure, quedaría atrapado por los personajes que darían vida a su famosa novela Doña Bárbara.

"¡Eso era lo que debían estar haciendo todos los literatos, y no revoluciones pendejas!", exclamó, tras conocerla, el entonces dictador Juan Vicente Gómez. Pero la intención del autor había sido otra, y entre el olor a vacadas y las historias de amor y odio, se enmascaraba lo que definiría como una "pintura de un desgraciado tiempo de mi país".

"Algo, además de un simple literato, ha habido siempre en mí", argumentaba Gallegos, quien buscaría revertir a-quella situación, de-jando a un lado los libros y vinculándose a la política.

Sin embargo, las dictaduras, primero, y los regímenes corruptos, después, mantuvieron hasta nuestros días el pobre panorama del llano.

En contraste con Caracas, Maracay o Valencia, San Fer-nando de Apure, la capital del estado, conserva la fisonomía de pueblo, sin un solo edificio. Las cifras del entramado social son aún más crudas.

Los indios yaruro han salido de su aislamiento para vincularse a las misiones sociales.

En el municipio de Achaguas, tan extenso como la provincia de Camagüey, un censo arrojó que dos de cada 10 personas no sabían leer ni escribir.

Civilización o barbarie sigue siendo el conflicto en esta región, donde la Revolución bolivariana se enfrasca en la lucha contra el latifundio, reparte tierras y créditos, a fin de potenciar un desarrollo endógeno.

Para ayudar a hacerlo viable, colaboradores cubanos han traído educación y salud, dos temas que estuvieron pendientes toda la vida.

Así lo reconoce Juan Carlos Anduve, a quien los doctores del ambulatorio de Santa Te-resa le han calmado los dolores de su pierna derecha, y permitido caminar otra vez. Y también Iraima Tovar, en la comunidad indígena de Caño la Guar-dia, cuyas mujeres desconocían los anticonceptivos y daban a luz muchos hijos que no podían mantener luego.

Dentro de pocas semanas arreciarán las lluvias y habrá inundaciones. Los caminos que llevan a la finca José Cornelio Muñoz, levantado hace 13 meses sobre lo que fue un extenso latifundio, quedarán bajo agua y sus trabajadores solo podrán salir de allí en bote.

Pero al ingeniero agrónomo cubano Jorge Martínez y a los veterinarios Jorge Paterson y Carlos García, no les preocupa quedarse incomunicados. Cuentan con el calor de los 140 cooperativistas que están enseñando a hacer producir la tierra, y a aplicar la inseminación artificial para mejorar el ganado.

Cambiar el rostro del llano tomará tiempo. No obstante, hay sobrados indicios de que se vive una época nueva. En Biruaquita, los indios yaruro han salido de su aislamiento para vincularse a las misiones sociales, y también en Chaparralito y Caño la Guardia. Hasta el anciano José Rafael Barrio, de 87 años, ha tomado lápiz y cuaderno, con el sueño de escribir las canciones que compuso de joven, para que otros las puedan cantar cuando él ya no exista.

 

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